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En una agencia de publicidad muy grande, de Córdoba, para la que trabajé a fines de los ´80, me hicieron una advertencia en el primer día de trabajo.
“Acá está prohibido usar la palabra “MEJOR”. “EL MEJOR…” no dice nada. Se inventa una cualidad. No sos creativo, vos? Rebuscatelá.”
Obviamente, yo no tenía muy claro lo del Creativo pero sí lo de rebuscarmelá. En eso estaba.
Tiempito antes, un profesor de Estética nos había enseñado que en el arte, en la calificación de las expresiones artísticas, no debía hablarse de “mejor o peor” sino de Logrado. Si el tipo, tipa, tipe, al mostrar su producido, había logrado decir lo que quería y llegar a quien quería llegar. Interpelar, que le dicen.
Ni tan fácil ni tan complicado pero entendible.
Después la vida te la simplifica y, si no caés en eso de “mejor o peor”, apelás a un democrático A MI ME GUSTA o A MI NO ME GUSTA y te das cuenta de que así dejás vivir a los demás sin escupirles el asado.
(Convengamos que tener tus “mejores” o , peor, tener tus “peores”, da como una suerte poder, de pertenencia. Te da el pulgar de Nerón).
Y a muchos les sale también el Torquemada interior y quieren mandar a la hoguera a músicos o a películas o a programas de t.v. O peor, les encantaría prohibirlos.
Y tienen la temeridad de decir qué es arte y qué no!
En estos casos, conozco varios, noto cierto miedito a lo nuevo, a la tremenda oferta cultural y diversa de estos tiempos, a lo que no pueden entender ni clasificar. Un cierto miedito a que les “cascoteen el rancho”, también.
(Ah! Y los certámenes? Otro nefasto aporte de la mirada deportiva de la vida).
Cortázar no ganó nunca un premio literario. Kafka publicó post mortem. Van Gogh murió pobre y no reconocido. Balada para un loco salió segunda…
Grandes ejemplos para entender que los dueños del “no” no frenan nada y para que uno no sienta que es el peor, sino, simplemente, que todavía no se dan cuenta. (Ponele).
Lo malo de encontrarse con amigos que no ves hace años es que te quieren poner al día con su vida. O sea, la de los nietos. Hasta 3 fotos, aguanto.
– Acabo de dejar a mi nietito en tenis. Tengo una hora. Tomemos un café. – me dijo.
Y que él lo lleva martes y jueves y el padre, o sea, el hijo de él, miércoles y sábados. Que ya tiene once pero que va desde los 5. Y que parece ser que es bueno.
– Cuatro veces por semana? Y el pibe quiere? – le dije.
– No siempre – me dice – Antes más. Ahora hay que estar encima. Viste como es esto. Es darle y darle y darle o no llegan a ningún lado. No es cuestión de querer.
Mirá Federer. Mirá Nadal.
Tengo fresquita la foto de dos pajarones grandotes llorando de la manito, con pantaloncitos cortos y las piernas peludas.
Me acuerdo que me leí cuatro o cinco notas para ver si alguno decía lo que esa foto me decía a mí. No lo decían.
Hablaban de gladiadores, de batallas, de dura rivalidad.
Para mí, eran dos niñitos llorando desconsolados porque uno de los amiguitos ya no quiere jugar más.
Imaginate. Es prácticamente un experimento de Menguele.
Agarrar a un niñito, ponerle pantaloncitos cortos y no sacárselos hasta los 40
y que todos los días de su vida tenga que pegarle a una pelotita y pasarla para el otro lado y no pensar en otra cosa que hacerlo mejor cada día. Es delirante.
Cómo no van a llorar cuando se les va el amiguito!
(Tengo grabado en la garganta el desconsuelo de mi hija cuando su mejor amiguita se fue a vivir a Alemania. También me acuerdo que lo único que funcionó fue un abrazo, muy silencioso y muy largo.)
Federer y Nadal lloraban desconsolados mientras un estadio lleno los aplaudía.
Ningún abrazo.
Dicen que en la vida se hace lo que se puede, después lo que se debe y, recién a partir de los 50, lo que se quiere.
También dicen que los caballos de carreras quieren correr y los toros quieren torear y que a los pulpos les encanta el agua hirviendo.
Como al nietito de mi amigo, les dicen lo que tienen que querer.
Pero bue. Normalizar aberraciones, al ser humano, se le da fácil.
Obvio que estos pibes no son gladiadores dando su vida entera por divertir gente en un coliseo romano pero, entre nosotros, se parece bastante, no?
Anoche había decidido hacerle caso a mi cuerpo y acostarme, con mucho sueño, sin despabilarme con esa serie del asesino serial que no termina de convencerme pero que me recomiendan tanto.
Había entrado a la cama despacito y con mucho placer.
Sin música, sin radio, sin planes para mañana, sin pensamientos discutidores.
En medio del sopor, que le dicen. (Auto satisfacción sin pecado).
Justo cuando giraba, involuntariamente, buscando esa posición fetal tan atávica pero tan difícil de lograr cuando se duerme acompañade, ¡entró un mensaje de “wasap”!.
A las casi 2 de la mañana, solamente puede ser una mala noticia.
Ok, también pueden ser réplicas de una discusión de pareja trizada. Pero no estoy en esas zonas sísmicas, de momento.
Sin saber quién ni por qué, odié, putié y manotié en celular.
Era un audio de 3 minutos de una vieja amiga de aquellos tiempos a la que no veo desde aquellos tiempos.
Confirmado, pensé. Otro de nosotros se murió.
Empecé a escuchar el audio y el desconcierto me fue sacando de la cama, prender la luz y buscar con los ojos los cigarrillos.
No lo podía creer!
Tremenda pelotudez en forma de pregunta casi urgente y largo y lleno de detalles y yo que me quería matar. Cómo me vuelvo a dormir, ahora!.
Obvio, no le contesté o hubiera arruinado una amistad de años.
Prendí ese cigarrillo y me fui hasta esos tiempos.
Si había luz en mi ventana, un silbidito de una melodía que conocíamos todos, llegaba hasta el quinto piso de aquellas silenciosas noches de los ‘80 y yo me asomaba y hacia gestos de “ya bajo”.
Me parece que ya es imposible evitar que cada uno saque sus conclusiones cuando ve un EN LINEA o ÚLTIMA VEZ CONECTADO o A LO MEJOR LO TIENE APAGADO Y LO ESCUCHA MAÑANA o no se qué.
También me parece que la inmediatez de las comunicaciones, que ya no comunican casa con casa sino personas con personas, son una maravilla y una mierda, a la vez.
No me digás lo obvio. Tengo mis razones para no apagar el celu.
A lo mejor, la cosa cambiaría si le pongo al wasap aquel maravilloso silbidito.
Decime si lo mejor de la película Tiburón no fue cuando casi se morfa a los hijos del alcalde de Amity Island, que se negaba rotundamente a cerrar la playa, aunque el bicho ya se había despachado a cuatro pibes, porque iba a perder turistas y perjudicar la economía de su ciudad. Cuando le tocó, reaccionó.
Cuántos funcionarios en modo "alcalde de Amity" tenemos en nuestros países?
Ahora, acá, por ejemplo, región bodeguera, están escuchando el reclamo de los que “no quieren ganar menos” si se implementa la Tolerancia Cero de alcohol al conducir, ley que ya tienen varias provincias y muchos países vecinos y no tanto.
“Duermen” la ley, perdón, debaten la ley, mientras seguimos apilando cadáveres y pintando y llorando estrellitas amarillas en el asfalto.
Ok. El principal responsable es ese invento, el peor de la humanidad pero el más deseado, el auto.
Está a la vista. Contamina, enferma, mutila y mata, como mínimo.
Es todo lo que está mal: pinturas, plástico, caucho y quema petróleo al aire.
Y mata y mata y mata gente. Todos los días.
Dicen que el automóvil es un invento diseñado para conductores ideales.
Que conozcan todas las normas de tránsito y las cumplan, siempre.
Que estén cien por ciento concentrades y alertas.
Que sean eficaces en el manejo de situaciones normales e imprevistas.
Ese conductor, amigues, no existe ni existirá!!!
Todo lo que pasa adentro del auto, distrae. Radio, celular, niños, mascotas, cónyuges, etc.
Ahora, agregale una copita de vino, 0,5, ponele, …
(y si ya tenía puesto un cuartito de clona?)
Algunos sostienen que al auto hay que tenerle miedo.
(Porque es el miedo la única emoción que nos ha hecho llegar hasta hoy como especie.)
Manejar con miedo a chocar, miedo a matar, miedo a matarnos.
Un miedo positivo que nos tenga alertas.
Pero bue. A lo mejor, habrá que tachar el último casillero de esperanza en la condición humana y reconocer que las gentes no somos una prioridad para los gobernantes de todo el mundo.
Y si es que siguen ganando los alcaldes de Amity, tendremos que avisarnos entre nosotros si vemos las aletas del tiburón.
No quisiera irme de este mundo sin poder ver cine inglés sin leer esos subtítulos que traducen la mitad y mal.
O, por lo menos, saber que decían las letras de los Beatles.
Ok. Con ese cursito que hago por internet, no creo que lo logre a tiempo.
Pero igual, hacer ese cursito me hace sentir bien.
Es genial como está armado. Es como un juego.
Arrancan de lo re básico, te enseñan un poquito y te examinan y vos tenés que ir acertando y avanzando.
Ponés que “yes” quiere decir “sí” y llueven papelitos y aplausos. Te arengan, te estimulan, te dan un montón de oportunidades y te hacen conocer el sabor del éxito. Y qué bien se siente el éxito!
(para los mediocres, éxito es una mala palabra, sospechosa, pero ese es otro tema)
Pero parece que hasta esta aplicación tiene una paciencia con límites.
Si te gastaste todas la vidas que te regalaron sin ningún mérito previo, aparece un cartel que dice: Fracasaste. No lo estás haciendo bien. Volvé a intentarlo desde el principio. Vos podés!
Guau. No les importa si me he pasado la vida escuchando que el fracaso no existe, que es un aprendizaje. Te la sampan sin eufemismos.
Es que es así. Los fracasos son fracasos. Y no es una mala palabra. Es exactamente una descripción de un momento.
La palabra es maravillosa, el problema lo tiene el participio Fracasado, usado como sustantivo o, peor, como adjetivo.
Decir de alguien que es un fracasado o pensarlo de uno mismo es muy denso.
Fracasar en algo o en mucho, solamente, debería engrosar el anecdotario de tu vida.
Tenerle miedo a la palabra o “hablandarla” con esos argumentos del “coucheo” (para los que perder es ganar, sufrir es crecer y una vida de mierda es un maravilloso reto), tenerle miedo al verbo fracasar o negarlo te enajena de la realidad. Te impide desmenuzar las variables de ese fracaso para saber cuánto de responsable fuiste o cuánto de inevitable tenía.
Qué se yo.
Porque no analizar esas variables del fracaso te puede hacer perseverar en el error.
(Convengamos que perseverar es una palabra virtuosa sólo si la coronás con el éxito. Si no lográs el éxito te volvés un simple insistidor. Nadie te va a poner como ejemplo).
Pero bue, a lo mejor, tengo que darle ACEPTAR a esa opción paga y con más vidas que me da el cursito de inglés y seguir disfrutando de los papelitos y los aplausos después de cada éxito.
(Darnos palmaditas en la “cascoteada” autoestima, nunca es poca cosa).
Vivo en la vereda de enfrente de una bicisenda.
Por mi ventana, veo a muches corriendo, caminando o en bicicleta.
Si fuerzo un poco más mis cervicales, hacia el este, también puedo ver desde mi ventana, una chacra con chacareros y esposas y niños, abriendo surcos y sembrando.
A unos los veo al levantarme. A los otros, antes de acostarme.
Unos con esa ropa técnica, liviana, deportiva y colorida y esas zapatillas del futuro. Imposible no verlos.
En los otros alcanzo a ver poco, porque siempre llegan amaneciendo y andan agachados, pero parece que usan pulóver sobre pulóver sobre pulóver.
Dicen que el cerebro nos está preguntando, todo el tiempo, qué hacemos y por qué lo hacemos. Nos pide razones y nos exige coherencia o se estresa.
Me imagino que el cerebro de unos les entiende el esfuerzo. Les aplaude el sacrificio, no los deja rendirse y les asegura que al final del día va a haber recompensa.
También me imagino que el cerebro de los otros, muy agitado, dirá:
– Si no se ven leones, ni hay alerta de tsunami, ni están volando vacas por un tornado… qué mierda estamos haciendo todos corriendo como pelotudos!?!?! De qué nos estaríamos escapando? (Buena pregunta, esa.)
El cerebro de unos, ancestral y sabio, sabe que el esfuerzo es, nada más y nada menos, que por la supervivencia de la especie, en este caso, del gran grupo familiar.
El cerebro de los otros, moderno y contemporáneo, ni siquiera está al tanto de que lo hacen correr porque en los ’80 se inventó un protocolo para neoyorquinos sedentarios y obesos, tipo Homero Simpson, para que no estallaran sentados frente a la compu, a los 40.
Y que, después, la gigantesca industria de la indumentaria deportiva vio el filón y, con esta nueva religión de la calidad de vida, hoy factura miles de millones de dólares vendiéndole ropa y zapatillas a todo el mundo, menos a los deportistas de verdad, a los que les paga por usarla.
Desde mi ventana veo tanta vida en movimiento, tanta alegría de vivir, tanta energía vital que siento que me estoy perdiendo de algo.
Enciendo ese cigarrillo que anoche me juré no encender, doy un sorbo más al mate y me digo, en voz alta: Mañana mismo empiezo.
Un gran publicista de los ’90, decía que para ser un buen creativo publicitario había que haber hecho de todo en la vida, pero mal.
Yo re calificaba.
Porque no ser el mejor, te da un gran poder de observación.
Los que hacen las cosas bien, quedan atrapados en esos ciclos.
Nunca se ven desde afuera porque los encierra el éxito en una sola habilidad.
Me gusta mucho más hablar de ciclos que de etapas.
Será porque no entiendo a la vida como algo lineal ni la pienso ni la podría pensar en términos deportivos.
Y los ciclos se llaman ciclos porque dan la vuelta y vuelven al mismo punto.
Y, en la vida, ese mismo punto que cierra el círculo sos vos. Siempre vos.
Terminado un ciclo, empezás a ser “ex”.
(El prefijo ex quiere decir “fuera, más allá” .
Tan simple y tan claro pero cómo cuesta asimilarlo, no?).
Y lo maravilloso de ser “ex” pasaría por entender que lo vivido quedó ahí, así, encerrado en un círculo, con lo bueno, lo malo, lo gracioso y lo triste y con vos, en tu mejor o peor versión, mirando desde afuera.
Ahora sos “ex”. (Ex alumne, ex espose, ex maride, ex cornude).
Pero ya no sos ese. Sos ex. Sos vos, pero interactuando desde otro lugar.
Estoy convencido de que la gente no cambia. Cambian los contextos, las circunstancias, las ganas, pero uno no cambia.
(Si la gente cambiara, qué hacemos con los horóscopos?)
Ah! Dudás de los signos? Eso es muy de los Libra, diría una bruja amiga.
Y las combinaciones entre la gente son infinitas!
Pensá, por ejemplo, que con siete notas “pedorras” se ha escrito toda la música de la humanidad.
Solamente siete notas, pero combinadas de distintas formas, a distinto ritmo, en distinto orden, tristes o alegres.
Así podría ser, también, nuestra relación con la gente que nos toca “tocar” en la vida.
Entonces, cada ciclo que cerrás sería una como una canción.
Y siempre, en cada ciclo que abrís, puede aparecer una melodía nueva, maravillosa, tarareable en soledad.
(Iba a relacionar lo de ciclo y lo de canción con un disco o un CD, qué antigüedad.
Ahora, todo fluye por la web. Ahora, todo fluye. Está bien eso, no?)
Justo en el momento en que me entraba su “wasap”, yo veía, por mi ventana, las luces de un auto en mi puente.
– Estoy en la puerta – decía el mensaje de voz.
Podía verle la cara, muy alegre, iluminada por el teléfono y viendo si aparecían mis tildes azules.
Vino sin avisar y, para colmo, re tarde, pero bienvenido igual, por la cerveza negra y las empanadas y porque es un amigo, obvio.
Esta vez, lo envidié.
La historia que trataba de contarme, súper ramificada pero hablando de lo mismo, es una de esas historias que querés que te pasen a vos y por las que, a lo mejor, no perdés las esperanzas.
Historia con mujer desconocida que siempre te gustó.
(Mujer con la que jamás tuviste la menor expectativa.)
Historia en la que, inesperadamente, te da bola.
Cena con amigues tuyos y ella sin conocer a nadie y que,
sin querer agradar, agrada, encanta. Y verla así, al lado tuyo, en esa faena, guau, epifanía.
Todo sucediendo. Fluyendo. La cercanía, las risas, las miradas y la complicidad.
Otra noche. Otra cita. Buena charla y un error.
– No me digas que volviste a largar eso de Sin Proyectos ni Exclusividad.– le dije.
– No. No. Le pregunté, si entre ella y yo había tensión sexual. Onda. Algo.
Qué ya no éramos pibes, que no había tiempo para perder. Y que el ancho de la mesa que nos separaba eran mil kilómetros si no nos dábamos un beso, ahora mismo.
– Y ella que dijo? – le dije
– Que sí, que había onda y que me daría un beso.
“Pero no hoy. Sos muy ansioso”.
Mi amigo me repitió, 15 veces, que no sabía que hacer. Que qué opinaba yo. Si esperar o llamarla. “Por lo de ansioso”, aclaró. Porque con esta mina le habían vuelto las “maripositas en la panza”.
“Ojalá te enamores” es una maldición árabe.
Pero quién es capaz de pensar en las consecuencias cuando hay un flash.
No pasa siempre. No pasa casi nunca. No se puede dejar pasar.
Le dije que la llamara.
El boludo se me vino encima, rompiendo la distancia de mi mesa, y me dio un abrazo, casi emocionado. Era lo que quería escuchar.
Todavía no tengo noticias de cómo siguió la historia. No tardarán.
Yo, de momento, sigo con lo de la envidia. Pero no de mi amigo. No. De las maripositas, esas. Se extrañan, no?
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