El 23 de agosto de 1969, Francisco Franco, que salvó a España del comunismo y que es el artífice de la política social católica española, designó un sucesor de su persona a título de Rey. Escogió a Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias. Pudo escoger a Juan de Borbón y Battenberg, a Alfonso de Borbón y Dampierre y a varios más. Pero escogió a Juan Carlos porque se había educado en el régimen.
Juan Carlos, Príncipe de España, juró las Leyes Fundamentales y colaboró con el régimen político de Franco.
Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias con el almirante D. Luis Carrero Blanco y D. Alejandro Rodríguez de Valcárcel, abogado del Estado y presidente de las Cortes. En la foto están al fondo Gonzalo Fernández de la Mora, embajador de España y entonces Ministro de Obras Públicas, y, con uniforme de alférez provisional, Antonio Oriol y Urquijo, entonces Presidente del Consejo de Estado.
El 30 de enero de 1968 había nacido Felipe de Borbón y Grecia, hoy rey de España. Lleva el título de Felipe VI. Fue bautizado a los pocos días de nacer, antes de que su padre jurase ante las Cortes, en el Palacio de El Pardo, en presencia de Franco, por el Arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo. Es conocida la frase de Victoria Eugenia a Franco: "Excelencia, escoja".
Desde 1969 hasta 1978 la política de Juan Carlos fue franquista. Colaboró con Franco en todo lo que hizo falta. Asumió interinamente la Jefatura del Estado. Franco siguió siendo su mentor hasta su muerte
Franco en su testamento señaló con claridad que el régimen debía apoyar todo lo que hiciera Juan Carlos y así lo hicieron todos los franquistas, hasta el punto de llegar a hacerse un hara-kiri. Lo que hiciera falta, porque así lo ordenó Franco:
Por el amor que siento por nuestra patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido
Muerto Franco, y poco a poco, la política de Juan Carlos I se caracterizó cada vez más por la ingratitud hacia quien lo había nombrado y en un pacto político con la izquierda. El modo de evitar la ruptura y conseguir la transición al estilo Juan Carlos I fue hacer, no la transición, sino la transición a la izquierda. Juan Carlos I sólo estaba cómodo con los que los serviles, cuyo prototipo es Adolfo Suárez.
O con los socialistas que le consentían todo, cuyo modelo es Felipe González. No más Fraga, Laureano, Silva, López Rodó, López de Letona. Y pronto no más Calvo-Sotelo ni Cabanillas. Sólo González, Guerra, Serra, Almunia y demás patulea socialista.
El precio fue la demonizacion del franquismo. El pasado no había existido. La monarquía, creía Juan Carlos I, puede prescindir de su historia. Pero resulta que no. Que nadie puede prescindir de su historia. Que la legitimidad de la monarquía pasa por la Constitución, sí, pero también, y antes, por el franquismo, del que la Constitución es evolución: Transición, no ruptura.
Recomiendo la lectura de este libro de Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona.
Cuando uno rompe con su propia historia se encuentra sin historia. Los que le querían, ya no le quieren. Y los que estaban con él, ya no están con él. Si uno ni siquiera levanta la ceja cuando socavan la tumba de aquél al que se le debe todo, el que se queda sin raíces no es el que estaba en la tumba, que ya está muerto, sino que todavía está vivo, cuyo árbol es talado.
Y eso es lo que ha pasado aquí, con la excusa de la investigación suiza. Veremos qué más puede pasar, porque la monarquía en este momento está sin raíces. Y ya es imposible que las recupere.
En España los enemigos de la Iglesia desde el siglo XIX han sido en su mayoría republicanos. Al haber rechazado la monarquía su alianza estratégica con la Iglesia y con los poderes fácticos de ésta en la política,