A apoplejía, por ejemplo, ese rayo que os hiere sin destruiros, y después del cual, no obs-tante, todo se acabó. Vivís, pero no sois el mis¬mo. Vos que como Ariel rayabais en ángel, ya no sois más que una masa inerte que como Ca-libán, raya en bestia. Esto se llama una apoplej¬ía. Venid, si queréis, a proseguir esta conversa¬ción a mi casa, conde, un día que deseéis en¬contrar adversario capaz de comprenderos y ansioso de contestaros, y hallaréis a mi padre, el señor Noirtier de Villefort, uno de los más fogosos jacobinos de la revolución francesa, es decir, la audacia más brillante puesta al servicio de la organización más poderosa, un hombre que no había visto como vos todos los reinos de la tierra, pero ayudó a derribar uno de los más poderosos.