La diferencia muchas veces no es la suerte, ni el lugar donde les tocó nacer. Es algo mucho más simple: La Presencia con la que viven.
Para muchos, hay un momento, a veces casi invisible, en que una vida deja de vivirse desde adentro. En general no pasa por una tragedia. Ni es un evento único o excepcional…
Sucede de una forma silenciosa. Comienza con la acumulación de pequeñas adaptaciones:
* Decir que sí cuando en realidad querías decir no.
* Postergar decisiones que sabés que importan.
* Evitar conversaciones para que todo siga tranquilo, o no se hagan “tantas olas”.
Y nada de eso parece grave. Quizás porque nada en sí mismo lo es. De hecho, muchas veces parece ser lo razonable, lo habitual, hasta la cosa justa para mi, o pata mi ambiente socio-cultural.
Pero con el tiempo pasa algo curioso. La vida sigue, y algo se vuelve chato. Más gris. Más estándar, mas común. Las cosas suenan como ‘transacciones”. No son necesariamente tristes. O se siente problemáticas. Sino, todo se siente menos vivo.
La trampa silenciosa: Evitar
Evitar, en general comienza con algo que parece inocente:
* Evitar una conversación incómoda.
* Evitar una decisión difícil.
* Evitar una emoción que preferirías no sentir.
Y la evitación funciona. Evitar calma el momento: No lo hago, no lo pienso, y la mente dice: “Listo”. Y el cerebro aprende algo (se llama refuerzo negativo): cuando escapas de algo incómodo, el malestar baja…tu sistema nervioso registra: “Escapar me salvó.” Y entonces la próxima vez lo repite.
Si, la evitación calma el momento, pero también crea un efecto silencioso y potente: Con el tiempo empezás a adaptarte, mas y mas, hasta sin darte cuenta.
Adaptarte a lo que esperan de vos. A lo que genera menos conflicto. A lo que parece más fácil. Y esa adaptación comienza a anestesiar tus deseos, tus intereses, tus pasiones.
Dejás de preguntarte algo esencial:
¿Qué es lo que quiero de verdad?.
¿Que es realmente importante para mi? …pero, en serio importante para mi?
Presencia: el punto donde la vida retorna a si.
La presencia cambia esa adaptación. No porque elimine los problemas. Sino porque devuelve algo fundamental: la posibilidad de elegir.
Elegir decir algo que importa. Elegir un límite. Elegir un paso pequeño hacia la vida que querés vivir.
No son decisiones heroicas, ni enormes. Pero tienen una cualidad distintiva:
Nacen de la claridad. No de la adaptación.
Una vida “rica”
Una vida rica es una vida llena de experiencias, curiosidad, descubrimientos, y variedad. Una vida donde pasan cosas. Donde aprendés. Donde te transformas. Y ahi no todo es cómodo, ni conveniente, ni fácil… pero todo está vivo.
Esa vida rica no aparece por suerte, ni por casualidad. Aparece cuando dejás de evitar la vida. Y empezás a participar en ella.
Volver a estar vivo
No hace falta una revolución. Ni pasar 3 meses en el Himalaya meditando. Hace falta algo mucho más simple: Seguir vivo.
Vivo no solo respirando. Vivo hasta el final. Dando pasos auténticos y presentes, no en piloto automático. Un paso vivo es: decir algo verdadero. Tomar una decisión que venías evitando. Probar algo que te da un poco de miedo. Dejar relaciones que ya no van con vos, y estar en paz con ello.
Pequeños gestos, pero con una cualidad distinta: Desde la presencia, no desde la reacción.
Y cuando eso pasa algo se despierta. La curiosidad vuelve. La energía vuelve. La sensación de estar dentro de tu vida vuelve. Y ahi, simplemente, ya no estás esperando que la vida pase: La estás viviendo.
Vivir y Morir
Y si, hay personas que mueren a los 80 años. Y otras a los 35 o 45, para ser enterradas solo a los 80 o 90. Y no porque el destino sea distinto para ellos:
Sino porque en algún momento dejaron de elegir.
Dejaron de arriesgar. Dejaron de vivir desde adentro…
Cada vez que volvés a vos, cada vez que elegís en vez de evitar,cada vez que decís un sí verdadero o un no claro… algo se mantiene vivo.
Y esa es, quizás, es una de las formas más hermosas de vivir.
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