Todo enfrentamiento surge de un momento de calma. A la manera de un big bang, pero más acá, más malevo. En la década del 20, Nicolás Olivari podía publicar en Martín Fierro, la revista identificada con la adopción local de las vanguardias europeas, pero compartir valores, temáticas y giros con el Grupo Boedo, nucleado alrededor de la revista Claridad. Y si bien cierto conflicto con el escritor Roberto Mariani, promediando la década, habría de poner en una publicación y otra la diferencia en primer lugar, los martinfierristas, identificados con las musas europeas y el poema raro, y los boedistas, cercanos a los trabajadores desahuciados y la prosa realista, tenían mucho en común. El tiempo y las declaraciones posteriores habrían de confundir todo y hacer de esa dicotomía una suerte de pantalla que disimulaba las afinidades, o que ponía las cosas en extremos para mejor ordenarlas. En ese mismo caldo de cultivo de la época, sin afiliación estricta, con lecturas que iban desde los simbolistas franceses hasta los realistas rusos del siglo XIX, habría de desarrollarse un poeta popular que parecería confirmar que la síntesis, tensa, era posible. Que había un camino para renovar la forma sin por eso cerrarse al público, que la vanguardia, como tal, tenía que ser primero popular, no un tema de grupos cerrados, que la verdadera literatura nacía e iba hacia el pueblo, esa entelequia que tomaría forma política con Yrigoyen, primero, y con Perón, después. El poeta que lograría tal hazaña no rubricó su obra en papeles, sino en el formato oral, en la música y también en la radio, en el teatro y en el cultivo de ese género íntimo y tan fundamental: el de la charla. Enrique Santos Discépolo afirmó en más de una ocasión que nació solo, que nunca podría sacarse de encima esa melancolía que lo acompañaba como marca de nacimiento, pero que también con el único que sentía que hablaba era con el pueblo. La raíz, sin duda, de sus logros, pero también de sus penas.Como pasa con los artistas que se precien, a fin de cuentas, son recordados por sus obras como si ellas pudieran explicar mejor al hombre que cualquier biografía. Así parecen remarcar dos publicaciones aparecidas hacia finales del año pasado que recuperan a Discepolín, su vida entremezclada con su obra, su mundo de bohemia y la consagración en la última década de una existencia cortada de golpe. La reedición aumentada con apéndices de Enrique Santos Discépolo y su época (Colihue), de Norberto Galasso; y Hermano Discepolín (Meridión), de Julián Centeya, terminan siendo dos trabajos que recaban en la historia del creador de Mordisquito, pero también en su tiempo, en lo que implica para el pensamiento nacional su figura, y en la obra de arte entera, en cuerpo y letras, que fue el autor de tangos como “Cambalache”, “Uno” y "Yira Yira". En definitiva: un buscador de esperanzas en medio del mejunje del siglo XX.********************Relator : El Sr coSAS.Edición : El Sr coSAS Suscribite al canal y Dale likeUn gran abrazo desde Argentina"Un País dónde no se puede volver a lo que se quiso".