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Reflexiones de: Huellas Divinas
Voz por: Rosa Elena
Editado por: Sergio Lozano
Pagina web: www.RadioPasion.net
Cafesito Con Dios visiten nuestra Estacion de Radio en RadioPasion.net
Ake, un joven marinero sueco, estaba parado en la cubierta del barco, observando las olas. En su mano, tenía una botella vacía. “Ya sé lo que voy a hacer”, pensó. Buscando un pedazo de papel y una lapicera, escribió un corto mensaje. “Si eres una chica Linda, por favor, escríbeme. Me gustaría mantener correspondencia contigo”. Luego, Ake colocó la notita en la botella y la tiró por la borda.
Unos pocos meses más tarde, un pescador de Sicilia estaba en su pequeño bote de pesca, cuando vio una botella flotando hacia él. La recogió, y encontró el mensaje en su interior. Riéndose, se llevó la botella a su casa.
-Paolina, tengo algo para ti —dijo, mientras le brillaban los ojos. –
-¿Que es, papá? —preguntó su hija.
-Un mensaje en una botella. Tómalo.
Paolina se rio cuando leyó la nota. Decidió seguir la corriente a lo que ella consideraba una broma, y escribió una carta al joven marinero. Él le contestó y pronto las cartas iban y venían. Luego de numerosas cartas, Ake hizo los arreglos para ir a visitar a Paolina y a su familia. Entonces, en el otoño de 1958, dos años después de haber arrojado la botella al mar, Ake y Paolina se casaron en Sicilia. Paolina estaba contenta de no haber ignorado el mensaje en la botella.
Cuenta una simpática fábula que un ateo paseaba por un hermoso bosque. Asombrado por tanta belleza, pensó: «¡Qué maravillas han surgido como resultado de la evolución!».
No había transcurrido mucho tiempo cuando escuchó un ruido. Era un enorme oso que corría hacia él. Sin perder tiempo, el ateo corrió a todo pulmón, pero pronto se dio cuenta de que no podría escapar del oso a menos que ocurriera un milagro. Cuando el ateo sintió las zarpas del oso sobre su espalda, gritó:
Al instante el oso quedó como petrificado y una luz muy brillante inundó el bosque. Entonces se escuchó una voz desde el cielo:
—Durante todos estos años has negado mi existencia. ¿Cómo puedes esperar que te ayude ahora? ¿O es que te has convertido en cristiano?
—Sería muy hipócrita de mi parte —respondió el ateo— convertirme ahora solo por el interés de salvarme del oso. Pero quizás podrías hacer otro milagro: ¿Qué tal si conviertes al oso en cristiano?
Apenas el ateo hizo este pedido, la luz brillante desapareció. Entonces el oso puso al ateo en el suelo, lo sujetó con su pata derecha, juntó sus dos zarpas, e inclinando su cabeza dijo en tono muy piadoso:
Cuando leí esta historia, me pregunté si de verdad existe en este mundo algún ateo que, en lo más íntimo de su conciencia, no admita que Dios existe. ¿Qué ser humano, ante la presencia de un gran peligro o de una enfermedad mortal, no reconoce su necesidad de Dios?
Cuenta una historia que un hombre fue condenado a muerte. El día que iba a ser decapitado el rey se presentó al acto para confirmar el cumplimiento de la sentencia.
El rey le preguntó al reo que si tenía algo que pedir como su última voluntad antes de morir. Todo lo que el reo pidió fue un vaso con agua. Al rey le pareció un deseo fácil de conceder y pidió que le dieran el agua.
El reo tomó el vaso pero temblaba tanto que no pudo acercar el agua a sus labios. Entonces el rey le dijo:
—Tranquilízate, te doy mi palabra de que nada te sucederá hasta que hayas terminado de beber esa agua.
El hombre confió en la palabra del rey y arrojó el vaso al suelo. Inmediatamente el agua se derramó y se consumió en el polvo y nadie pudo recogerla. El rey se vio obligado a cumplir su palabra y así aquel reo se salvó de la muerte.
Un hombre que paseaba en un zoológico se detuvo a mirar el recinto donde estaban los elefantes. Algo le llamó inmediatamente la atención; notó que los elefantes estaban atados a una cuerda pequeña y delgada en una de sus patas traseras. No parecía suficiente para resistir la fuerza del animal.
Sin embargo, ninguno de los elefantes hacía algún esfuerzo para romper aquella cuerda. Simplemente caminaban en círculo a la distancia que les permitía la atadura.
El hombre se acercó a uno de los encargados del lugar y le preguntó la razón por la cual usaban aquellas cuerdas tan débiles para esos animales enormes y fuertes.
El cuidador le contó que esos elefantes estaban allí desde muy tiernos y que intentaron en más de una ocasión liberarse, pero eran demasiado pequeños y débiles, cuando lo hicieron, que la cuerda era suficiente para retenerlos. Así, llegaron a creer que era imposible liberarse.
Crecieron y se hicieron fuertes, pero no volvieron a intentarlo, pues estaban seguros de que no podrían romper aquella cuerda.
Al igual que esos elefantes, hay personas que viven atadas al pecado, a los vicios, al miedo, al dolor, al resentimiento o cualquier otra cosa que les impide ser libres y felices.
Quizás lo han intentado en más de una ocasión, pero no lograron liberarse. Llegaron a creer que eran demasiado débiles para vencer y se han resignado a vivir atados al problema.
¿Tienes ataduras en tu vida que crees que no puedes romper? La enseñanza en este relato es que no debes darte por vencido.
Se dice que en la ciudad alemana de Hanover está el sepulcro de una condesa que negaba la existencia de Dios y se reía de la idea que existiera la resurrección.
Para indicar su desprecio por el cristianismo, ordenó a sus súbditos que cuando muriera se hiciera su tumba de solida mampostería cubierta de grandes piedras unidas por grapas de acero.
Sobre esa tumba se grabaron las palabras de desafío que decían “Está tumba estará cerrada por siempre“.
Un día una semilla cayó en una de las grietas del sepulcro, y pronto comenzó a crecer una pequeña planta. Luego, como si la naturaleza se quería burlar del orgullo descrito en la tumba, aquella pequeña planta creció frondosa y poco a poco las raíces fueron penetrando por debajo de los sólidos bloques de piedra, levantándolos y sacándolos de su lugar.
Aunque apenas han pasado algunas generaciones desde que aquel sepulcro fue sellado, solo bastó una pequeña semilla para que el poder de Dios se glorificara sobre aquellas palabras inscritas allí.
Un bebé camello y su madre se encontraban descansando bajo un árbol. Entonces el pequeño preguntó a su mamá: “¿Por qué los camellos tenemos joroba?”
La mamá camello pensó un momento y respondió, “Nosotros somos animales del desierto, por eso tenemos una joroba para almacenar agua y poder sobrevivir en medio del calor”.
El pequeño animal pensó un rato en la respuesta y luego dijo, “¿Por qué nuestras piernas son tan largas?”
La madre respondió, “Son para caminar mejor en el desierto”
Después de un rato el bebé volvió a preguntar, “¿Por qué nuestras pestañas son tan largas? A veces siento que me estorban la visión”
Ella respondió, “esas enormes pestañas protegen tus ojos de la arena del desierto cuando el viento sopla”
El pequeño pensó y pensó, luego dijo: “Ya veo, entonces si la joroba es para almacenar agua cuando estamos en el desierto, las piernas largas son para caminar mejor en el desierto y las enormes pestañas son para protegernos de la arena del desierto, ¿Qué hacemos en un zoológico?”
La lección que podemos aprender de este relato es que nuestros talentos y habilidades solamente son útiles si estamos en el lugar correcto y en el momento correcto, de lo contrario se desperdiciarían.
Cuenta una historia que en cierta ocasión tres jóvenes se perdieron en la montaña. Estaban a punto de morir de hambre cuando encontraron una fruta en un árbol. El problema era que solo una fruta no parecía ser suficiente para alimentarse los tres. Entonces decidieron orar a Dios para que les ayudara a solucionar el problema.
Dios al oir aquella súplica, quizo probar la sabiduría de ellos, les habló y le preguntó a cada uno qué querían que hicera para solucionar el problema.
El primero respondió: “Haz que aparezca más comida en el bosque”. Dios le contestó que esa era una respuesta sin sabiduría, pues no debía esperar que la solución a los problemas apareciera mágicamente.
Entonces dijo el segundo: “haz que esta fruta crezca para que sea suficiente para todos”. Dios le dijo, no es sabio pedir que las cosas se multipliquen de la nada, pues el hombre no se conforma y siempre quiere más, sin hacer ningún esfuerzo.
El tercer joven dijo: “Mi Señor, quita nuestro orgullo y haznos pequeños para que esta fruta alcance para todos”. El Señor respondió: “Has pedido bien, pues cuando el hombre se humilla y se empequeñece delante de mi, verá la prosperidad”.
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