Cafesito Con Dios

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Cafesito Con Dios episodes

  • La generosidad nos trae bendiciones
    En cierta ocasión a un joven estudiante de medicina se le descompuso su automóvil en medio de una carretera solitaria. Tratando de encontrar ayuda caminó mucho, hasta que llegó a la choza de una pobre viuda a quien le pidió un vaso de agua.
    El joven estudiante desconocía la situación que la viuda vivía, pero ella muy generosamente le dio dos vasos de leche.
    Varios años después, cuando el joven ya era medico graduado y trabajaba en el hospital del pueblo, la viuda enfermó gravemente y fue hospitalizada de emergencia. Cuando ya iba a salir del hospital, la viuda dijo que no tenía con que pagar la cuenta.
    El médico que años atrás había recibido la ayuda generosa de aquella pobre mujer, se enteró de la situación y decidió pagar todo. La viuda salió del hospital y no pagó ni un solo centavo.
    Su generosidad fue premiada.
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    5 min
  • El viejo canasto de carbón
    Cuando era pequeño vivía junto a mi familia en una pequeña granja entre las montañas. Mi abuelo solía sentarnos, a mis hermanos y a mí, alrededor de la mesa para leer una porción de la Biblia.
    Aunque, en realidad me gustaba escuchar y leer textos de la Biblia, sentía que no podía recordar todo lo que estudiaba. El abuelo nos explicaba el significado de algunos versos complicados, pero aún así yo sentía que era en vano, pues con los días yo olvidaba lo que habíamos leído anteriormente.
    Cierto día estábamos leyendo la Biblia alrededor de la chimenea. El abuelo tomaba carbón de un viejo canasto y lo añadía, poco a poco, al fuego.
    —Abuelo —dije yo— a veces siento que leemos la Biblia en vano.
    —¿Por qué piensas eso? —Me preguntó.
    —Es que no puedo recordar cada párrafo que leemos, soy muy olvidado —le expliqué.
    El abuelo guardó silencio por un rato. Pensé que me estaba dando la razón y no encontró nada que responder.
    Luego me dijo “hazme un favor, toma el canasto del carbón y ve a traerme agua al río”. Yo obedecí, pero el agua se había caído por completo antes de que pudiera regresar a casa.
    Recuerdo que mi abuelo se rio y me dijo “debes correr para que el agua no caiga por completo”. Lo volví a intentar y esta vez corrí tal como me lo había pedido, pero el agua volvió a caerse toda.
    —Es imposible, mejor llevaré otro recipiente —le dije.
    —No quiero que lleves otro recipiente, solo trata de correr más rápido —me dijo, como si estuviera seguro de que lo lograría.
    Yo sabía que era en vano, pero volví a intentarlo, solo para demostrarle que no se podía, por más rápido que corriera.
    —Ves que es inútil —dije.
    —¿Por qué dices que es inútil?, mira dentro del canasto, ¿ves algo diferente? —preguntó.
    Yo miré adentro y no vi alguna diferencia. Al ver mi confusión, el abuelo me dijo “¿notas que ahora está limpio?”
    Volví a mirar y en efecto el viejo canasto ya no tenía ninguna mancha de carbón y hasta parecía nuevo.
    —Eso pasa cuando lees la Biblia —Me dijo— Aunque crees que es inútil porque no retienes nada, es importante leerla constantemente porque nos limpia por dentro, nuestra mente, nuestra alma y nuestros pensamientos.
    Nunca voy a olvidar esa lección y espero que tú tampoco.
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    7 min
  • Un joven leñador y una lección de vida
    Un joven llegó a un campo de leñadores para solicitar trabajo. Al verlo el empleador sin dudar lo aceptó, puesto que era un joven de apariencia fuerte. Le dijo que podría comenzar al día siguiente.
    En su primer día de trabajo, aquel joven cortó muchos árboles. En el segundo día la producción fue menor, a pesar de que el esfuerzo fue igual que en el primero.
    Al tercer día el joven se esforzó más, golpeando con toda su fuerza el hacha en el árbol, sin embargo, su trabajo produjo menos que el segundo.
    El encargado, al notar que su rendimiento había bajado, le preguntó que cuando era la última vez que había afilado su hacha. El joven le confesó que estaba tan empeñado en su trabajo que no había tomado tiempo para afilarla.
    En la vida cristiana muchas veces nos sucede la situación de este joven. Vivimos sumergidos en los afanes terrenales, preocupados por el trabajo, la comida, los recibos por pagar, etc. Tanto que nos olvidamos de tomar un espacio para las cosas espirituales.
    ¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?
    Cada día, antes de empezar tus afanes, toma tiempo para orar, estudiar la biblia, escuchar un sermón, cantar a Dios, etc. Cualquier cosa que te conecte con Dios, y él te de la fuerza necesaria para enfrentar las preocupaciones y los desafíos de tu vida. Si lo haces verás que tus esfuerzos serán más productivos.
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    5 min
  • El ciego y el paralítico
    Había una pequeña aldea en medio de los árboles, al pie de una montaña. Allí vivía un hombre paralítico de sus pies, que a penas se movía arrastrado sobre el suelo.
    Enfrente de su choza, vivía un hombre ciego y testarudo. Ambos se habían enemistado por alguna razón desconocida. Lo cierto es que todos los días encontraban una excusa para discutir acaloradamente. En más de alguna ocasión se desearon la muerte el uno al otro.
    Un día, hubo un incendio en el bosque y el fuego comenzó a devorar las chozas de aquella aldea. La gente salió huyendo del lugar, pero nadie ayudó al hombre ciego ni al paralítico.
    Aquellos hombres gritaban pidiendo auxilio. El ciego daba vueltas en su patio intentando escapar, pero no lograba discernir el camino que debía tomar. El paralítico, en cambio, miraba que aún quedaba un espacio en medio del bosque por donde huir, pero era escabroso y sabía que no iba a poder arrastrarse tan rápido para salvarse.
    No tardaron mucho en darse cuenta que la única forma de salvarse era uniendo esfuerzos el uno con el otro.
    En medio de la desesperación, el paralítico le ofreció ayuda al ciego para guiarlo en el camino, a cambio de que lo cargara en su espalda y lo llevara con él. El ciego aceptó gustosamente y así lograron salvarse de la muerte.
    Después de esto, aquellos hombres comprendieron que su enemistad era inútil y perjudicial. Se disculparon y llegaron a ser los mejores amigos.
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    6 min
  • Los clavos en la puerta

    Juan era un niño como todos, aparentemente con una vida normal, acorde a su edad, pero tenía un problema con su mal carácter. Sus padres habían notado la gravedad de ese problema.

    Todos los días Juan se peleaba con sus hermanos, amigos, compañeros del colegio o cualquier otra persona que le rodeaba.

    Una mañana su padre le entregó un paquete. Juan con inmensa curiosidad lo desenvolvió y se sorprendió mucho al ver el contenido de ese extraño regalo: Era una caja de clavos.

    El padre lo miró fijamente y le dijo: Hijo te daré un consejo. Cada vez que pierdas el control de tu carácter y te enojes o contestes mal a alguien y discutas, clava uno de estos clavos en la puerta de tu habitación.

    El niño obedeció las indicaciones de su padre. El primer día clavó más de 10 y pronto su puerta estaba casi llena de clavos.

    Con el paso del tiempo, el niño fue aprendiendo a controlar su mal carácter, por consiguiente, la cantidad de clavos por día comenzó a ser menor. Juan descubrió que era más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos. Finalmente llegó el día en que Juan ya no clavó ninguno, porque había aprendido a ser más tolerante con los demás. Ese día su padre orgulloso, le sugirió que hiciese lo contrario en la puerta, que por cada vez que pudiera controlar su mal carácter, sacase un clavo.

    Los días transcurrieron y Juan logró quitar todos los clavos. El padre notó que el niño había aprendido muy bien la lección.

    Entonces lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta, y con mucha tranquilidad le dijo: Haz hecho bien, pero mira los agujeros que tiene la puerta, provocados por los clavos. La puerta nunca volverá a ser la misma.

    Cuando dices cosas con enojo, dejas una cicatriz en las personas igual que en la puerta. Y no importa cuántas veces pidas perdón, las marcas muchas veces seguirán ahí. Una herida verbal puede ser incluso más dañina que una física.

    También recuerda que los amigos son joyas muy escasas que llegan a tu vida. Debes conservarlos, cuidarlos, amarlos y no lastimarlos.

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    9 min
  • Un refugio para el perro

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    Todos los días al dirigirme a mi trabajo veía aquel perro sarnoso, en el patio de una casa cercana. Tenía el pelaje sucio y lleno de nudos. Me daba lástima.

    Estaba encadenado a una estaca, de manera que podía correr en un gran círculo. Pero el césped había desaparecido y sólo había suciedad.

    En los días de lluvia el patio se convertía en un enorme lodazal en el que se sentaba, de modo que el barro le llegaba hasta las ancas. Si el día era caluroso, el perro no estaba mejor, ya que no tenía ningún refugio para resguardarse del calor.

    Como se acercaba el invierno tenía la esperanza de que sus dueños le comprarían una caseta. Pero no lo hicieron. Decidí que se la compraría yo. El domingo siguiente encontré una en un mercadillo de segunda mano. Era encantadora, parecía un iglú. Y me la llevé a casa.

    Al día siguiente pasé a la casa donde estaba el perro y le dije al dueño que le había comprado una caseta al animal pensando que le sería útil. El hombre la aceptó gustosamente y la colocó en el patio.

    Cada mañana, cuando pasaba, mantenía la esperanza de ver al perro descansando dentro de la caseta. Pero yacía en el polvo y cuando llegó el invierno se mantenía echado sobre el lodo. Pasó un año desde que le compré la caseta que estaba en una esquina del patio ofreciendo refugio y alivio, pero el perro no le hacía caso alguno. Me sentí muy triste al ver aquello.

    Creo que puedo imaginarme, aunque solo un poco, cómo se siente Dios cuando nos ve viviendo aquí en la tierra. Mira nuestra condición miserable y se ofrece así mismo como refugio y consuelo. Pero muchas veces no queremos su protección. Preferimos las emociones, la excitación y la diversión. Vivimos para nosotros mismos, cuando vivir para Dios nos traería mucha más felicidad y satisfacción.

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    7 min
  • Perseguía su propia cola

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    Cuenta una fábula que cierto día, un cachorrito se puso a perseguir afanosamente su propia cola sin éxito alguno, cuando en ese momento, un perro viejo lo vio.

    —¿Por qué estás persiguiendo tu propia cola? —He escuchado que la felicidad está en mi cola —respondió el perrito_ . Así que la seguiré persiguiendo hasta alcanzarla. —Hubo un tiempo en que yo también perseguía mi cola —contestó el perro viejo—, porque había escuchado eso de que la felicidad de un perro está en la cola. —¿Y lograste alcanzarla? —preguntó interesado el cachorrito. —Después de mucho perseguir mi cola —replicó el perro anciano—, descubrí que cuanto más intentaba alcanzarla, tanto más se alejaba de mí; pero cuando dejaba de perseguirla y me dedicaba a mis asuntos diarios, entonces ella me seguía a toda partes.

    El autor del relato, Neal Becker, concluye diciendo que algo muy parecido sucede con nosotros los seres humanos: Mientras más nos afanamos por perseguir la felicidad, más nos esquiva. En cambio, cuando nos dedicamos a cumplir fielmente nuestros deberes diarios, la felicidad nos sigue a todas partes.


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    6 min
  • Tres deseos después de morir

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    Se cuenta que un hombre muy rico, al estar en el lecho de su muerte reunió a sus generales y les pidió tres deseos para que se hicieran cumplir después de su muerte.

    El primero, era que su ataúd fuera llevado en hombros por los mejores médicos, así dar a conocer que ellos no tienen el poder de curar la muerte.

    El segundo era que todos los tesoros que él tenía, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba dando a conocer que todos los bienes conquistados en la tierra, aquí se quedan y nada nos llevamos.

    Y el tercero fue que sus manos quedaran fuera del ataúd y a la vista de todos, para dar a conocer a las personas que venimos a este mundo con las manos vacías y así mismo nos vamos cuando morimos.

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    6 min
  • Atrapados por el fuego

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    Un grupo de niños quedó atrapado en una escuela que se había prendido en llamas. Pocos lograron salir antes que el fuego cubriera por completo el edificio. Los niños, que estaban en el tercer piso del edificio, se encontraban asustados y atemorizados por la situación, decidieron buscar las ventanas como auxilio ante las llamas y el humo, a espera que los bomberos llegaran a tiempo.

    El fuego avanzaba demasiado rápido y los bomberos no aparecían. Entonces un hombre alto y fuerte, al saber que uno de sus hijos estaba entre los atrapados decidió hacer algo. Se acercó lo más que pudo al edificio y pidió a los niños que saltaran uno a uno, que él los atraparía en sus brazos, pues no había otra forma de llegar hasta ellos. Los niños, con mucho valor comenzaron a saltar. El plan estaba funcionando muy bien, pero el último de los niños, atemorizado por la altura, se negó a saltar. Se trataba precisamente del hijo de aquel hombre. El padre, desesperado le gritaba que saltara, que nada le iba a pasar. El niño tenía dudas y no se decidía a saltar, pronto el fuego avanzó más, pero el pequeño no logró vencer el miedo y tristemente falleció entre las llamas. El temor que inundó su corazón le costó la vida. El dolor que sintió aquel padre es indescriptible.

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    7 min
  • Confía, a tu lado está el Dios verdadero

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    En una aldea remota de África, aún no había llegado el cristianismo, era una parte tan oculta y boscosa que nadie se atrevía a ir. Un misionero que se dio cuenta de la necesidad espiritual que existía entre las personas de la aldea, decidió aventurarse en compañía de dos amigos.

    Al llegar a la aldea solicitaron al jefe de la tribu, permiso para poder hablar a las personas del amor del Dios y de La Biblia, en un lugar público, pero el jefe se lo negó, ya que en esa semana la tribu iba hacer ceremonias a sus dioses para que lloviera. Llevaban ya seis meses que no llovía, lo que había provocado una grave sequía, el ganado, los sembradíos y toda la vegetación estaba muriendo.

    Al darse cuenta el misionero de la necesidad que existía entre la tribu, por la falta de lluvia, insistió de nuevo al jefe de la tribu que le diera permiso, pero con la propuesta de que si el Dios verdadero, el Dios de La Biblia, el Dios creador, hacía que lloviera al día siguiente a las seis de la tarde, pudieran hablar del amor del Dios a la tribu. El jefe aceptó con la condición de que, si su Dios no hacía que lloviera, el misionero y sus amigos irían presos durante seis meses.

    Al salir de la casa del jefe de la tribu, lograron encontrar un lugar donde poner una carpa para orar. Toda esa noche pasaron orando a Dios para que el día siguiente lloviera a las seis de la tarde. Al llegar el siguiente día todas las personas esperaban que fueran las seis de la tarde para ver si el Dios del misionero haría que lloviera. Se llegaron las seis de la tarde y el cielo se oscureció y comenzaron a caer unas gotas de lluvia, luego más, hasta que llovió durante dos horas en aquella aldea. Al terminar la lluvia muchas personas reconocieron que el Dios del misionero era el Dios verdadero y los demás eran dioses sin poder.

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    8 min

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