Hay muertes que llegan con un último suspiro.
La de una estrella puede llegar con un destello de rayos X.
Dura unos segundos.
Después, el universo guarda silencio.
Pero la luz continúa viajando.
Quinientos millones de años más tarde, alcanza la Tierra.
Y nosotros la vemos.
Quizá eso sea lo extraordinario de mirar el cielo: que incluso la muerte de una estrella puede convertirse, con el tiempo, en una forma de memoria.
La estrella ya no existe.
Pero su último instante todavía está llegando.
Y nosotros estamos aquí para recibirlo.