A través de diversos estudios de la fauna salvaje, se ha descubierto que distintas especies de animales cautivos, por muy amorosamente que se hayan construido los lugares que ocupan en los zoo y por mucho que los quieran sus cuidadores humanos, tal como efectivamente ocurre, son a menudo incapaces de procrear, sus apetitos de alimento y descanso se tuercen y sus conductas vitales quedan reducidas al letargo, al malhumor o a una inoportuna agresividad. Los zoólogos llaman a esta conducta de los animales cautivos "depresión animal". Cada vez que se encierra una criatura en una jaula, sus ciclos naturales del sueño, de la selección de la pareja, el celo, el acicalamiento, el apareamiento, etc., se deterioran. Y, cuando se pierden los ciclos naturales, se produce el vacío. El vacío no equivale a la plenitud, tal como ocurre en el concepto budista del vacío sagrado, sino que es más bien algo así como estar dentro de una caja cerrada sin ventanas.
Creo que las rabias son como jaulas sin ventanas, que nos limitan, condicionan, y aprisionan. ¿Cómo escuchar el enojo? Identificarlo, bendecirlo por su enseñanza, transformarlo y liberarlo. ¿Cómo perdonar y perdonarnos? Lo cierto es que todo perdón es un regalo que nos hacemos a nosotras mismas para encontrar la llave que abra la jaula y gozar de la libertad.