Círculo de management

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By AlexRamaMXBusinessManagement
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Círculo de management episodes

  • El juego
    Empecé a escribir versos cuando era muy niño, primero por imitación, luego por fijación y más tarde por placer. Lo hago hasta el día de hoy y no sé cuantos poemas, muchos, sin duda, permanecen por ahí desperdigados en las ya polvosas estanterías virtuales de lo que hoy metafóricamente llaman “la nube”.
    La poesía es hoy para mí una broma, o para decirlo con mayor precisión, un juego. La página en blanco es un arenero en el que me divierto como niño levantando efímeros castillos de arena que el tiempo y el viento echan por tierra una y otra vez, pero no importa: el objetivo de todo esto es seguir moviéndose, seguir diciendo.
    Harold Bloom explica que la poesía nos ayuda a vivir porque nos ayuda a resistir las pulsiones de la muerte; es decir, la poesía nos alienta y conforta mientras llega la hora de hundirnos definitivamente en el abismo. No sé si pueda decir lo mismo porque no creo que la poesía sea un asunto de plano tan solemne. Para mí, insisto, se trata de un juego, y lo diré otra vez, un juego hecho de palabras y ritmos que me permite conocerme vivo, escucharme, viajar por mis memorias, imaginar cosas, mentir impunemente. Escribiendo un poema recupero en mi adultez las mismas sensaciones que tuve alguna vez cuando correteaba con otros niños, jugaba al beisbol o salía disparado a toda velocidad en mi bicicleta con esa radical sensación de libertad que experimentamos al ir rodando cuesta abajo con el viento como una mano cariñosa alborotando todos nuestros cabellos. Tal vez, pues, la poesía se trate de recuperar estos dos aspectos propios de la infancia: inocencia y libertad. Atención, no es poca cosa.
    3 min
  • Miércoles de ceniza
    Nací con una conciencia muy clara de mi carácter fugaz. Desde niño he pensado casi diariamente en lo huidizo de nuestra condición mortal, por eso siempre celebro con particular devoción este recordatorio católico de nuestra finitud. Lejos de ser una fascinación macabra, pensar en la muerte nos obliga a valorar con mayor pasión y justicia el milagro luminoso de nuestra existencia.
    En una ocasión, no hace mucho, padeciendo unos dolores crónicos corrí asustado a ver al médico. Después de innumerables y complejos estudios, el doctor concluyó que estaba completamente sano y que podía, adolorido y todo, volver a casa. "¿Qué causa el dolor?", insistí por última vez. "La vida", dijo el hombre; luego, ya metido a filósofo, remachó: "vivir duele". No me iba a dejar, así que repliqué parafraseando a Heidegger: "entre el dolor y la nada elijo el dolor". El tipo me miró dos segundos con el rostro en blanco y luego volvió a sus papeles para indicar que nuestro diálogo había concluido. En fin, sé que me voy a morir, pero tampoco apuremos las cosas; nunca, nunca hay razón suficiente para ello. La fiesta, estoy seguro, sigue estando de este lado.
    3 min
  • El regreso
    EL REGRESO
    Éramos anchos como un siglo,
    llevábamos el mar en los bolsillos
    y todos los fuegos en la frente.
    Éramos torpes y sagrados,
    asíamos la noche a tientas
    hasta caer sin culpa en el pozo
    de una misma borrachera.
    Todos tropezábamos con el mismo pecado.
    No había problema: resucitábamos
    más limpios, intactos
    para el delicioso oficio
    de los veinte y algo.
    A semejanza de la vida,
    todo era nuestro, todo ardía
    persistente y sonoro
    contra los vientos malignos
    de lo irremediable.
    Nacer era para esto,
    morir una teoría sin sustento
    y el sexo una flor de aroma dulce
    en mitad del paraíso.
    No diré más: perdimos la partida.
    Llegaron tras los tiempos otros tiempos,
    y los que fuimos morimos uno a uno
    sepultados por querer ser lo que no éramos.
    Algo había de misterio en aquellos ojos,
    algo de gloria en tantas caricias fugitivas.
    Olvidamos, como todos, el camino
    que nos llevaría de regreso a casa.
    Ahora estamos solos, perdidos, no somos más un nosotros
    y la muerte ha sembrado el primero de sus besos
    en mi boca.
    3 min
  • No era yo el que era
    NO ERA YO EL QUE ERA
    El niño de espuma sucia en la frente
    y algas en la boca corre por la arena,
    escarba; no busca, encuentra.
    Todo el mar para sus ojos, toda la piel para su alma.
    Se llama como yo pero no aguarda, se da
    a la vida como se dan las olas a la piedra.
    Hunde el pie en el agua, siente nacerle
    en las palabras un gusto de sal,
    un sabor tibio de muy antiguas memorias:
    escribirá un día entre la nieve
    canciones de mentira, se inventará
    en tanto se duerme,
    cuando camina,
    mientras trabaja,
    una doliente nostalgia.
    Todo lo que fue será olvido.
    Empujará el aire de las fantasías
    la arboladura de una página,
    pero esto el niño no lo sabe todavía,
    y es más real que la niebla que lo envuelve,
    y corre sin buscar nada,
    natural como la lluvia y suave como la cama.
    Mitad hombre y mitad fantasma
    se engendra en garabatos a sí mismo,
    se llama a gritos pero no se responde:
    volver es mala idea cuando
    has perdido todas las batallas.
    3 min
  • El regreso
    EL REGRESO
    Éramos anchos como un siglo,
    llevábamos el mar en los bolsillos
    y todos los fuegos en la frente.
    Éramos torpes y sagrados,
    asíamos la noche a tientas
    hasta caer sin culpa en el pozo
    de una misma borrachera.
    Todos tropezábamos con el mismo pecado.
    No había problema: resucitábamos
    más limpios, intactos
    para el delicioso oficio
    de los veinte y algo.
    A semejanza de la vida,
    todo era nuestro, todo ardía
    persistente y sonoro
    contra los vientos malignos
    de lo irremediable.
    Nacer era para esto,
    morir una teoría sin sustento
    y el sexo una flor de aroma dulce
    en mitad del paraíso.
    No diré más: perdimos la partida.
    Llegaron tras los tiempos otros tiempos,
    y los que fuimos morimos uno a uno
    sepultados por querer ser lo que no éramos.
    Algo había de misterio en aquellos ojos,
    algo de gloria en tantas caricias fugitivas.
    Olvidamos, como todos, el camino
    que nos llevaría de regreso a casa.
    Ahora estamos solos, perdidos, no somos más un nosotros
    y la muerte ha sembrado el primero de sus besos
    en mi boca.
    3 min
  • No era yo el que era
    NO ERA YO EL QUE ERA
    El niño de espuma sucia en la frente
    y algas en la boca corre por la arena,
    escarba; no busca, encuentra.
    Todo el mar para sus ojos, toda la piel para su alma.
    Se llama como yo pero no aguarda, se da
    a la vida como se dan las olas a la piedra.
    Hunde el pie en el agua, siente nacerle
    en las palabras un gusto de sal,
    un sabor tibio de muy antiguas memorias:
    escribirá un día entre la nieve
    canciones de mentira, se inventará
    en tanto se duerme,
    cuando camina,
    mientras trabaja,
    una doliente nostalgia.
    Todo lo que fue será olvido.
    Empujará el aire de las fantasías
    la arboladura de una página,
    pero esto el niño no lo sabe todavía,
    y es más real que la niebla que lo envuelve,
    y corre sin buscar nada,
    natural como la lluvia y suave como la cama.
    Mitad hombre y mitad fantasma
    se engendra en garabatos a sí mismo,
    se llama a gritos pero no se responde:
    volver es mala idea cuando
    has perdido todas las batallas.
    3 min
  • El regreso
    EL REGRESO
    Éramos anchos como un siglo,
    llevábamos el mar en los bolsillos
    y todos los fuegos en la frente.
    Éramos torpes y sagrados,
    asíamos la noche a tientas
    hasta caer sin culpa en el pozo
    de una misma borrachera.
    Todos tropezábamos con el mismo pecado.
    No había problema: resucitábamos
    más limpios, intactos
    para el delicioso oficio
    de los veinte y algo.
    A semejanza de la vida,
    todo era nuestro, todo ardía
    persistente y sonoro
    contra los vientos malignos
    de lo irremediable.
    Nacer era para esto,
    morir una teoría sin sustento
    y el sexo una flor de aroma dulce
    en mitad del paraíso.
    No diré más: perdimos la partida.
    Llegaron tras los tiempos otros tiempos,
    y los que fuimos morimos uno a uno
    sepultados por querer ser lo que no éramos.
    Algo había de misterio en aquellos ojos,
    algo de gloria en tantas caricias fugitivas.
    Olvidamos, como todos, el camino
    que nos llevaría de regreso a casa.
    Ahora estamos solos, perdidos, no somos más un nosotros
    y la muerte ha sembrado el primero de sus besos
    en mi boca.
    3 min
  • No era yo el que era
    NO ERA YO EL QUE ERA
    El niño de espuma sucia en la frente
    y algas en la boca corre por la arena,
    escarba; no busca, encuentra.
    Todo el mar para sus ojos, toda la piel para su alma.
    Se llama como yo pero no aguarda, se da
    a la vida como se dan las olas a la piedra.
    Hunde el pie en el agua, siente nacerle
    en las palabras un gusto de sal,
    un sabor tibio de muy antiguas memorias:
    escribirá un día entre la nieve
    canciones de mentira, se inventará
    en tanto se duerme,
    cuando camina,
    mientras trabaja,
    una doliente nostalgia.
    Todo lo que fue será olvido.
    Empujará el aire de las fantasías
    la arboladura de una página,
    pero esto el niño no lo sabe todavía,
    y es más real que la niebla que lo envuelve,
    y corre sin buscar nada,
    natural como la lluvia y suave como la cama.
    Mitad hombre y mitad fantasma
    se engendra en garabatos a sí mismo,
    se llama a gritos pero no se responde:
    volver es mala idea cuando
    has perdido todas las batallas.
    3 min
  • El juego
    Empecé a escribir versos cuando era muy niño, primero por imitación, luego por fijación y más tarde por placer. Lo hago hasta el día de hoy y no sé cuantos poemas, muchos, sin duda, permanecen por ahí desperdigados en las ya polvosas estanterías virtuales de lo que hoy metafóricamente llaman “la nube”.
    La poesía es hoy para mí una broma, o para decirlo con mayor precisión, un juego. La página en blanco es un arenero en el que me divierto como niño levantando efímeros castillos de arena que el tiempo y el viento echan por tierra una y otra vez, pero no importa: el objetivo de todo esto es seguir moviéndose, seguir diciendo.
    Harold Bloom explica que la poesía nos ayuda a vivir porque nos ayuda a resistir las pulsiones de la muerte; es decir, la poesía nos alienta y conforta mientras llega la hora de hundirnos definitivamente en el abismo. No sé si pueda decir lo mismo porque no creo que la poesía sea un asunto de plano tan solemne. Para mí, insisto, se trata de un juego, y lo diré otra vez, un juego hecho de palabras y ritmos que me permite conocerme vivo, escucharme, viajar por mis memorias, imaginar cosas, mentir impunemente. Escribiendo un poema recupero en mi adultez las mismas sensaciones que tuve alguna vez cuando correteaba con otros niños, jugaba al beisbol o salía disparado a toda velocidad en mi bicicleta con esa radical sensación de libertad que experimentamos al ir rodando cuesta abajo con el viento como una mano cariñosa alborotando todos nuestros cabellos. Tal vez, pues, la poesía se trate de recuperar estos dos aspectos propios de la infancia: inocencia y libertad. Atención, no es poca cosa.
    3 min
  • Miércoles de ceniza
    Nací con una conciencia muy clara de mi carácter fugaz. Desde niño he pensado casi diariamente en lo huidizo de nuestra condición mortal, por eso siempre celebro con particular devoción este recordatorio católico de nuestra finitud. Lejos de ser una fascinación macabra, pensar en la muerte nos obliga a valorar con mayor pasión y justicia el milagro luminoso de nuestra existencia.
    En una ocasión, no hace mucho, padeciendo unos dolores crónicos corrí asustado a ver al médico. Después de innumerables y complejos estudios, el doctor concluyó que estaba completamente sano y que podía, adolorido y todo, volver a casa. "¿Qué causa el dolor?", insistí por última vez. "La vida", dijo el hombre; luego, ya metido a filósofo, remachó: "vivir duele". No me iba a dejar, así que repliqué parafraseando a Heidegger: "entre el dolor y la nada elijo el dolor". El tipo me miró dos segundos con el rostro en blanco y luego volvió a sus papeles para indicar que nuestro diálogo había concluido. En fin, sé que me voy a morir, pero tampoco apuremos las cosas; nunca, nunca hay razón suficiente para ello. La fiesta, estoy seguro, sigue estando de este lado.
    3 min

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