By Zaït MorenoArtsBooksMusic
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episodes

  • Bendito vientre el vuestro
    A todas las madres que lo fueron,
    a todas las madres que lo son,
    a todas las madres que lo serán.
    Gracias, bendito vientre el vuestro por albergar la magia de convertir poesía en materia viva. Gracias por ser el aliento que, como el viento, empuja las velas para navegar por el mar de la vida. Vuestros volcanes de lava blanca nos alimentan el cuerpo. Vuestras dulces palabras nos alimentan corazón y espíritu. Nos regaláis el escudo protector de vuestros brazos que, como parras en nuestro torso, nos enredan en un abrazo. Bebéis nuestras lágrimas y, al llegar a vuestro corazón, brotan por él, con una entrega pura y desinteresada. Sois la diosa. Sois la rosa. Sois el hada.
    Gracias, por ser conductoras de vida, por ser seductoras de energía, por ser nuestra conexión con la Madre Tierra. Gracias por ser la Maestra que nos enseña a ser humanos. Vuestro cuerpo entregado y sacrificado en una muerte simbólica para crear una vida en vuestra órbita. Alegrías, tristezas y pesadumbres por ser vosotras nuestra lumbre que da calor e ilumina nuestros pasos. Santidad instintiva de naturaleza primitiva, Maestras de amor, compasión y dedicación. Vuestro yo renunciado, para decir “nosotros” e iluminaros como una luciérnaga o el más brillante faro.
    Gracias, por ser el horno divino donde Dios genera la vida. Gracias por ese amor sin medida. Gracias, mujeres, por ser el Sol de nuestros días. Gracias por ser madres con esa entrega bendita.
    Zaït, 3 de mayo de 2015

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    4 min
  • Volaste
    Te fuiste volando con las alas que te crecieron al olvidar lo que tenemos. Te fuiste volando como el aire, que se te escapa entre los dedos sin poder retenerlo. Te fuiste volando, y yo me quedé aquí en la piedra de la entrada del pueblo entre romero y olivos. El aroma del romero disimulaba el olor a fracaso que desprendía mi corazón. Volaste porque quise que fueras libre. Pero me heriste porque no escuchaste mi dolor. Porque no viste que te abrazaban mis venas, y al volar las arrancaste haciendo este jirón en mi corazón que aun tengo abierto y se me infecta. Sentiste la lástima de verme llorando y, sin entenderme, con las frías manos de tus dudas me intentaste tocar el corazón y lo congelaste. Ese hielo hizo témpanos que se clavaban en mi interior, que me mataban, que me asfixiaban y que me hizo dejar de ser yo. Volaste porque no quise retenerte. Volaste porque te amaba. Y las mentiras que decías para poder alzar el vuelo, asesinaban mi alma. Me culpaste de quererte, de no olvidarte, de entenderte e incluso de sacrificarme por ti. Me culpaste de ver más allá de las apariencias. Me culpaste de amarnos. Me culpaste de ser yo. Y convertida en una nube mi alma, derramaba sus lágrimas sobre una copa que tú quisiste beber. Amargas lágrimas que causan un dolor inhumano. Y se hirieron tus alas, condicionándote el vuelo. Jamás me escuchaste para entenderme, siempre me escuchaste para contestarme. Y desde allá arriba en tu vuelo, me recordabas mis errores, los verdaderos y los inventados, y tus carencias, las verdaderas y las inventadas, para justificar que no eres golondrina ni yo jamás tu primavera. Diciéndome que en otoño, nuestro corazón caduco fue perdiendo las hojas que le hacían respirar hasta quedar desnudo al caer la última. No me duele que vueles en libertad, me duele que lo hagas sin saber lo que dejas atrás. Que no veas que el día que te buscabas a ti, me encontraste. Que no veas que el día que me busqué a mí, te encontré. Que mi vida es un cúmulo de equivocaciones, pero tú fuiste mi más grande acierto. Por eso, ahora que te marchas, me dejas medio muerto. Porque en lugar de llevarte tu recuerdo, te llevaste los abriles en tu vieja maleta de piel, de piel de mi corazón. Porque tuviste que decidir qué cosas te llevarías, y en lugar de elegirme a mí, te llevaste mi vida. Y vivo la agonía de tu oscuro despertar, que para alzar el vuelo, me tuviste que matar. Si hubieses descubierto que siempre te he entendido, que visité las habitaciones más escondidas de tu alma y quería tu felicidad… Si hubieses descubierto que no era tu enemigo, tu vuelo hubiera sido dulce y agradable. Si hubieses descubierto que para ser uno mismo has de dudar de ti, tus pensamientos no hubieran chocado con la realidad. Te hubieras posado en mi mano, me habrías sonreído, y al alzar el vuelo, me hubieras lanzado besos de miel para reconfortar mi corazón. Pero te fuiste volando sin darme el abrazo sincero que esperaba. Y al intentar quitar esta espina que llevaba en mi corazón, este se convirtió en un manantial de sangre donde iba disuelta mi alma. Ojalá algún día entiendas mis palabras, ojalá algún día entiendas lo que viví, ojalá vinieras a cerrar esta herida para que el precio de tu vuelo deje de ser mi muerte interior. Te fuiste volando con las alas que te crecieron al olvidar lo que tenemos. Te fuiste volando como el aire, que se te escapa entre los dedos sin poder retenerlo. Te fuiste volando, y yo me quedé aquí en la piedra de la entrada del pueblo entre romero y olivos. El aroma del romero disimulaba el olor a fracaso que desprendía mi corazón. Volaste porque quise que fueras libre. Volaste porque te amaba de forma pura a pesar de mis heridas.
    Zaït Moreno, 8 de marzo de 2015
    5 min
  • Sol
    Sol, que introduces tus dedos en mi pecho para moldear el barro de mis penas. Sol, que con él creas las figuras de felicidad que me hacen sonreír horneadas con tu calor de amor. Sol, que tu energía pasa por mis chakras hasta la Madre Tierra. Sol, que me das luz, que me das vida, que me das magia, que me haces ser yo, que me haces ser tú. Sol, divinidad ardiente por mi corazón herido que sanas y desinfectas los virus amargos que mis errores del pasado dejaron en mi interior. Sol, que me haces pensar en que allá arriba la vida es más pura. Sol, que me haces ver, acabando con mi oscuridad absurda que construí con mi amor al ego. Sol, que te conviertes en agua de fuego por mis oídos y sales por mi lengua purificando mi verbo. Sol que, con un pincel invisible, me pintas la cara para quitarme el blanco de la muerte que me acompaña cuando soy ignorante. Sol que estás. Sol que vienes. Sol que quemas. Sol que regeneras. Sol que das vida. Sol, gracias por estar en mi interior.
    Zaït, 5 de enero de 2015
    0 min
  • Ojos de piedra
    Como cuentan los ancianos del lugar
    esa noche se esperaba lo peor.
    Era invierno con su frío y humedad,
    en un bosque que no tenía color.
    Caminaba una niña por allí
    con su melena negra como el carbón.
    Los aullidos de los lobos sin parar
    encogían tristemente el corazón.
    Recordaba el cuento de caperucita
    mientras temblaba como si fuera un flan,
    y las piernas le fallaban y caía,
    casi era imposible poder caminar.
    La muchacha se llamaba Rosalía
    e iba buscando un pozo muy especial,
    al que le pudiera pedir el deseo
    de que su maldición pudiera acabar.
    La maldición que años ha, una bruja astuta
    introdujo en su corazón inocente.
    “No podrás”, decía el hechizo maldito,
    “mirar jamás a los ojos de la gente”.
    Para no convertirlos en fría piedra,
    buscó ese pozo para su libertad
    y buscando, por aquel oscuro bosque
    finalmente lo conseguía encontrar.
    Se asomó para desearlo con fuerza.
    Sonrió y, mientras sonaba su dulce voz,
    abrió los ojos y encontró su reflejo,
    siendo víctima de su condena atroz.
    Cayó, convertida en roca, hasta el fondo
    en donde se escribió su trágico fin.
    Desde entonces en aquel oscuro bosque
    quien en él se adentra, no puede salir.
    Zaït Moreno, 19 de octubre de 2012

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    3 min