Lc 5,17-26:
Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar.
Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo:
-«Hombre, tus pecados están perdonados.»
Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar:
-«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?»
Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó:
-«¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir "tus pecados quedan perdonados", o decir "levántate y anda"?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico-: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.»
Él, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor:
-«Hoy hemos visto cosas admirables.»
Lo tenía todo perfectamente preparado.
La casa ordenada.
Las copas rebosantes para el Maestro, sus discípulos, los escribas y los fariseos.
Habían acordado reunirse aquella tarde en casa de mi familia.
Me sentía profundamente honrado.
Por fin, la casa que construyó mi padre tendría el reconocimiento merecido.
Era de las más antiguas del pueblo.
Y ahí seguía.
Imponente.
Con todo perfectamente dispuesto.
El Maestro había llegado.
Sentado en uno de los cojines de la sala de estar hablaba del Reino y curaba a los enfermos que le traían.
La entrada de la casa estaba a reventar.
Pero no era lo que había imaginado el día anterior.
Estaba el Maestro sí.
Y los escribas. Y los fariseos.
Pero se iba poco a poco llenando de pordioseros.
De mendigos y enfermos sucios.
Mi casa empezaba a convertirse en una leprosería.
Y no me gustaba.
Las alfombras recién compradas se llenaban de barro.
Las paredes, encaladas hacía pocos días, estaban manchadas con marcas de manos.
La entrada estaba llena de arena y polvo.
El Maestro estaba dentro pero vaya desastre.
Eso pasa por meterme en estos líos.
La casa que con tanto esfuerzo construyó mi padre empezaba a ensuciarse y a llenarse de polvo y barro.
El Maestro estaba dentro pero no podía dejar de pensar en lo sucia que estaba dejando la gente mi casa.
De repente el techo empieza a abrirse.
Ya lo que faltaba.
Veo a cuatro energúmenos bajando a un paralítico del techo.
"¿Qué hacéis? ¿Dónde os creéis que estáis?"
El Maestro habla pero no le escucho.
El Maestro cura delante de mis ojos y soy incapaz de darme cuenta.
Sigo mirando el boquete del techo.
Sigo mirando las manchas de la pared.
Sigo perdido en cuidar lo que construyó mi padre y que, por intentar preservarlo, soy incapaz de disfrutar.