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Mis padres viven en una pequeña granja en medio de las montañas, alejados de la ciudad. Un día fui a visitarlos y pasé allí el fin de semana, era tan agradable que no quería volver a mi casa. Pero estaba por caer la noche y era hora de regresar.
Mientras volvía me di cuenta que el camino se había tornado difícil en algunos tramos, debido a una tormenta que cayó por la tarde. Y cuando iba a mitad del trayecto llegué a un punto lleno de fango y desafortunadamente mi auto se atascó, intenté avanzar pero las llantas solo patinaban en el lodo.
Me bajé e intenté sacar el auto de aquel lugar, de una y otra forma, pero mis esfuerzos eran inútiles y la desesperación comenzó a embargarme.
El camino era desolado y oscuro, no había nadie que pudiera ayudarme. En verdad deseaba que pasara alguien y me auxiliara.
De pronto a lo lejos apareció un auto, parecía ser mi salvación. Le hice señales para que se detuviera, pero el carro no reducía su velocidad. A toda marcha pasó a mi lado, sin detenerse un instante.
No imaginan el asombro que me llevé, no solo por el hecho de que aquel auto no se detuviera, sino porque el conductor era mi padre. No podía creerlo, ¿Qué podría haber pasado?
Mi propio padre no me había reconocido, quizás porque estaba oscuro, pensé. Pero aún si fuera un desconocido, podría haber parado para ayudarme.
Yo seguí insistiendo en hacer algo para salir de aquella situación, cuando de pronto vi la luz de un auto que venía de regreso. Volví a hacer señales y el automotor se detuvo. Era mi padre nuevamente, pero esta vez conducía un enorme tractor.
Le reclamé porque no había parado la primera vez. Sin embargo, él me explicó que me había visto pero no podía detenerse porque habría quedado atrapado en el fango también. Así que había pasado a toda velocidad y fue a prestar el tractor a un amigo, para volver a mi rescate. Así pudo sacarme de aquel apuro.
Esa noche aprendí una lección que se aplica muy bien a la vida cristiana.
Después de una fuerte tormenta, un árbol frondoso y centenario cedió y cayó quedando con las raíces de fuera, casi al instante un leñador que andaba cerca en el bosque llegó y comenzó a cortar la madera. Era tan grande el árbol que aquel leñador necesitó de la ayuda de sus compañeros.
Al final se logró obtener la mejor madera del árbol, solo la parte del tronco con las raíces quedo sobrando, el leñador decidió llevarlo a su casa, aunque le pareció que no serviría de mucho. Pasaron los días y aquel tronco estaba tirado, soportando el sol y la lluvia en las afueras de la casa. Un día pasó un hombre y vio aquel tronco, se acercó y le pregunto al leñador si podía vendérselo. El leñador le contestó: este tronco no me sirve para nada, se lo regalo, puede llevárselo.
En el momento aquel hombre pidió que le llevaran ese tronco a su casa y agradeció al leñador por el gentil regalo. El hombre era un importante escultor. Al tener aquel rústico tronco en su casa, comenzó a tallarlo y esculpirlo, tardó días y logró hacer una hermosa obra de arte que llegó a venderse a un precio impensable.
Él escultor vio más allá de lo que todos podían ver en aquel pedazo de madera, vio lo que podía llegar a ser después de transformarlo: una obra perfecta.
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Cierto día un hombre caminaba por el bosque y encontró un polluelo de águila. Al verlo desprotegido decidió llevárselo a su casa y lo puso en un gallinero. Estando allí, el polluelo aprendió a comer la misma comida que las gallinas y a conducirse como ellas. Un día, un hombre experto en zoología pasó por allí y le preguntó al propietario del gallinero, por qué tenía un águila encerrada en el corral.
Como le he dado la misma comida y siempre ha estado entre las gallinas, nunca ha aprendido a volar, respondió el propietario. Se comporta como ellas, así que ya no es un águila si no una gallina más.
Sin embargo, insistió el zoólogo, es un águila y tiene instinto de volar, y con toda seguridad, se le puede enseñar a hacerlo.
El zoólogo tomó en sus brazos suavemente al águila, y le dijo: Tú perteneces al cielo, no a la tierra, no eres gallina. Abre tus alas y vuela. El águila, sin embargo, estaba confundida y al ver que las gallinas comían, saltó y se reunió con ellas nuevamente.
Al día siguiente el zoólogo llevó al águila al tejado de la casa y la animó, diciéndole de nuevo: Eres un águila, abre las alas y vuela. Pero el águila saltó una vez más en busca de la comida de las gallinas.
El zoólogo se levantó temprano al tercer día y sacó al águila del corral y la llevó a una montaña. La elevó directamente hacia el sol. El águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un chillido triunfante, voló, alejándose en el cielo.
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Se dice que Dionisio un tirano que dominaba la tierra de Siracusa, condenaba a muerte a todo aquel que lo hiciera enojar. Cierto día se enojó mucho con un joven llamado Damón. Tanto se enojó que lo condenó a morir.
Sabiendo que aquel era el fin de su vida, Damón pidió al tirano que le permitiera ir a despedirse primero de su familia.
—Si te dejo ir, te escaparás —advirtió Dionisio. Pero Damón llegó a un acuerdo con Dionisio. Consistía en que un amigo suyo llamado Pitias se quedaría encarcelado en su lugar, como fianza, y si Damón no llegaba a tiempo, Dionisio podría quitarle la vida a él.
—Si Damón no vuelve, yo moriré en su lugar —confirmó Pitias.
Dionisio aceptó el trato, dándole a Damón un máximo de seis horas para ir a despedirse de los suyos. A Damón le sobraban cuatro horas para poder estar de regreso, así que partió confiado. Dionisio estaba convencido de que iba a ver morir a Pitias, el amigo de Damón, y se preguntaba cómo alguien podía estar dispuesto a dar su vida por otro, siendo inocente. Y fue a burlarse de Pitias cuando habían pasado ya cinco horas y Damón no había vuelto.
—Mi amigo habrá tenido un accidente —le dijo Pitias.
De repente, en el último momento, apareció Damón y abrazó a su amigo. Estaba sin aliento y apestando a sudor. De camino, alguien había matado a su caballo y había tenido que hacer el resto del trayecto corriendo. Asombrado Dionisio, que no había visto jamás semejante lealtad, los dejó libres.
Las consecuencias de la indiferencia
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