ZARAGOZA TE HABLA

ZARAGOZA TE HABLA

By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - Las antiguas estaciones de tren
    En el programa de hoy vamos a referirnos a las desaparecidas estaciones de tren de Zaragoza, cuya privilegiada situación geográfica entre Barcelona, Bilbao, Madrid y Valencia le otorgó la posibilidad de subirse al tren del desarrollo económico que desde mediados del siglo XIX se concentró en este cuadrante del país. El ferrocarril fue uno de los motores de este acelerado desarrollo, y en pocas décadas la ciudad llegó a contar hasta con cinco estaciones de tren. Su memoria visual es casi lo único que nos queda de ellas, además de unos pocos retazos de su rica realidad material.
    Este recuerdo lo comenzamos con la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, que en 1855 impulsó la línea de Barcelona-Lérida-Zaragoza, y que en 1861 inauguró la primera terminal de tren en la ciudad, llamada del Norte, entre las carreteras de Barcelona y de Huesca. Ese mismo año y en esa misma estación comenzó a funcionar la línea Alsasua-Zaragoza, que requirió la construcción en 1870 del primer puente del ferrocarril sobre el Ebro. La implantación de esta terminal ferroviaria, cuya estación fue construida en 1863 con proyecto posiblemente del ingeniero Pedro Andrés y Puigdollers, fue el pistoletazo de salida para la intensa industrialización de su entorno en el Arrabal, muy atractivo por la conectividad que garantizaba el tren.
    En 1863, la Compañía de Madrid-Zaragoza-Alicante o MZA impulsó la línea que conectaba Zaragoza con Madrid, con una terminal provisional en el Campo del Sepulcro hasta que en 1896 entró en funcionamiento la definitiva estación, proyectada por el ingeniero López de Letona. La nueva estación y su mar de vías fue un imán que atrajo el establecimiento de industrias en la zona, como Chocolates Orús, y especialmente la fundición de Carde y Escoriaza, desde 1921 Material Móvil y Construcciones. Un par de años después, en 1865, León Cappa fundó la Compañía del Ferrocarril de Zaragoza a Escatrón, de vía estrecha, cuya terminal fue ubicada en la carretera de Alcañiz, en un entorno apenas ocupado hasta entonces por torres agrícolas. Fue el propio fundador quien diseñó los edificios de la estación, popularmente conocida por ello como de Cappa. La presencia de la estación, reforzada después con la línea de tranvía del Bajo Aragón, impulsó el desarrollo económico y urbanístico de esta periférica zona.
    Otra línea de vía estrecha que conectaba Zaragoza y Cariñena fue inaugurada en 1887 y su terminal se ubicó junto a la de Campo del Sepulcro, si bien el desnivel de 8 metros de altura entre una y otra complicó la conexión entre ambas. Su estación conectaba también con la red tranviaria para distribuir mercancías, como la remolacha destinada a las azucareras. Finalmente, y tras la entrada en funcionamiento en 1928 de la línea de Zaragoza a Canfranc, en 1933 fue inaugurada la línea de Caminreal que conectaba con Valencia. La terminal zaragozana se estableció en la estación de Delicias diseñada por el arquitecto Luis Gutiérrez Soto, y su entrada en funcionamiento supuso el final de la línea de Cariñena, ya que se solapaba el trayecto y ambas líneas eran propiedad de la misma compañía (Ferrocarril Central de Aragón). Una vez clausurada, esta estación de Cariñena y su entorno perduró hasta mediados de los años 50, cuando fue derribada y la zona urbanizada. Una de las nuevas calles allí abiertas (la de Cariñena) recuerda el pasado ferroviario de la zona.
    Complementarias a esta red ferroviaria, encontramos otras estaciones secundarias como la de La Almozara (1881), para el control de mercancías, y la de Miraflores (1894), que inauguró los trenes directos Madrid-Barcelona. Además, el ferrocarril propició la construcción de una notable infraestructura urbana como fue el paso de las Delicias, que desde 1913 marcó su impronta en este barrio. Este paso a nivel fue ampliado en 1956, transformado en 1990 y suprimido finalmente en 2003. Las referidas estaciones de La Almozara y de Miraflores desaparecieron en 2007 cuando fueron soterradas sus vías. Una nueva estación de Miraflores vio la luz poco después como terminal de la primera línea de Cercanías de la ciudad.
    La original estación de Cappa dejó de funcionar en 1894 hasta que en 1901 pasó a la propiedad de la Sociedad de Minas y Ferrocarril de Utrillas que en 1904 la reconvirtió para transportar carbón desde Utrillas-Escatrón, quedando por ello la estación con la denominación de Utrillas. Funcionó hasta marzo de 1966, cuando la línea fue clausurada y la estación y su entorno carbonero abandonados hasta los años 90, cuando la zona fue urbanizada y se rehabilitaron los dos edificios de la estación para uso comercial. La estación de Campo Sepulcro o Madrid fue objeto de una intensa modernización que supuso el derribo de la vieja estación y su sustitución por una nueva inaugurada en 1972 con el nombre de Zaragoza-El Portillo. Estuvo en activo hasta 2003, cuando la alta velocidad española pasó de largo por ella. Sus instalaciones fueron abandonadas, derribadas en parte poco después, y el resto parece que ahora (2021) va a ser también desmantelado por el Adif. La estación del Norte comenzó a perder protagonismo respecto a la de Campo Sepulcro y desde 1972, con la entrada en funcionamiento de la nueva estación del Portillo, fue perdiendo sus servicios de viajeros. Su último viaje lo realizó en 1976, quedando desde entonces para tráfico de mercancías hasta los años 80, cuando fue cerrada. El edificio de la estación fue restaurado y reabierto en diciembre de 2004 como centro cívico. La estación de Delicias o Caminreal mantuvo su actividad hasta 1972, cuando la estación del Portillo la dejó sin el tráfico de pasajeros, quedando también como control de mercancías, cada vez más postergada y deteriorada. Afortunadamente, el edificio ha perdurado al calor de la nueva estación intermodal Zaragoza-Delicias inaugurada en 2003, rehabilitado y con funciones de control del tráfico de alta velocidad.
    A pesar de su importante pasado ferroviario, que aquí apenas hemos esbozado, Zaragoza sigue a la espera de poder contar con un museo del ferrocarril que dignifique esta parte fundamental de su historia, su desarrollo urbanístico y económico, y de las vidas de varias generaciones de sus habitantes.
    9 min
  • Zaragoza te habla – El callejero “comunista”
    En el programa de hoy vamos a enlazar con un asunto de cierta actualidad como es la revisión de los nombres de algunos viales y zonas públicas de Zaragoza, en este caso por su procedencia “comunista”. Recordaremos a este respecto el gran antecedente de lo sucedido con decenas de nombres de vías urbanas que cambiaron al ser anulados tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el rápido triunfo en Zaragoza de los facciosos. En esa ocasión, la limpieza de comunistas se extendió también a calles como las de Alcalá Zamora, Antonio Pérez, Galán y García Hernández, Giner de los Ríos, Joaquín Dicenta, Pablo Iglesias, Sebastián Banzo, Benito Pavón, Conde de Aranda, Emilio Zola, Ferrer y Guardia, Benito Pérez Galdós, Jaime Vera, León Tolstoy, Marcelino Domingo, José Nakens, Pi y Margall, Nicolás Salmerón, Victor Hugo. Por el mismo precio, calles con referencias varias al “comunismo” también fueron eliminadas: Agua, Arte, Mayo, República, Siglo XX, Baño, Catorce de Abril, Catorce de Diciembre, Clavel, Cinco de Marzo, Democracia, Escuelas, Germanías, Hospitalito, Igualdad, Jazmín, Maternidad, Morería, Once de Febrero, Pinos, Libertad, Primero de Mayo, Previsión Social, Romero, Vacas… Puede que a ustedes les choque la inclusión en esta lista de algunos nombres aparentemente “normales”, pero tengan en cuenta que junto con las “comunistas” también se eliminaron calles de nombres de “dudoso gusto” y “malsonantes”. En definitiva, una buena purga.
    Transcurridas varias décadas, y viviendo en un restaurado sistema democrático, social y de derecho tras cuarenta años de dictadura, Zaragoza vive desde hace unos meses una segunda ola revisionista del “pasado comunista”, en este caso impulsada por la extrema derecha con representación en el consistorio desde las elecciones municipales de 2019. A falta de bustos que homenajeen a Abderramán III, como sucedió en Cuarte de Huerva, en Zaragoza la ofensiva ultraderechista enfiló sus armas primero, ese mismo año de 2019, contra el parque y la calle que en el Actur llevan el nombre de Che Guevara. Con el respaldo de sus socios de gobierno del PP y de Ciudadanos, la formación anticomunista logró que se formara una comisión técnica para estudiar “este o cualquier otro cambio” que se produzca en el callejero. Desconozco la deriva de esta comisión respecto a este asunto y si se ha producido el cambio, y cuál es la alternativa propuesta, pero me parece que a la fecha en que estamos, nada ha cambiado, y gracias a dios el Comandante Ernesto Che Guevara sigue teniendo una calle y un parque en Zaragoza. En este año recién comenzado de 2021, y como apenas hay otros asuntos de importancia, se anuncia un nuevo envite anticomunista para limpiar el callejero de la ciudad, en este caso protagonizado por la calle de Margarita Nelken por ser “socialista y comunista”. Veremos cómo se sustancia esta nueva propuesta, pero es probable que termine donde la otra: en el silencio administrativo de la vergüenza ajena. A este respecto, no nos faltan en Zaragoza referencias “comunistas” en el callejero, sobre todo en el reciente barrio del Actur, donde se concentra una buena parte de los nombres de hombres y mujeres susceptibles de ser acusados de “comunismo” por la extrema derecha desatada, empoderada y sin complejos de estos inciertos tiempos que nos toca vivir, aunque al menos y desde este momento oficialmente ya no cuenta con la impresentable referencia de Donald Trump en la Casa Blanca.
    23 min
  • Zaragoza te habla - Callejero monárquico - II
    En el programa de hoy retomamos un asunto cuya primera parte se nos quedó allá por la primera quincena del pasado mes noviembre: la presencia de la institución monárquica en el callejero de Zaragoza. De esta forma, esta segunda parte la comenzamos en la primera década del siglo XX, cuando en el plano de 1908 de Dionisio Casañal se incluyó la primera referencia en el callejero al rey Fernando II de Aragón, que fue homenajeado con la calle de Fernando el Católico que sustituyó a la pequeña calle de la Lonja, sita entre la calle del Pilar y el paseo del Ebro.
    A finales de los años veinte, en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera, el plan de urbanización del ensanche de Miralbueno se proyectó en torno a dos grandes viales cuyos nombres proyectados eran Gran Vía de D. Alfonso XIII, desde la facultad de Medicina y Ciencias hasta la nueva plaza de España, y la Gran Vía de Dª Victoria Eugenia, desde esa plaza y hasta el parque de Buenavista. Además, en el callejero se dispuso la calle de la Princesa, que indicaba de forma genérica el título nobiliario de la hija del rey heredera al trono.
    Tras la instauración de la Segunda República en 1931 se proyectó cambiar de nombre a los tramos de la Gran Vía antes referidos, respectivamente, como Gran Vía de Pablo Iglesias, y Gran Vía de Francisco Giner de los Ríos. Cuando en Zaragoza triunfó la rebelión armada de julio de 1936 contra el régimen constitucional republicano, se desató una purga política que también afectó al nomenclátor, y que fulminó las referencias que tuvieran alguna relación con la democracia republicana, como estas dos indicadas. En las décadas siguientes las diversas Corporaciones municipales franquistas fueron añadiendo al callejero la mayor parte de los viales que actualmente llevan nombre de reyes o reinas, comenzando por la propia Corona de Aragón, entidad que dio nombre a una nueva calle que en uno de sus tramos absorbió a la antigua calle de López Toral. El callejero, de esta forma, se pobló de una extensa miríada de reyes y reinas del Aragón medieval (calles de Juan I, Yolanda de Bar (su hija), Juan II y Doña Blanca de Navarra (su esposa), Fernando I de Antequera, Martín I el Humano, Pedro II el Católico, Pedro III el Grande y Constanza de Sicilia (su esposa) y Santa Isabel de Portugal (su hija) , Pedro IV el Ceremonioso, Ramiro II el Monje e Inés de Poitiers (su esposa) y Reina Petronila (su hija), Ramón Berenguer IV, Sancho Ramírez y Reina Felicia (su esposa), Violante de Hungría (esposa de Jaime I); paseo de los Reyes de Aragón y Vía de San Fernando). La España “imperial” del Régimen franquista quedó ensalzada mediante el paseo de Fernando el Católico, paseo de Isabel la Católica, calle de Germana de Foix (segunda esposa de Fernando el Católico), y la plaza del Emperador Carlos V. Además, y de forma exótica, en el barrio de Valdefierro se situó la calle de Berenice, constelación que recuerda a la antigua reina Berenice III de Egipto; e incluso hubo espacio para la extravagancia populista cuando se dio el nombre de calle de la Reina Fabiola a un nuevo vial en el barrio de San José.
    Después de la recuperación de la democracia municipal en 1979, se incorporaron al callejero la avenida de Juan Carlos I y la plaza de la Reina Sofía, “piloto del cambio político” y consorte, respectivamente. A ellos se unió el municipal Pabellón Príncipe Felipe, inaugurado en 1990. A la vez, desapareció la calle de los Infantes de la que hablamos en la primera parte, aunque siquiera por esta vez, en este caso una moderna inscripción hace memoria de su existencia. En 1991, la calle de Mundir I, primer soberano de la taifa de Saraqusta, inauguró el recordatorio de los reyes musulmanes de la ciudad, seguida luego del andador de los Hudíes y el andador de Al-Muqtadir. El crecimiento de la ciudad a través de nuevos barrios posibilitó acrecentar aún más la lista de monarcas medievales de Aragón con la calle de Ramiro I y la de Ermesinda de Aragón (su esposa); la calle de Pedro I; la calle de María de Luna (esposa de Martín I el Humano), y una nueva calle de Alfonso V (segunda que recuerda a este monarca) en el barrio de Las Delicias. En este proceso incluso se ha dado cabida a singularidades exóticas como la plaza de Cleopatra y la calle de Salomón y la reina de Saba en Valdespartera, en este caso por la mítica película rodada en esos parajes, y finalmente el andador de la reina Ester.
    En 2015, estando Zaragoza en Común al frente del Gobierno de la ciudad intentó fallidamente cambiar de nombre al Pabellón Principe Felipe, por aquello de que ya reinaba desde 2014 como Felipe VI, para homenajear de esta forma al fallecido exentrenador del CAI Zaragoza José Luis Abós. Y durante el ya pasado año 2020, a raíz de la huida de España del rey emérito por los escándalos generados en torno a su patrimonio, se realizaron varias solicitudes para sustituir, sin éxito, el nombre de avenida de Juan Carlos I porque la actual Corporación municipal lo desestimó.
    Creo que con este de hoy, que completa la serie de dos programas que hemos dedicado a este asunto, ha quedado “cristalino” que la presencia de la monarquía en el callejero de Zaragoza es una historia bastante dinámica ciertamente interesante, que sin duda continuará en el tiempo.
    9 min
  • Zaragoza te habla - Presentación "Los pródigos años 90"
    Entrevistamos a José María Ballestín y Antonio Tausiet, autores de "Los pródigos años 90", séptima entrega de su colección 'Memoria visual de Zaragoza' que presentaron el pasado lunes, día 7 de diciembre, en la Feria del Libro que este año tiene lugar en la Sala Multiusos del Auditorio de nuestra ciudad.
    Desde 2014, el proyecto GAZA, Gran Archivo Zaragoza Antigua, creado por José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet, compila y ordena miles de referencias visuales de la ciudad de Zaragoza. Este libro es una selección de fotografías de ese archivo, acompañadas de comentarios redactados para la ocasión.
    Un recorrido por la ciudad, los barrios y aspectos de su economía y sociedad en la década de los 90, época de grandes obras, en la que Zaragoza experimentó una gran transformación, casi tan grande como la corrupción y escándalos financieros que sufrió.
    El libro está ya a la venta. ¡No te lo pierdas!
    7 min
  • Zaragoza te habla - Los asedios franceses de 1808-09
    Los asedios franceses de 1808-09
    -Impacto sobre el patrimonio y urbanismo de Zaragoza-
    Desde las primeras crónicas o relatos de los asedios de Zaragoza en 1808-09, la valoración del estado de la ciudad tras los mismos ha sido prácticamente unánime: Zaragoza quedó destruida por la perfidia y barbarie de los invasores. Sin embargo, habría que pensar en qué otra conclusión podría haber desembocado la decisión de convertir la ciudad en primera línea de campo de batalla, fortificando sus más robustos y mejores edificios de la periferia por donde era evidente que se produciría el asalto francés, y convirtiendo el cinturón conventual en un formidable rompeolas ante el que cayó toda la fuerza del ejército Imperial. Esta impresión de destrucción generalizada ha perdurado en el tiempo, e incluso hoy en día sigue siendo utilizada por la historiografía más retro para justificar la pérdida de patrimonio edilicio, de forma que cuatro meses de terribles destrucciones siempre parecen tapar las destrucciones prolongadas durante dos siglos sin que ninguna bomba extranjera tuviera nada que ver.
    La decisión de la dirigencia y elite local de convertir Zaragoza en una ciudad cerrada, acuartelada y asediada, dispuesta a resistir hasta el final bajo el invencible amparo de la Virgen del Pilar, es algo que no deberían dejar de lado quienes utilizan la historia para buscar culpables de los hechos históricos a los que aquí nos referimos, no para explicarlos.
    Los dos asedios de la ciudad, el primero de dos meses de duración, entre el 15 de junio y el 13 de agosto de 1808; y el segundo otros dos meses, entre el 21 de diciembre de 1808 y el 21 de febrero de 1809, sin duda resultaron devastadores para la ciudad, especialmente en las zonas que los franceses delimitaron como de avance para lograr la capitulación de Zaragoza, hecho que se produjo el referido 21 de febrero de 1809. De esta forma, el Arrabal por el norte, el barrio de la Magdalena por el este y el frente sur, con zonas de los barrios de Santa Engracia, San Gil y San Pablo, fueron los escenarios más afectados.
    Los efectos de estos cuatro meses de bombardeos y combates se centraron fundamentalmente en los conventos militarizados y convertidos en ejes del sistema defensivo: los conventos de Jesús y San Lázaro en el Arrabal; los conventos de San Agustín, Santa Mónica, San José y la Trinidad en el este; los conventos de San Francisco, Santa Catalina y Jerusalén en el centro; y los conventos de Capuchinos, Santa Engracia, Capuchinas, Carmelitas descalzas, y el Carmen. En esta lista hay que incluir también la Universidad de la Magdalena, también militarizada y convertida en punto fuerte de defensa. El bombardeo, por supuesto, trajo además la ruina de numerosas casas y palacios que se encontraban en la línea de fuego de las zonas de batalla, como fue el caso del palacio de la Diputación del Reino, y el gran complejo del Hospital de Gracia en el Coso.
    De todo este patrimonio edilicio, hubo casos de destrucción absoluta, y muchos más casos de destrucción parcial. Algunos se perdieron para siempre, otros fueron reconstruidos en las décadas siguientes, y hubo también casos de derribos posteriores o muy posteriores que remataron algunos conventos y palacios nada o parcialmente dañados, como el convento de Santa Engracia, el de las Carmelitas descalzas o el palacio de la Diputación del Reino.
    Los efectos de esta destrucción patrimonial sobre el urbanismo de la ciudad se concentraron especialmente en la zona sur-centro desde la puerta de Santa Engracia y hasta la plaza de San Francisco, espacio hasta entonces vertebrado por el callejón del Hospital. Aquí fue donde la administración francesa proyectó el primer ensanche moderno de la ciudad, con la apertura del paseo Imperial, luego denominado Salón de Santa Engracia, y actual paseo de la Independencia, que todavía conforma el eje central más importante de la ciudad. Resulta complicado, que no imposible, imaginar lo que hubiera sido de esta zona si la destrucción de los asedios no hubiera tenido lugar. Digo que esto no es imposible de imaginar, dada la creatividad zaragozana para ensanchar la ciudad en otras zonas que, sin afecciones durante los asedios, también han sido objeto de una mutación bastante radical.
    José María Ballestín Miguel
    26 min
  • Zaragoza te habla - Callejero monárquico - I
    La presencia de la institución monárquica en el callejero de Zaragoza ha dependido durante toda la edad contemporánea de la cambiante coyuntura institucional española, pues el tránsito de la monarquía absoluta a la actual constitucional, con el breve lapso de las dos repúblicas, se ha producido entre traumáticos procesos trufados de guerras civiles, golpes de estado, revoluciones, dictaduras y restauraciones varias, la última de ellas denominada “la transición”. Todo ello ha tenido reflejo en el nomenclátor de la ciudad, con altas y bajas al albur de estos acontecimientos. Por ello, hoy dedicamos un primer programa a la situación y cambios en el siglo XIX. Comenzamos.
    Resulta llamativo que hasta 1863 apenas encontramos en el callejero unas pocas referencias a la monarquía, que siempre resultan ser genéricas y ninguna alusiva a un monarca en concreto, salvo el lapso de tiempo que la antigua plaza de San Francisco fue denominada de San Fernando en homenaje al “Deseado” rey Fernando VII hasta su sustitución por el de plaza de la Constitución tras la muerte de este rey en 1833 y el tránsito hacia un Estado liberal y constitucional. Precisamente en 1833 encontramos otra referencia monárquica cuando se colocó la primera piedra de una nueva fuente en la plaza de San Fernando como homenaje al juramento como princesa heredera de la que luego sería Isabel II, denominándose, por ello, Fuente de la Princesa, que en el siglo XX tuvo una azarosa vida hasta terminar en el parque de Buenavista. Respecto a las calles con referencias monárquicas genéricas, encontramos la calle de las Infantas, que hacía referencia a la familia infanzona de ese linaje; la calle del Príncipe, que indicaba el título nobiliario reservado al heredero de la Corona; la calle de los Infantes de San Pablo, que informaba de los nietos del rey Alfonso X de Castilla que en el siglo XIII fueron acogidos por el rey Alfonso III de Aragón; la calle de la Reina, que se vinculaba al título nobiliario de la esposa del rey o a su sucesora legítima, que en el caso del reino de Aragón no podía ejercer por su condición de mujer; finalmente, la plaza del Reino, así llamada por su cercanía a la “Casa del General del Reino” dependiente de la Diputación General.
    El año 1863 resulta un hito importante, pues en él se publicó la “Descripción de las calles, plazas, plazuelas, puertas y paseos de la ciudad de Zaragoza”, donde también la monarquía protagonizó reseñables cambios en el callejero. De esta forma, la plazuela del Carmen fue redenominada de Isabel II; la plaza del Reino conservó su nombre, pero bajó de categoría a la de plazuela; la antigua calle Mayor de las Tenerías sería desde entonces la calle de Alonso/Alfonso V, en homenaje a este “Magnánimo” soberano medieval de Aragón; un tramo de la calle del Sepulcro sería desde entonces de Don Teobaldo, segundo rey de Navarra así llamado que se refugió en esa zona y tuvo especial vínculo con el convento del Sepulcro; la calle de Isabel II que desde 1858 era la que que en 1849 fuera del Cinco de Marzo, se decidió que recuperara su original denominación; la calle del Trenque, durante el proceso de su prolongación y ensanche hasta la plaza del Pilar, se consideró “mezquino e inadecuado” mantenerla, de forma que se le dio el nombre de calle de Alfonso I (el Batallador); las antiguas calles de San Gil, Alta de San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, y plaza de San Martín fueron unificadas en el nombre de Jaime I (el Conquistador); la calle de los Infantes de San Pablo se mantuvo acortada en su nombre como calle de los Infantes; las antiguas calles del Príncipe y de las Infantas fueron unificadas bajo la primera de esas denominaciones; la calle de la Reina perduró; la plazuela de la Cruz del Ecce-Homo fue redenominada de la Corona, pero no por la institución, sino por el relieve de una corona en la fachada de la cercana casa de los condes de Bureta.
    Tras la “Gloriosa” revolución que en 1868 puso final al reinado de Isabel II, la calle del Príncipe sería desde entonces la calle de la Libertad; la calle de la Reina, pasó a ser la calle de la Soberanía Nacional, y la plazuela de Isabel II, la plaza del Pueblo. Llamativamente, la restauración borbónica de 1875 no alteró estos cambios.
    Terminamos así el programa de hoy, dejando una segunda parte que dedicaremos a la situación y cambios producidos en el siglo XX y principios del actual XXI.
    7 min
  • Zaragoza te habla - La Plaza de Miguel Salamero
    El espacio de la actual plaza de Miguel Salamero formaba parte de la antigua Morería o barrio moro delimitado por un muro de tapial tras la conquista cristiana de Saraqusta en 1118. Vertebraban el caserío de esta zona la calle del Azoque o del zoco (mercado abierto) y la calleja de la Morería Cerrada, así denominada porque se ingresaba a ella desde el Coso mediante el arco de la Morería y conducía a la alcaicería o mercado cerrado. Entre ambas se encontraba la mezquita aljama o Mayor de la ciudad y la carnicería musulmana.
    Tras la conversión forzosa de la población morisca zaragozana, en 1526 la mezquita fue reconvertida en la iglesia de Santa Fe y concedida por el rey Felipe II a un beaterio de mujeres arrepentidas de la vida mundana o prostituidas, ordenado según la regla de Santo Domingo, que a mediados de siglo se convirtió en convento de religiosas dominicas de Santa Fe, singular por su gran claustro renacentista de dos pisos. La definitiva expulsión en 1610 de la población morisca asentó la tendencia que condujo a que esta zona fuera mudando de propietarios, de aspecto y de funciones, con nuevas e importantes fundaciones religiosas, como el colegio de San Diego, los conventos de San José de las carmelitas descalzas y de San Ildefonso, y el beaterio y colegio de Santa Rosa, entre otras.
    Los asedios de 1808-09 no afectaron a la integridad del convento de Santa Fe, que durante los años de administración francesa fue destinado a educación femenina. Tras la guerra, la comunidad dominica regresó al convento hasta que en 1835 se trasladó al de Santa Inés. La exclaustración de Mendizábal hizo recaer su propiedad en el Estado, que en 1842 cedió el usufructo a la Real Sociedad Económica Aragonesa y a la Academia de Bellas Artes de San Luis, que le dieron uso como sede propia y para albergar los museos provinciales de pintura y escultura creados en 1845. Así fue hasta 1893, cuando el antiguo convento fue declarado en ruina.
    La zona meridional entre las calles del Azoque y de la Morería Cerrada, tradicionalmente ocupada por la huerta conventual, tras la desamortización de 1835 se convirtió en la plaza de Santa Fe, hasta que en 1863 una remodelación del nomenclátor le dio su denominación actual: plaza de Miguel Salamero, en recuerdo del comerciante y artesano que durante el asedio de 1808 participó en la defensa del convento de Santa Fe. Precisamente, fue entonces cuando la plaza del Carbón de toda la vida fue redenominada de Santiago Sas, de forma que la traslación a la nueva plaza de Santa Fe-Miguel Salamero de la distribución para consumo doméstico del carbón en Zaragoza dio pie a que, popularmente, este espacio heredara el desaparecido nombre y comenzara a ser conocido de forma extraoficial como la (nueva) plaza del Carbón, tal y como aún hoy sucede.
    A finales de 1896, el Ayuntamiento aprobó un proyecto para ajardinar el solar del antiguo convento, ya derribado, y de la pequeña plaza de Miguel Salamero, ambos propiedad del Estado, que en 1898 y mediante real orden estableció que este espacio debería ser empleado para ensanchar vías públicas y establecer jardines. De esta forma, y ya a comienzos del siglo XX, se procedió a la plantación de árboles en este foco de infección y de inmoralidad, según la terminología de la época, en cuya zona más septentrional se conservaban algunas viejas casas entre las que se encontraba una que fuera temporal vivienda familiar de Francisco de Goya. Estos edificios siguieron en pie hasta su derribo cuando la antigua calle de la Morería Cerrada, ya denominada del Teniente Coronel Valenzuela, fue ensanchada y alineada desde su entrada por el tramo alto del Coso, donde también se eliminó el Arco de San Roque.
    El plan de reforma interior de 1939 previó la ampliación de la plaza de Miguel Salamero eliminando la occidental manzana de viviendas comprendida entre la calle del Azoque y la iglesia de San Ildefonso, al hilo de la apertura de la nueva Vía Imperial, de forma que el nuevo espacio resultante se llamaría plaza de San Ildefonso. Sin embargo, habría que esperar hasta 1962 cuando, sin cambio en el nombre de la plaza, se aprobó el plan parcial especial que ordenaba la zona, cuyo notable aumento en espacio público fue compensado con una más que llamativa concentración de edificabilidad lucrativa en uno de los impactantes edificios singulares que comenzaban a jalonar la Zaragoza del desarrollismo, en este caso un descontextualizado rascacielos de dieciséis plantas que vería la luz años después como Edificio Residencial-Comercial Salamero.
    A finales de la prodigiosa década de los años sesenta se iniciaron las obras de un aparcamiento subterráneo con capacidad para 340 vehículos, que entró en servicio en 1972 y cuya culminación en superficie fue embellecida con nuevos jardines, arbustos y bancos, configurando la plaza de Miguel Salamero desde ese momento y hasta 2020. A comienzos de este año se detectó el hundimiento parcial del techo del aparcamiento subterráneo, suceso del que se responsabilizó al exceso de peso de la plaza de forma que se acometió una dieta consistente en retirar el mobiliario urbano y los andadores, parterres, jardines y árboles de la misma. El aspecto de la plaza, tras esta radical intervención, recuerda mucho al desolador que tuvo tras la terminación del aparcamiento. Mientras tanto, el Consistorio dice sumar propuestas y lluvia de ideas antes de presentar un anteproyecto de reforma de la plaza que, adecuada a los requerimientos de movilidad sostenible, debería recuperar este espacio como emblemática zona verde urbana, tal y como proyectara con buen tino Ricardo Magdalena hace casi 125 años, entonces como hoy con el objetivo de revitalizar este emblemático espacio abierto en la antigua Morería.
    José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet
    Gran Archivo Zaragoza Antigua (GAZA)
    ‘Memoria visual de Zaragoza’
    Artículo publicado en El Periódico de Aragón
    30 min
  • Zaragoza te habla - El Callejón de las Once Esquinas
    Paseando por la calle de Alfonso I en el tramo entre las calles de la Manifestación y de Santa Isabel, llama la atención un paso que entre los inmuebles de los números 31 y 33 nos da acceso a un singular espacio en forma de ele que, aunque pueda parecer un patio de viviendas abierto, se trata de un vial urbano denominado callejón de las Once Esquinas. Hoy que inauguramos temporada de “Zaragoza te habla” en el formato monólogo razonado, os propongo dedicar el programa a este callejón y su entorno pues, aunque profundamente remodelado, perdura como una auténtica reliquia de la antigua Zaragoza, siquiera por la insólita permanencia de su nombre. José Antonio Labordeta, que nos dejó hace ahora diez años, en un artículo publicado en 1995 escribía desconocer las razones que justificaran el nombre de esta calle, y con su somarda habitual, suponía que era producto de un “pleno municipal lleno de humos y descalabro”, y una muestra del “loco y destartalado urbanismo zaragozano”. Con afecto, dedicamos a la memoria de José Antonio Labordeta esta modesta narración con la que trataremos, entre otras cosas, de explicar por qué el callejón de las Once Esquinas tiene esta llamativa denominación.
    A finales de la Edad Media, esta céntrica zona pertenecía a la parroquia de Santa María del Pilar, y estaba delimitada entre la calle de los Augeros o Agujeros, así denominada por el gremio de los augereros y lanzoleros, artesanos que allí hacían y vendían agujas, y la calle de la Platería, por el influyente gremio de los artesanos de la plata allí asentado. La denominación de este callejón como de las Once Esquinas haría referencia a su intrincada planta zigzagueante, que hacía que, efectivamente, cuando menos presentara todas esas esquinas para quien tuviera el tiempo de pararse a contarlas. Como ya tratamos en el programa dedicado a la calle de Alfonso I, este era uno de los recoletos e irregulares viales que desde el Coso y entrando por la calle del Trenque conducían a la plaza de Santa María del Pilar saliendo a ella por la calle del Mesón de los Navarros. Sin embargo, en el vecindario de 1723 no figura el callejón de las Once Esquinas, y en su lugar aparece posiblemente la referencia a un callejón de la Moneda con apenas tres viviendas cuyos residentes consignados eran mayormente “pobres de solemnidad”. En el siglo XIX volvemos a encontrar en el nomenclátor el callejón de las Once Esquinas y cuatro viviendas en él radicadas, con acceso desde el sur por la calle de la Salud, que es la nueva denominación de la antigua de los Augeros, y con la calle de la Platería como tradicional acceso norteño. Inmediato a él figura el denominado “paso de Urriés”, un arco volado que unía dependencias de la casona de esta ilustre familia que se encontraban a ambos lados de una pequeña calle denominada también del Paso de Urriés.
    Tras la gran remodelación del nomenclátor urbano en 1863, este callejón soprendentemente perduró a pesar de su nombre, mientras que los que le rodeaban fueron considerados indignos de ello, y así la calle de la Platería se convirtió en la calle de la Manifestación, referencia al medieval privilegio así denominado, y la calle de la Salud trocó en la calle de Manuel Roda, ilustrado ministro del rey Carlos III nacido en Zaragoza y promotor de la expulsión de los jesuitas en 1767. La vecina calle del paso de Urriés también sobrevivió a la purga, aunque sólo por un par de años, ya que la apertura de la nueva gran calle de Alfonso I el Batallador se la llevó por delante, tanto a su nombre como a la propia calle, ya que aquélla fue trazada justo por donde ésta andara. Además, la reurbanización de ambos lados de la nueva calle con edificios modernos adaptados a su rectilíneo trazado, supuso también el derribo de las viejas casas que al callejón de las Once Esquinas le daban su exclusivo trazo escalonado, conformándole con su trama actual en forma de ele.
    Cuando parecía que ya se habían realizado todas las mudanzas posibles en el callejero de esta zona, llegó el franquismo que a principios de los años 40 del pasado siglo XX despojó al ilustrado ministro Manuel Roda de su calle (de la misma forma que hizo, entre otros, con el ilustrado conde de Aranda para poner en su lugar al “invicto Caudillo”), y se la concedió graciosamente a Santa Isabel de Portugal, otra referencia medieval más impuesta por el nuevo régimen para remarcar todavía más su carácter confesional y militantemente tradicionalista.
    Para terminar el programa de hoy, os invito a quienes esto escuchéis o leáis, a pasearos por el singular y seguramente poco frecuentado callejón de las Once Esquinas, un pedazo de la antigua Zaragoza que por fortuna perdura todavía en nuestros días, siquiera con su original y sin par denominación. No es ninguna maravilla, como tampoco es cualquier cosa.
    Un cordial saludo, y nos escuchamos, o leemos, en el siguiente programa.
    8 min
  • Zaragoza te habla - Presentación "Los cruciales años 30"
    Entrevistamos a José María Ballestín, autor junto con Antonio Tausiet, del sexto volumen de su colección 'Memoria visual de Zaragoza' que, con el título de "Los cruciales años 30", publicaron el pasado 11 de julio de 2020, con edición de El Periódico de Aragón.
    Desde 2014, el proyecto GAZA, Gran Archivo Zaragoza Antigua, creado por José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet, compila y ordena miles de referencias visuales de la ciudad de Zaragoza. Este libro es una selección de fotografías de ese archivo, acompañadas de comentarios redactados para la ocasión.
    Un recorrido por la ciudad, los barrios y aspectos de su economía y sociedad en la década de los 30, época de acelerados cambios y quiebras fundamentales en la historia de España: la Dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, sus dos bienios contrapuestos, el Frente Popular y una sublevación militar fallida que derivó en una guerra que marcaría el futuro.
    No te pierdas la entrevista que hacemos a su autor.
    21 min
  • Zaragoza te habla - Nomenclátor de los Asedios
    Los asedios franceses de 1808 y 1809 han marcado profundamente la historia y el imaginario colectivo de la ciudad, y el nomenclátor urbano es un buen reflejo de ello, con 64 calles, plazas y paseos que actualmente los recuerdan. Sin embargo y de forma llamativa, no fue hasta 1863, medio siglo después de la “francesada” u ocupación francesa de Zaragoza entre los años 1809 y 1813, que las autoridades locales comenzaron a introducir en el callejero de forma sistemática la memoria de algunas de las gestas y personajes que se destacaron en la resistencia previa a la capitulación de 1809. Décadas después, al hilo de la celebración del primer centenario de estos asedios en 1908, una nueva remesa de viales se añadió a esta dinámica. Finalmente, el primer franquismo de la cruzada contra el bolchevismo instrumentalizó la memoria de los asedios para identificarlos con el ideario nacional católico del régimen, y por ello una extensa nómina de viales propagaron su recuerdo, que se unió sin solución de continuidad con aquellos nuevos que habían sido purgados de su pasado “rojo”, constitucional o democrático, desafecto con el nuevo-viejo régimen.
    En el programa de hoy os propongo que nos centremos en los viales que perdieron su nombre en la primera de las ocasiones citadas, a mediados del siglo XIX, para recuperar de esta forma la memoria de algunas de las antiguas denominaciones que los definieron durante siglos y que desaparecieron con el cambio de rótulo.
    La génesis de la modificación del nomenclátor en 1863 vino de fuera de la ciudad, porque entre 1858 y 1860 varias Reales disposiciones del Gobierno de España dictaron la necesidad de uniformar la clasificación de las vías públicas y la numeración de sus edificios, algo esencial por cuanto se advertía que el sistema antiguo de numeración por manzanas “ofrecía dificultades invencibles para el hallazgo de casas aun a muchos de sus moradores”. En este proceso se incluyó el cambio de nombre de aquellos viales “impropiamente denominados” por el recuerdo “de hechos y de nombres gloriosos” tanto en “su parte religiosa como en su parte política, civil, militar y literaria”. Los viales “impropiamente denominados” eran aquellos considerados “vulgares y de dudosa celebridad, que repugnan o disuenan”, para los que se proponía con absoluta franqueza “relegarlos al olvido”. Y entre los nuevos nombres propuestos se encontraban una buena representación de “hechos insignes de la guerra de la Independencia”, así como de “aquellos de nuestros progenitores que más se distinguieron por su valor y virtudes en esa lucha”.
    De esta forma, la calle de los Aguadores, recuerdo de este esencial oficio para el suministro de agua de boca, fue redenominada de Mariano Cerezo. La calle de la Aduana, antes del General del Reino, que recordaba el edificio allí ubicado para el cobro de rentas, devino en la calle de José Palafox. La Subida de la Albardería, calle que provenía de este vial que recordaba el oficio de los albarderos, que realizaban aparejos para las bestias de carga, fue cambiada por el nombre de la calle de Felipe Perena. La calle Ancha del Barrio Curto, recuerdo del oficio de curtidores, sería desde entonces la calle de Agustina de Aragón. La plaza del Carbón, escenario de la compra y venta de este mineral para el consumo urbano, devino en la plaza de Santiago de Sas. La calle Castellana, así llamada por estar trazada sobre el antiguo camino Real a Castilla, pasó a denominarse calle de Basilio Boggiero. La calle de Hilarza, antes de la Sal, que recordaba los talleres de hilados de lana, algodón y lino que en ella se ubicaron, fue convertida en la calle de Casta Álvarez. La antropológica calle Malempedrada, posiblemente uno de esos nombres “vulgares” antes referidos, fue cambiada por el nombre de calle de Telesforo Peromarta. La calle del Medio en el Arrabal, así denominada por encontrarse entre las calles del Horno y de las Casas Nuevas, devino en calle de Jorge Ibort. La calle de la Puerta Quemada, por conducir desde el Coso a esta antigua puerta de la ciudad, fue desde entonces la calle del Heroísmo. La calle del Peso, así llamada por la antigua dependencia Real de pesaje de productos allí ubicada, se convertiría en la calle del Cuatro de Agosto. El Salón de Santa Engracia, paseo más espacioso de la ciudad que conducía a la homónima iglesia, fue redenominada como calle de la Independencia. La antigua calleja de la Soledad, con un nuevo trazado tras la reurbanización del antiguo solar del Hospital de Gracia, se convirtió en la calle de los Sitios. La calle del Tejar, en el Arrabal, que recordaba la cercanía de los tejares municipales, fue redenominada como calle de Pedro Villacampa. Finalmente, la plaza de Santa Fe, por la presencia de este antiguo convento de religiosas dominicas, devino en la plaza de Miguel Salamero.
    Terminamos así esta audición del último programa de “Zaragoza te habla” de la presente temporada 2019-2020. Ahora que el sol comienza a pegar de forma incontestable, nos retiramos a nuestros cuarteles de verano a preparar nuevos asuntos de la antigua Zaragoza que puedan ser de interés para compartirlos en una próxima ocasión. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, que no os coma la oreja cualquier descerebrado, y que el estío nos sea propicio. A la espera de que nos podamos encontrar nuevamente en las ondas sonoras de la radio, recibid un cordial saludo.
    8 min

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