En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oir hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente:
-Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.
Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:
-Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «ve», y va; al otro: «ven», y viene; y a mi criado: «haz esto», y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
-Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
Dejarte ser
El sacerdote levanta la hostia.
El mundo enmudece.
Resuena: "Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a su mesa"
El pueblo responde, aclama, canta, reza... "Señor no soy digno de que entres en mi casa, una palabra tuya bastará para sanarme"
La Iglesia, una vez más, hace suyas las palabras de aquel tranquilo centurión.
Señor, tú puedes.
Señor, creo que tú puedes.
No me cabe la menor duda de que puedes.
Y entonces... ocurre.
Se me vienen a la cabeza numerosos momentos de tu vida donde las palabras llenan la escena. Hoy sobran. Únicamente hace falta una. La importante. En torno a la que giran todas las demás palabras. La palabra en mayúsculas.
Tú.
Tú, el Verbo Encarnado.
Tú, la Palabra de Vida.
Tú, la Palabra engendrada y enviada por el Padre para reconciliar al hombre.
Este encuentro con el tranquilo centurión sintetiza lo que esperas de cada uno de nosotros: reconocer quienes somos; sin tapujos. Esperarlo todo de ti, con confianza, sin prisas, viviendo en el misterio, sin hacer pie... dejarte entrar.
Abrirte las puertas de par en par para que puedas revolucionar mis pequeños cajones perfectamente ordenados pero vacíos de vida.
Reconocerte y reconocerme para que puedas curar, un día más, mi enfermedad.
Dejarte ser.
Dejarte, para que puedas dar sentido, un día más, a mi pobreza.
Dejarte, para que, un día más, me reconozca indigno.
Dejarte, para que, un día más, pueda recibirte en casa.
Dejarte, para que, un día más, sin saber cómo ni por qué, me vea abrazado por tu misericordia.
Gracias por tanto.