“Conducta en los velorios”, de Julio Cortázar, incluido en Historias de cronopios y de famas (1962), convierte uno de los rituales más solemnes en un territorio literario inquietante. Allí donde la muerte impone silencio y respeto —ese tabú persistente que ordena gestos y palabras— Cortázar introduce una mirada sutilmente corrosiva.
El velorio, más que espacio de duelo, aparece como escenario: formas medidas, solemnidades aprendidas, jerarquías invisibles. Bajo la aparente cortesía, el cuento deja entrever algo más incómodo y profundamente humano.
Porque, como suele ocurrir en su literatura, Cortázar no nos enfrenta a la muerte, sino a los vivos. Y a todo lo que, incluso frente a lo irreversible, seguimos representando.