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Hoy hablaremos de cómo podemos optimizar el plan o, lo que es lo mismo: cómo ajustarnos al calendario y cómo ahorrar costes. Porque como dicen “el tiempo es oro” y eso quiere decir, “dinero”: si conseguimos crear “reservas” de tiempo y aplicarlas a las etapas críticas, que son aquellas que, si no empiezan o acaban cuando tocan, nuestro calendario se ve alterado, podremos modificar fechas de inicio y fin de proyecto, lo cual nos puede resultar beneficioso.
Hoy seguimos hablando del esbozo. Se pueden distinguir 2 sub fases o tipos de esbozo: el esbozo de proyecto, en el que se recogen los objetivos principales (las necesidades); y el esbozo arquitectónico, en el que se intenta plasmar lo que quiere el mandatario, cliente o usuario final y en el que pensamos en cómo llegar a la solución final. Para testear el primero, el esbozo de proyecto, vamos a usar el triángulo de gestión: aquel que nos hacía establecer el contenido, los plazos y los costes, y el que nos ayudaba a fijar prioridades y ver dónde teníamos el margen de maniobra. Para testear el segundo, el esbozo arquitectónico, y comprobar si podremos llegar a la solución o al resultado deseado, tenemos otra serie de herramientas que se pueden resumir en 4 grandes bloques: las herramientas empresariales, que nos ayudan a analizar, básicamente, cómo vamos a financiar el proyecto; las herramientas funcionales, que analizan lo que ofrece la solución; las herramientas técnicas, que determinan cómo funciona la solución, sus límites; y finalmente las herramientas organizativas que estudian cómo implementar esa solución.
Hoy hablamos del esbozo, lo que podríamos decir que es el borrador de un proyecto y que parte de una idea previa o lluvia de ideas. Estamos en una fase de validación de proyecto, en que ponemos a prueba la idea en un plano teórico, en la que nos podemos permitir pensar a lo grande, en que nos encontramos con posibles obstáculos, en errores que se pueden cometer, sin que el coste económico y emocional sea todavía muy elevado. En esta fase planteamos objetivos, y estos deben dar respuesta al "para quién estamos haciendo lo que hacemos", "para qué", "cómo", "por qué".
Hoy hablamos de la idea de proyecto, pero no sólo de nuestra posible idea de proyecto, sino la de otros: “otros” que pueden ser “nuestro cliente”, un “mandante” o un “director de proyecto”. Cualquier proyecto, por pequeño que sea, nace de una “idea”, y esta debe ser gestionada. Es importante hacernos el máximo de preguntas posible acerca de ella, o hacérselas al cliente que nos viene con el encargo, para poder desarrollarla. Preguntar el ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿con quién?, ¿para qué?, ¿por qué?, ayuda a plantear las dudas necesarias para empezar a plantear las respuestas a esas cuestiones, respuestas que nos van a ayudar a desarrollar el proyecto.
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