Quizá hoy no lo sientes. Quizá el panorama que ves es desolador. Tal vez estás en una especie de mina oscura, sin claridad sobre el futuro. Pero la promesa de Dios no depende de tus emociones ni de lo que tus ojos ven. Depende de quién es Él. Y Él no cambia.
La misma voz que sostuvo a su pueblo en el exilio, la misma diestra que levantó a Cristo de los muertos, es la que te sostiene ahora.