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Juan era un niño como todos, aparentemente con una vida normal, acorde a su edad, pero tenía un problema con su mal carácter. Sus padres habían notado la gravedad de ese problema.
Todos los días Juan se peleaba con sus hermanos, amigos, compañeros del colegio o cualquier otra persona que le rodeaba.
Una mañana su padre le entregó un paquete. Juan con inmensa curiosidad lo desenvolvió y se sorprendió mucho al ver el contenido de ese extraño regalo: Era una caja de clavos.
El padre lo miró fijamente y le dijo: Hijo te daré un consejo. Cada vez que pierdas el control de tu carácter y te enojes o contestes mal a alguien y discutas, clava uno de estos clavos en la puerta de tu habitación.
El niño obedeció las indicaciones de su padre. El primer día clavó más de 10 y pronto su puerta estaba casi llena de clavos.
Con el paso del tiempo, el niño fue aprendiendo a controlar su mal carácter, por consiguiente, la cantidad de clavos por día comenzó a ser menor. Juan descubrió que era más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos. Finalmente llegó el día en que Juan ya no clavó ninguno, porque había aprendido a ser más tolerante con los demás. Ese día su padre orgulloso, le sugirió que hiciese lo contrario en la puerta, que por cada vez que pudiera controlar su mal carácter, sacase un clavo.
Los días transcurrieron y Juan logró quitar todos los clavos. El padre notó que el niño había aprendido muy bien la lección.
Entonces lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta, y con mucha tranquilidad le dijo: Haz hecho bien, pero mira los agujeros que tiene la puerta, provocados por los clavos. La puerta nunca volverá a ser la misma.
Cuando dices cosas con enojo, dejas una cicatriz en las personas igual que en la puerta. Y no importa cuántas veces pidas perdón, las marcas muchas veces seguirán ahí. Una herida verbal puede ser incluso más dañina que una física.
También recuerda que los amigos son joyas muy escasas que llegan a tu vida. Debes conservarlos, cuidarlos, amarlos y no lastimarlos.
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Todos los días al dirigirme a mi trabajo veía aquel perro sarnoso, en el patio de una casa cercana. Tenía el pelaje sucio y lleno de nudos. Me daba lástima.
Estaba encadenado a una estaca, de manera que podía correr en un gran círculo. Pero el césped había desaparecido y sólo había suciedad.
En los días de lluvia el patio se convertía en un enorme lodazal en el que se sentaba, de modo que el barro le llegaba hasta las ancas. Si el día era caluroso, el perro no estaba mejor, ya que no tenía ningún refugio para resguardarse del calor.
Como se acercaba el invierno tenía la esperanza de que sus dueños le comprarían una caseta. Pero no lo hicieron. Decidí que se la compraría yo. El domingo siguiente encontré una en un mercadillo de segunda mano. Era encantadora, parecía un iglú. Y me la llevé a casa.
Al día siguiente pasé a la casa donde estaba el perro y le dije al dueño que le había comprado una caseta al animal pensando que le sería útil. El hombre la aceptó gustosamente y la colocó en el patio.
Cada mañana, cuando pasaba, mantenía la esperanza de ver al perro descansando dentro de la caseta. Pero yacía en el polvo y cuando llegó el invierno se mantenía echado sobre el lodo. Pasó un año desde que le compré la caseta que estaba en una esquina del patio ofreciendo refugio y alivio, pero el perro no le hacía caso alguno. Me sentí muy triste al ver aquello.
Creo que puedo imaginarme, aunque solo un poco, cómo se siente Dios cuando nos ve viviendo aquí en la tierra. Mira nuestra condición miserable y se ofrece así mismo como refugio y consuelo. Pero muchas veces no queremos su protección. Preferimos las emociones, la excitación y la diversión. Vivimos para nosotros mismos, cuando vivir para Dios nos traería mucha más felicidad y satisfacción.
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Cuenta una fábula que cierto día, un cachorrito se puso a perseguir afanosamente su propia cola sin éxito alguno, cuando en ese momento, un perro viejo lo vio.
—¿Por qué estás persiguiendo tu propia cola? —He escuchado que la felicidad está en mi cola —respondió el perrito_ . Así que la seguiré persiguiendo hasta alcanzarla. —Hubo un tiempo en que yo también perseguía mi cola —contestó el perro viejo—, porque había escuchado eso de que la felicidad de un perro está en la cola. —¿Y lograste alcanzarla? —preguntó interesado el cachorrito. —Después de mucho perseguir mi cola —replicó el perro anciano—, descubrí que cuanto más intentaba alcanzarla, tanto más se alejaba de mí; pero cuando dejaba de perseguirla y me dedicaba a mis asuntos diarios, entonces ella me seguía a toda partes.
El autor del relato, Neal Becker, concluye diciendo que algo muy parecido sucede con nosotros los seres humanos: Mientras más nos afanamos por perseguir la felicidad, más nos esquiva. En cambio, cuando nos dedicamos a cumplir fielmente nuestros deberes diarios, la felicidad nos sigue a todas partes.
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Se cuenta que un hombre muy rico, al estar en el lecho de su muerte reunió a sus generales y les pidió tres deseos para que se hicieran cumplir después de su muerte.
El primero, era que su ataúd fuera llevado en hombros por los mejores médicos, así dar a conocer que ellos no tienen el poder de curar la muerte.
El segundo era que todos los tesoros que él tenía, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba dando a conocer que todos los bienes conquistados en la tierra, aquí se quedan y nada nos llevamos.
Y el tercero fue que sus manos quedaran fuera del ataúd y a la vista de todos, para dar a conocer a las personas que venimos a este mundo con las manos vacías y así mismo nos vamos cuando morimos.
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Un grupo de niños quedó atrapado en una escuela que se había prendido en llamas. Pocos lograron salir antes que el fuego cubriera por completo el edificio. Los niños, que estaban en el tercer piso del edificio, se encontraban asustados y atemorizados por la situación, decidieron buscar las ventanas como auxilio ante las llamas y el humo, a espera que los bomberos llegaran a tiempo.
El fuego avanzaba demasiado rápido y los bomberos no aparecían. Entonces un hombre alto y fuerte, al saber que uno de sus hijos estaba entre los atrapados decidió hacer algo. Se acercó lo más que pudo al edificio y pidió a los niños que saltaran uno a uno, que él los atraparía en sus brazos, pues no había otra forma de llegar hasta ellos. Los niños, con mucho valor comenzaron a saltar. El plan estaba funcionando muy bien, pero el último de los niños, atemorizado por la altura, se negó a saltar. Se trataba precisamente del hijo de aquel hombre. El padre, desesperado le gritaba que saltara, que nada le iba a pasar. El niño tenía dudas y no se decidía a saltar, pronto el fuego avanzó más, pero el pequeño no logró vencer el miedo y tristemente falleció entre las llamas. El temor que inundó su corazón le costó la vida. El dolor que sintió aquel padre es indescriptible.
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En una aldea remota de África, aún no había llegado el cristianismo, era una parte tan oculta y boscosa que nadie se atrevía a ir. Un misionero que se dio cuenta de la necesidad espiritual que existía entre las personas de la aldea, decidió aventurarse en compañía de dos amigos.
Al llegar a la aldea solicitaron al jefe de la tribu, permiso para poder hablar a las personas del amor del Dios y de La Biblia, en un lugar público, pero el jefe se lo negó, ya que en esa semana la tribu iba hacer ceremonias a sus dioses para que lloviera. Llevaban ya seis meses que no llovía, lo que había provocado una grave sequía, el ganado, los sembradíos y toda la vegetación estaba muriendo.
Al darse cuenta el misionero de la necesidad que existía entre la tribu, por la falta de lluvia, insistió de nuevo al jefe de la tribu que le diera permiso, pero con la propuesta de que si el Dios verdadero, el Dios de La Biblia, el Dios creador, hacía que lloviera al día siguiente a las seis de la tarde, pudieran hablar del amor del Dios a la tribu. El jefe aceptó con la condición de que, si su Dios no hacía que lloviera, el misionero y sus amigos irían presos durante seis meses.
Al salir de la casa del jefe de la tribu, lograron encontrar un lugar donde poner una carpa para orar. Toda esa noche pasaron orando a Dios para que el día siguiente lloviera a las seis de la tarde. Al llegar el siguiente día todas las personas esperaban que fueran las seis de la tarde para ver si el Dios del misionero haría que lloviera. Se llegaron las seis de la tarde y el cielo se oscureció y comenzaron a caer unas gotas de lluvia, luego más, hasta que llovió durante dos horas en aquella aldea. Al terminar la lluvia muchas personas reconocieron que el Dios del misionero era el Dios verdadero y los demás eran dioses sin poder.
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