Audio Devocional "Crezcamos de Fe en Fe" - Ministerios Kenneth Copeland

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Audio Devocional "Crezcamos de Fe en Fe" - Ministerios Kenneth Copeland episodes

  • Permanece en la Palabra
    «Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá» (Juan 15:7)

    La palabra permanecer es muy importante. Cuando Jesús nos dijo que obedeciéramos Sus mandamientos y guardáramos Su Palabra, no estaba refiriéndose a que nos limitáramos a seguir un montón de normas y reglas de alguna religión.

    Lo que Él quiso decir fue que debemos dejar que Su Palabra―¡la cual es viva!―hiciera su morada en nosotros. Nos estaba diciendo que debemos pasar tiempo en ella, meditar en ella, llenar nuestra mente y nuestra boca de ella, y dejar que guíe nuestros pasos y acciones.

    El apóstol Pablo lo dijo de la siguiente manera: «La palabra de Cristo habite ricamente en ustedes» (Colosenses 3:16). La mayoría de los creyentes no tienen idea alguna de lo que eso significa. Y esa es una de las razones por las cuales experimentan tan poco poder.

    En una ocasión, Oral Roberts dijo que si la Palabra permanece en nosotros y está viva y produciendo fruto, puedes oírla. ¿Sabes lo que es tener cierta melodía constantemente en la cabeza y estar oyéndola todo el día? Pues bien, cuando permaneces en la Palabra, la tendrás siempre en tu cabeza y la oirás todo el día.

    Muchas veces he estado en medio de situaciones muy difíciles, preguntándome qué hacer. De repente escucho un versículo en mi interior. Esa era la respuesta a mi situación. He sido liberado por la Palabra de Dios que mora en mí.

    Por lo tanto, invita al Espíritu Santo para que intervenga a tu favor. Tan solo mantente diciéndole: "Cualquier cosa que traigas a mi memoria de la Palabra será exactamente lo que haré. Seré obediente a cada orden de Jesús que Tú me recuerdes".

    Toma la firme decisión de permanecer en la Palabra. Pronto descubrirás que la Palabra permanece en ti.

    6 min
  • No compres una mentira
    «Si escuchas la voz del Señor tu Dios, todas estas bendiciones vendrán sobre ti, y te alcanzarán» (Deuteronomio 28:2)

    "Bueno, hermano, estoy seguro de que al final descubrirás que las dificultades económicas son en realidad una bendición disfrazada". ¿Alguna vez has oído a alguien repetir esa frase a otra persona que está mal económicamente? Es posible que así sea. Es una creencia popular muy común. El problema con esa creencia es que es una mentira que el diablo ha usado para mantener a los creyentes a raya.

    Como resultado, muchos cristianos están sufriendo una derrota financiera tras otra. Así que mejor vayamos hoy a la Palabra de Dios para aclarar el asunto de la prosperidad y la pobreza. Aclaremos de una vez por todas cuál es la bendición y cuál es la maldición.

    La respuesta la encontramos en Deuteronomio 28. Lo que Dios describe en los versículos del 1 al 14 es la bendición—o la prosperidad. En cambio, en los versículos 15 al 31 nos describe la pobreza—y Dios la llama una maldición.

    La maldición tiene como fin principal la destrucción. Su objetivo no es enseñarte algún tipo de lección especial ni hacerte más espiritual, sino el de destruirte. No importa que la pobreza sea mucha o poca; es, y siempre será, una maldición.

    Satanás ha hecho todo lo que ha podido para convencer al pueblo de Dios de que la pobreza es una bendición disfrazada, ¡pero la pobreza es algo que el diablo inventó!

    Así que no le creas ni por un momento. Renueva tu mente con la Palabra de Dios. Si eres hijo de Dios, no tienes porqué vivir bajo la maldición de la pobreza ni de ninguna otra clase de maldición. ¡Ya has sido redimido!

    Lectura bíblica: Deuteronomio 28:1-31

    © 1997 – 2019 Eagle Mountain International Church Inc., también conocida como Ministerios Kenneth Copeland / Kenneth Copeland Ministries. Todos los derechos reservados.

    6 min
  • Imita a los fieles
    «Acuérdense de sus pastores y líderes en autoridad [pues han sido ellos], quienes les dieron a conocer la palabra de Dios. Observen con atención los resultados de su conducta… e imiten su fe» (Hebreos 13:7, AMP)

    Aparte de la Palabra de Dios y de la oración, no hay nada que pueda ayudarte más que el observar e imitar a un verdadero hombre de fe. Yo lo descubrí de una manera sorprendente hace muchos años cuando era estudiante en la Universidad Oral Roberts. Como copiloto del avión que transportaba al hermano Roberts y su personal a las campañas de sanidad, tuve la oportunidad de observarlo en acción: yo iba a donde él iba, lo oía predicar y lo veía imponer las manos sobre los enfermos.

    Nunca olvidaré el día que tuve la oportunidad de poner en práctica algo de lo que había aprendido con él. Yo había estado en algunas de sus campañas, pero todavía era muy inexperto en la vida espiritual. Se me había asignado la tarea de ayudar a las personas inválidas para que el hermano Roberts impusiera las manos sobre ellas. Era la primera vez que me encontraba en un salón rodeado de toda clase de enfermedades. Cuando el hermano Roberts entró, en vez de imponer él mismo las manos sobre las personas, me tomó por la manga del saco y me dijo: "Haz tú la oración y pon las manos sobre esas personas".

    Debí haberme puesto pálido, pues nunca antes había orado por cosas como esas. Quizás hubiera orado por un dolor de cabeza o por un serio dolor en una uña, pero nada más.

    La primera mujer a la que nos acercamos tenía cáncer de estómago y pesaba menos de 40 kilos: era el retrato de la misma muerte. Me dirigí hacia ella y antes de que pudiera abrir mi boca, escuché una voz que dijo: "En el nombre de Jesús, toma tu lecho y anda". Al instante, ella escupió ese cáncer sobre el piso. Luego saltó de ese lecho y gritó: "¡Estoy sana!", y comenzó a correr por todo el salón.

    Esa experiencia cambió mi vida. Cuando me acerqué a la siguiente persona y levanté mis manos, podía sentir la sanidad fluyendo. Había visto a Jesús sanar por medio del hermano Roberts, así que, en mi mente, podía ver a Jesús sanando a través de mí.

    Tú puedes hacer lo mismo. Busca a una persona que camine en un nivel de fe y poder superiores a ti, y aprende de ella. Reconoce a Jesús en esas personas e imítalas. Con el tiempo, otros empezarán a ver a Jesús en ti.

    Lectura bíblica: 2 Reyes 2:1-15

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    6 min
  • Una fuerza de ocupación hasta que Jesús venga
    «Por lo tanto, echen mano de toda la armadura de Dios para que, cuando llegue el día malo, puedan resistir hasta el fin y permanecer firmes. Por tanto, manténganse firmes y fajados con el cinturón de la verdad, revestidos con la coraza de justicia, y con los pies calzados con la disposición de predicar el evangelio de la paz. Además de todo esto, protéjanse con el escudo de la fe, para que puedan apagar todas las flechas incendiarias del maligno. Cúbranse con el casco de la salvación, y esgriman la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6:13-17)

    La Biblia nos enseña que como creyentes debemos ser una fuerza de ocupación del Señor hasta que Él regrese. En el campo militar, ocupar significa: "Tomar posesión o apoderarse de un territorio y sus tropas, invadiéndolo o instalándose en él". Para llevar a cabo esa tarea en una forma eficaz hasta que el Señor venga, la mayoría de nosotros tendrá que cambiar de actitud. Tendremos que tener presente que Jesucristo ya venció y ya obtuvo la victoria.

    Así es. Satanás fue derrotado y despojado en el Calvario; él es quien está a la defensiva, no nosotros.

    Es más, Jesucristo nos ha dado Su armadura y Su espada para mantener en su lugar a ese diablo derrotado. Podrás ser un debilucho de 45 kilos, pero si te revistes de la armadura de Dios, el diablo nunca lo notará. Huirá de ti como si fueras el mismo Jesucristo.

    Piénsalo. ¿Qué harías si fueras el diablo y te encontraras cara a cara con un creyente vestido con la armadura, el yelmo y las armas de Dios? Siempre y cuando ese creyente se limite a declarar las palabras de Dios, creerás que es el mismo Señor quien está dentro de la armadura.

    No se te olvide ninguno de los componentes de la armadura que se te ha provisto. Revístete con su totalidad. Haz que el diablo esté siempre a la defensiva—¡y participa de la fuerza de ocupación hasta que Jesús regrese!

    Lectura bíblica: Lucas 12:35-44

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    6 min
  • ¿Cuál es tu nombre?
    «Y todo lo que hagan, ya sea de palabra o de hecho, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él» (Colosenses 3:17)

    ¿Sabías que tu nombre ha cambiado? Tu nombre ya no es más el nombre que tenías antes de que nacieras de nuevo. Te deshiciste del primer nombre cuando celebraste el pacto con Jesucristo.

    Para apreciar completamente lo que ese cambio significa, tienes que pensarlo a la luz de lo que sabemos del pacto de sangre. Cuando alguien hace un pacto de sangre, se entrega por completo, deja de ser dueño de sí mismo. Y sus posesiones y deudas, así como sus virtudes y defectos, le pertenecen para siempre a la persona (hermano de sangre) con quien hace el pacto.

    Cuando estableces un pacto de sangre con alguien, adquieres el nombre de esa persona; éste se convierte en tu nombre para siempre. No puedes escaparle―bueno o malo―es tuyo.

    Cuando recibiste a Jesucristo como Señor y Salvador, Él tomó tu nombre; el cual era pecado, debilidad, temor, pobreza y todo lo que heredaste de Adán.

    Jesús te quitó esos nombres y te dio Su Nombre a cambio. ¡Eso es cierto! En Efesios 3:15, dice que todo el Cuerpo de Cristo ha sido llamado en el en el cielo y en la Tierra. Eso significa que ahora tienes el nombre de Jesús y la autoridad que conlleva ese nombre.

    Tan solo piensa de quién has tomado tu nombre nuevo:

    Jesús, Dios Fuerte, Sabiduría, Libertador, León de la tribu de Judá, Palabra de Vida, Abogado, Proveedor, Yo Soy, Consolador, Salvador, Príncipe de Paz, Admirable, Consejero, Cordero de Dios, Jehová de los ejércitos, Raíz de David, Autor y Consumador de nuestra fe, Camino, Sanador, Hijo de Dios, Verdad, Piedra angular, Rey de reyes, Luz del mundo, Gran Pastor, mi Fortaleza y mi Canto, Juez Justo, Sol de Justicia, Resurrección y Vida, Alfa y Omega.

    ¡Alabado sea Dios! Esos nombres abarcan toda necesidad que puedas tener, y el poder de Dios se encuentra en el Nombre de Jesús para hacer de ese nombre una realidad en tu vida (Hechos 3:16).

    Ya no puedes llamarte a ti mismo "desanimado". No debes responder cuando el diablo te diga: "Oye, pobre hombre"; ése no es tu nombre. Jesús te ha despojado de esos antiguos nombres. Medita en los nombres del Señor; todos y cada uno de ellos están incluidos en el nombre de Jesús, el Nombre sobre todo nombre, y a ti te ha sido dado ese nombre ¡con todo el poder y la autoridad que éste conlleva!

    Lectura bíblica: Efesios 3:16-21

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    6 min
  • Aviva el poder
    «Al acordarme de tus lágrimas siento deseos de verte, para llenarme de gozo... Por eso te aconsejo que avives el fuego del don de Dios, que por la imposición de mis manos está en ti. Porque no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:4, 6-7)

    Hay momentos en los que sabes lo que Dios quiere que hagas; sin embargo, no sientes tener la fuerza espiritual necesaria. De alguna manera, te sientes internamente seco. Sabes que la Palabra asegura que «del interior del que cree en mí, correrán ríos de agua viva» (Juan 7:38). Pero en esos momentos, ni siquiera puedes encontrar el riachuelo, mucho menos el río.

    La Palabra de Dios nos da una orden clara y precisa referente a esas situaciones: nos dice que debemos avivar el fuego del don de Dios que mora en nosotros.

    ¡Avívate tú mismo! Cualquier cosa que necesites ya la tienes en tu interior. Jesús la depositó allí. Todo lo que necesitarás alguna vez en la vida para hacer lo que Dios te ha llamado a hacer, ya ha sido puesto en tu interior por el Dios todopoderoso. La fe, el poder y el amor ya están ahí. Créelo. Decláralo en voz alta. Confiesa lo siguiente, para ti mismo:

    "En el nombre de Jesús, avivo el don que está en mí por la fe. No esperaré hasta sentirme avivado, sino que lo avivo por la fe. Estoy dando un paso de fe y sé que después, ¡los sentidos me seguirán!"

    "Avivo también el amor y el poder de Dios que están en mí. Despierto y echo fuera al diablo de mis asuntos. Cobro vida en el Espíritu del Dios viviente. ¡Estoy avivado!"

    Lectura bíblica: 2 Timoteo 1:1-8

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    6 min
  • Deja que tu vida brille
    «Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza» (1 Timoteo 4:12)

    El mundo necesita ver buenos ejemplos. Necesita ver que los creyentes caminan en amor, en pureza y en fe en el hogar, en las instituciones de enseñanza y en los trabajos.

    En Romanos 12:17, el apóstol Pablo nos exhorta a hacer lo bueno delante de todos los hombres, y en otros versículos nos enseña a evitar toda clase de mal. Por eso, cuando estés siguiendo los caminos del Señor, no lo hagas a medias, sino que entrégate de lleno a seguirle. Condúcete de tal manera en la vida, que no haya duda de que eres creyente; muéstrales a los demás tu amor, tu fe y tu pureza en toda situación y por medio de hechos.

    Tu ejemplo será más convincente que tus palabras. Cuando nuestro hijo John era pequeño, fuimos a pasar una temporada con mis abuelos. John dormía con mi abuelito, al cual una noche lo despertó para decirle: «Abuelo, me duele el oído; ¿puedes orar por mí?». Mis abuelos asistían a una iglesia que no creía en la sanidad. Yo no sé qué hizo el abuelo, pero no dio resultado. Así que John se levantó y dijo: «Voy a ir a la cama de mi mamá; cuando ella ora, se me quita el dolor». Casi 18 años más tarde mi abuelo me contó la historia.

    Yo había dado un ejemplo de fe y de amor, y John se había acordado de eso. Cuando los hijos están creciendo, quizás se les olviden las predicaciones y exhortaciones que les des o se muestren desinteresados en las cosas de Dios, pero jamás olvidarán el ejemplo que les des.

    Es posible que tus compañeros de trabajo, tus vecinos o tus amistades rechacen o discutan contigo tus palabras, pero nunca podrán refutar ni olvidar las cosas que haces en amor.

    No permitas que tu ejemplo sea empañado por los pecados triviales ni las concesiones espirituales. Procura hacer siempre lo bueno delante de todos para que la luz de Jesucristo se refleje poderosamente a través de ti.

    Lectura bíblica: Romanos 12:9-21

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    6 min
  • Obedécele en las cosas pequeñas
    «El que es confiable en lo poco, también lo es en lo mucho…» (Lucas 16:10)

    ¿Alguna vez has querido hacer algo grande en el reino de Dios, pero el Señor no te lo ha permitido? Si es así, probablemente existe una buena justificación.

    Podrás entender a qué me refiero si lees lo que Dios hizo con el pueblo de Israel después de sacarlos de Egipto. Su plan era introducir a los israelitas en la Tierra Prometida para que la poseyeran. Sin embargo, antes de hacerlo, Él tenía que ponerlos a prueba para ver si le obedecerían y si escucharían Su voz. De lo contrario, serían destruidos por los enemigos a quienes estaban a punto de enfrentar.

    Entonces Dios los puso a prueba en un asunto pequeño.

    Éxodo 16:4 nos lo relata: «El Señor le dijo a Moisés: «Como verás, yo voy a hacer que les llueva pan del cielo. Para ver si ustedes obedecen o no mis leyes, cada uno de ustedes debe salir todos los días y recoger la porción para ese día».

    Dios utilizó este pequeño ejemplo —el alimento—, para ver si lo escucharían, o no. Él les dijo cuándo deberían recoger el alimento, qué cantidad recoger y qué hacer después de recogerlo.

    Pero lo israelitas no siguieron las instrucciones de Dios. Con sus hechos le demostraron que Su voz no era importante para ellos y que no estaban dispuestos a obedecerle ni en las cosas más pequeñas.

    Dios obra de la misma manera hoy. Antes de que Él nos encomiende alguna misión grande, primero nos dará la oportunidad de demostrar que se nos pueden confiar las cosas pequeñas.

    Pero muchos no pasamos la prueba. Oramos: "¿Señor, qué quieres que haga? ¿Dónde quieres que vaya? Haré cualquier cosa que me pidas". Luego, cuando el Señor te dice: Quiero que te levantes y ores en el Espíritu una hora todas las mañanas, no lo hacemos. Sólo decimos: "Eso sería bueno; creo que debería hacerlo", pero por alguna u otra razón no lo hacemos.

    No cometas ese error. Empieza hoy mismo a obedecer a Dios en las cosas pequeñas. Demuéstrale que puede confiarte en un lugar de mayor autoridad. Déjalo saber que serás fiel a Sus palabras y a la voz de Su Espíritu. Una vez que el Señor sepa que no permitirás que la desobediencia te destruya, Él empezará a confiarte tareas más importantes.

    Lectura bíblica: Éxodo 16:1-2

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    6 min
  • Vuelve a la sensibilidad
    «Desechen todo lo que sea amargura, enojo, ira, gritería, calumnias, y todo tipo de maldad. En vez de eso, sean bondadosos y misericordiosos, y perdónense unos a otros, así como también Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Efesios 4:31-32)

    Hace algunos años, en Detroit, conocí a una mujer que se había criado en un país comunista. Mientras conversaba con ella, empezó la emisión de un programa de noticias en la radio. De repente, sus ojos se llenaron de lágrimas.

    ¿Sucede algo?, le pregunté.

    Yo no me había percatado de que el comentarista de ese programa había dicho algunas cosas negativas del presidente del país. «No me gusta oír a nadie hablar así de este país —dijo ella—. No importa que sea cierto, o no. No quiero oírlo». A mí, las palabras del locutor me habían entrado por un oído y salido por el otro, pero a ella la habían hecho llorar. ¿Por qué? Porque tenía un corazón sensible hacia las cosas de este país.

    Ahora bien, nosotros necesitamos ser más como esa querida señora cuando se trata de nuestros pastores, de nuestros maestros, de nuestros evangelistas y aun de nuestros hermanos y hermanas en la fe. Necesitamos reconocer que nuestra insensibilidad ha hecho que la unción del Espíritu Santo se aparte de nuestra vida, y de nuestras iglesias. Necesitamos percatarnos de que criticar a los demás miembros del Cuerpo de Cristo nos debilita a todos.

    ¿Qué nos hará fuertes otra vez?

    Sólo el poder y la unción del Espíritu Santo que cae sobre quienes son sensibles a la voz de Dios.

    Te recomiendo a que recuperes el corazón sensible que una vez tuviste. Arrepiéntete, dedícate a vivir en la ley del amor, renueva tu devoción a la Palabra y busca la comunión con el Padre celestial para que puedas despojarte de la insensibilidad de tu corazón.

    No dejes que la dureza de tu corazón siga contristando al Espíritu de Dios. Vuélvete sensible a las cosas de Dios.

    Lectura bíblica: Efesios 4:1-13

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    6 min
  • Dale la gloria a Dios
    «En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos» (Juan 15:8)

    En algunos círculos cristianos existe una vieja tradición que dice que cuando los hijos de Dios soportan abnegadamente el dolor y el sufrimiento, el Señor recibe la gloria y el mundo queda admirado. ¡Qué gran mentira! Ésa es una artimaña del diablo para tener esclavizados a los hijos de Dios.

    La gente del mundo ya tiene suficiente dolor y sufrimiento, y no quiere aumentarlos; más bien, quiere evitarlos. A ellos no les interesa lo que prediques. Es la gente religiosa la que se preocupa por esas cosas. Los inconversos poseen mejor sentido común—ellos quieren ver resultados.

    Por eso vienen a la iglesia cuando oyen que las personas están siendo sanadas, liberadas y rescatadas del sufrimiento. Eso es lo que ellos están buscando, y eso mismo es lo que Dios quiere que reciban.

    En la Biblia dice que Dios recibe la gloria cuando ellos ven a los paralíticos caminar y a los ciegos ver (Mateo 15:31). Jesús dijo: «En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos…» (Juan 15:8). ¿A cuál fruto se refiere? Al fruto de las vidas restauradas y sanadas por el poder de Dios.

    Un hombre que tenía un cáncer tan avanzado que casi no tenía fuerzas para subsistir llegó a una de nuestras campañas de sanidad. Ni siquiera conocía al Señor; sin embargo, llegó con la esperanza de recibir un milagro. Durante las sanidades, el Señor le dijo a Kenneth que alguien estaba siendo sanado de cáncer en las glándulas, en la garganta y en el pecho. Cuando el hombre se acercó a la plataforma y recibió la sanidad, dijo: «Salí del hospital esta mañana con cáncer, pero ahora he sido sanado». Él volvió al hospital esa tarde y los médicos lo examinaron y le dieron de alta. Como resultado, él recibió a Jesús como su Señor, y más tarde ese mismo día se reconcilió con su esposa, de la cual había estado separado. En el mismo día recibió sanidad, salvación y su matrimonio fue restaurado.

    ¡Eso es fruto! Eso glorifica a Dios. Cuando ministramos sanidad y liberación como lo hizo Jesús en la Tierra, eso da gloria a Dios. Deshagámonos de la tradición religiosa y sigamos lo que la Palabra dice. Hagamos que el mundo se admire de Jesús para que Dios reciba la gloria.

    Lectura bíblica: Juan 15:1-16

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    6 min

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