Conferencias Magistrales Fundación Rafael del Pino

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Conferencias Magistrales Fundación Rafael del Pino episodes

  • ¿Ahora todo va mejor en Europa? Entre el optimismo y la cautela Juergen B. Donges
    El 6 de noviembre de 2017 tuvo lugar, en la Fundación Rafael del Pino, la conferencia de Juergen B. Donges, catedrático emérito de la Universidad de Colonia, en la que pasó revista a la situación de la economía europea. En su opinión, la economía europea está atravesando un buen momento, lo cual constituye un diagnóstico novedoso. Aún persisten algunos problemas, pero su intensidad se ha mitigado, como con el Brexit, en el que ahora no se sabe si los británicos quieren irse de la UE o quedarse. A su vez, las amenazas proteccionistas de Trump se han desgastado. Los riesgos de carácter político, como Corea del Norte, Venezuela o Turquía, tampoco están provocado subidas en la prima de riesgo. Y Cataluña se considera un tema interno de España. Nadie la apoya y el 155 da cierta tranquilidad. Lo único que hay al respecto es un cierto nerviosismo en los organismos internacionales, como el FMI y la OCDE, es que si se prolonga la situación catalana se pueda crear una cierta inseguridad económica y política que dure mucho tiempo. Los aspectos positivos de la coyuntura económica europea se refieren al ritmo de actividad y a la inflación, mientras que los preocupantes están relacionados con la baja productividad en la Eurozona y con las tareas de política económica pendientes en los países que forman parte del euro. La economía europea continúa por la senda del crecimiento, el cual está más equilibrado por países, en el sentido de que ninguno de ellos se está rezagando en la recuperación. Además, el crecimiento viene acompañado de una creación notable de puestos de trabajo y de una reducción del paro. Lo que más gusta en Europa son los buenos datos económicos de España, porque fue un país con muchas dificultades en el que las políticas de saneamiento fiscal y las reformas estructurales han funcionado. Ahora bien, si después del 21-D no se regresa a la normalidad, volverá la prima de riesgo y podría tener un posible efecto contagio sobre otras economías europeas. Los factores que sustentan el crecimiento en la Eurozona son la política monetaria expansiva del BCE, que seguirá así, y las políticas fiscales, que van más en la dirección del relajamiento después de los ajustes que se han producido en las cuentas públicas. Entre los factores de riesgo hay uno insólito, que podría ser Alemania, debido a que los resultados de las elecciones generales han hecho mucho más difícil la formación de una coalición gubernamental estable. Merkel tiene el problema de lanzar una propuesta que sea creíble y aceptable para los liberales y los verdes, los miembros potenciales de la coalición de gobierno junto a la CDU. Sin embargo, las diferencias entre los tres partidos son abismales y pueden conducir a un acuerdo de políticas al mínimo que no es bueno. Por lo que se refiere a la inflación, la pregunta es si su repunte animará al BCE a cambiar su política. Los tipos de interés, en estos momentos, son demasiado bajos. Según la regla de Taylor, tendrían que estar en el 2%, no en el 0,5%, y en Alemania en el 3%. Esto va a crear problemas en forma de burbujas. Por ello, el BCE tendría que abandonar los programas de compra de deuda, etc., pero tiene la duda de si las perspectivas de inflación están lo suficientemente ancladas. Posiblemente tendremos que acostumbrarnos a tener menos inflación en el futuro, debido a la competencia global. De hecho, es eficientemente posible y socialmente deseable que la inflación sea baja. El asunto de la productividad es muy serio, porque la productividad es lo que define los recursos de que dispone una economía para lograr sus objetivos fundamentales. Tenemos un problema de medición, pero también un problema de fondo porque la digitalización no se extiende de forma equilibrada por toda la sociedad. Eso crea malestar y el sentimiento de que muchos se sienten desplazados de la sociedad tecnológica, y esas personas votan. Para afrontar estos problemas necesitamos continuar con las reformas estructurales. Sin embargo, no se han aprovechado los bajos tipos de interés para hacerlas. Numerosos gobiernos confían en que el BCE seguirá financiándoles con su política monetaria. Eso es una mala noticia para la estabilidad de la Eurozona. Muchos esperan, también, que como hay nuevos actores en la escena europea, se pueda impulsar la integración económica. Pero eso solo podrá funcionar si, previamente, se hacen las reformas estructurales pendientes.
    1 hr 1 min
  • Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo. Johan Norberg, versión en castellano
    Cuando se observan las visiones dominantes en los grandes debates económicos de la actualidad, parece poco menos que el mundo se va a venir abajo. Unos estudios hablan de la ingente cantidad de puestos de trabajo que se van a perder a causa del desarrollo tecnológico; otros informes hacen hincapié en el aumento en la desigualdad de la renta en los países occidentales en los últimos treinta años; otros más se refieren a los empleos de las naciones industrializadas que la globalización ha hecho desaparecer y de las fábricas que se ha llevado a los lugares que cuentan con mano de obra barata; otros más ponen en cuestión el futuro de la protección social, y así sucesivamente. Este panorama tan deprimente que se dibuja en el debate público parece justificar aquello que dijo William Goodwin de que la economía es la ciencia lúgubre. Johan Norberg discrepa de esta visión tan pesimista y nos invita a contemplar el futuro con unos ojos más optimistas. Norberg, senior fellow del Cato Institute, desmiente aquello de que el pesimista es un optimista bien informado, porque él basa su optimismo, precisamente, en las informaciones que extrae de los datos, sobre todo cuando los analiza con perspectiva histórica, y así lo expuso en la conferencia que tuvo lugar el 25 de enero de 2018, en la Fundación Rafael del Pino, con motivo de la presentación de su libro Progreso. Diez razones para mirar el futuro con optimismo. A Norberg no le parece que cualquier tiempo pasado fuese mejor que el actual, sino todo lo contrario. Él quita dramatismo a las visiones económicas negativas y nos invita a reflexionar acerca de que el mundo no es tan malo como parece, sobre todo gracias a los avances en la ciencia y la tecnología. Lo que pasa es que el cambio resuelve unos problemas mientras aparecen otros nuevos y eso nos lleva a pensar que entonces estábamos mejor que ahora, en especial cuando ese ahora viene marcado por un ritmo frenético de cambio. Ante ello, el ser humano tiende a sentirse impotente, deprimido, incapaz de lidiar con lo que supuestamente se le viene encima, y eso le lleva a pensar que antes se encontraba mejor. Ahora bien, cuando se analizan los datos, y se hace con perspectiva histórica, se puede ver que en el pasado el ser humano ni mucho menos estaba mejor que ahora. Eso es lo que explica en su libro y, para justificar su posición, aportó dos de las diez razones que esgrime en el texto: la mejora en la esperanza de vida y la reducción de la pobreza. En los últimos doscientos años, la esperanza de vida ha aumentado desde los 35 años hasta los niveles actuales, en los que ya no hay un país, por pobre que sea, en el que no supere los 40 años, cuando antes ninguno llegaba a ese nivel. En Occidente, incluso, sobrepasa los 80 años. Y ello es posible porque ni la gente se muere de hambre, como en el pasado, ni fallece a causa de enfermedades que hoy se curan con un simple antibiótico. Hace doscientos años, también, el 95% de la población mundial vivía en situación de extrema pobreza, una situación que hoy se define como vivir con menos de dos dólares al día. Pero llegó la revolución industrial, apareció la división del trabajo, vino el comercio libre y las cosas cambiaron de forma radical, hasta el punto de que la pobreza extrema ha caído hasta el 9%, cuando hace 25 años afectaba al 37% de la humanidad, y lo ha hecho gracias a la globalización. De hecho, cada día 1.400 personas en todo el mundo salen de la pobreza y tenemos dos mil millones de personas que duplican su renta cada diez años. Cuando se esgrimen estas cifras, los enemigos de la globalización enseguida tratan de defender su posición exhibiendo aquellas otras que hablan del aumento de la desigualdad de rentas en el mundo. Y Norberg vuelve a matizar el sentido de la crítica, primero porque las desigualdades entre países se han reducido y, segundo, porque aquellos países más igualitarios en el pasado, lo eran porque tenían rentas muy bajas, esto es, eran igualitarios, pero en la pobreza. Además, cuando se sale de situaciones de pobreza, no todo el mundo lo hace al mismo ritmo, con lo que las desigualdades aumentan. Pero Norberg dice que lo relevante no es eso, sino la reducción de la pobreza. Gracias a la reducción de la pobreza, la gente tiene más a cceso a la comida y mejora su nutrición. También tiene acceso a los cuidados médicos, los medicamentos, la cirugía, etc., gracias a que los desarrollos tecnológicos y la acción de los empresarios han reducido los precios de las cosas que hoy por hoy forman parte de nuestra vida diaria, de nuestro bienestar. Debido a ello se ha producido el aumento de la esperanza de vida desde los 35 años, hasta el punto de que un niño que nazca hoy tiene una altísima probabilidad de llegar a la edad de jubilación. Y la globalización hace más fácil transmitir el conocimiento, la forma de usar las cosas, que hay detrás de todo ello. Las libertades juegan un papel fundamental en estos logros, en concreto tres de ellas: la libertad de explorar nuevos conocimientos (sobre el cuerpo, sobre algoritmos, etc.), la libertad de experimentar con ellos a través de nuevas tecnologías y modelos de negocios y la libertad de intercambios a través de las fronteras de conocimientos, de tecnologías. Con ello, las probabilidades de resolver los problemas del mundo son mayores porque hay más gente pensando y trabajando en ello gracias a estas tres libertades. Ahora bien, estas libertades se ven amenazadas por los populismos, tanto los de derechas como los de izquierdas, porque la gente no entiende los progresos que estamos consiguiendo. Por el contrario, solo ve amenazas y como se siente amenazada, pide protección. Las personas creen, por las noticias, que todo está fatal y las redes sociales hacen esto más peligroso. Piden protección porque, por instinto de supervivencia, el ser humano recuerda mejor los malos momentos. Pero no hay que olvidar que el progreso está basado en la libertad, y no podemos darlo por garantizado si la libertad desaparece o se ve restringida.
    48 min
  • Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo. Johan Norberg, english version
    Cuando se observan las visiones dominantes en los grandes debates económicos de la actualidad, parece poco menos que el mundo se va a venir abajo. Unos estudios hablan de la ingente cantidad de puestos de trabajo que se van a perder a causa del desarrollo tecnológico; otros informes hacen hincapié en el aumento en la desigualdad de la renta en los países occidentales en los últimos treinta años; otros más se refieren a los empleos de las naciones industrializadas que la globalización ha hecho desaparecer y de las fábricas que se ha llevado a los lugares que cuentan con mano de obra barata; otros más ponen en cuestión el futuro de la protección social, y así sucesivamente. Este panorama tan deprimente que se dibuja en el debate público parece justificar aquello que dijo William Goodwin de que la economía es la ciencia lúgubre. Johan Norberg discrepa de esta visión tan pesimista y nos invita a contemplar el futuro con unos ojos más optimistas. Norberg, senior fellow del Cato Institute, desmiente aquello de que el pesimista es un optimista bien informado, porque él basa su optimismo, precisamente, en las informaciones que extrae de los datos, sobre todo cuando los analiza con perspectiva histórica, y así lo expuso en la conferencia que tuvo lugar el 25 de enero de 2018, en la Fundación Rafael del Pino, con motivo de la presentación de su libro Progreso. Diez razones para mirar el futuro con optimismo. A Norberg no le parece que cualquier tiempo pasado fuese mejor que el actual, sino todo lo contrario. Él quita dramatismo a las visiones económicas negativas y nos invita a reflexionar acerca de que el mundo no es tan malo como parece, sobre todo gracias a los avances en la ciencia y la tecnología. Lo que pasa es que el cambio resuelve unos problemas mientras aparecen otros nuevos y eso nos lleva a pensar que entonces estábamos mejor que ahora, en especial cuando ese ahora viene marcado por un ritmo frenético de cambio. Ante ello, el ser humano tiende a sentirse impotente, deprimido, incapaz de lidiar con lo que supuestamente se le viene encima, y eso le lleva a pensar que antes se encontraba mejor. Ahora bien, cuando se analizan los datos, y se hace con perspectiva histórica, se puede ver que en el pasado el ser humano ni mucho menos estaba mejor que ahora. Eso es lo que explica en su libro y, para justificar su posición, aportó dos de las diez razones que esgrime en el texto: la mejora en la esperanza de vida y la reducción de la pobreza. En los últimos doscientos años, la esperanza de vida ha aumentado desde los 35 años hasta los niveles actuales, en los que ya no hay un país, por pobre que sea, en el que no supere los 40 años, cuando antes ninguno llegaba a ese nivel. En Occidente, incluso, sobrepasa los 80 años. Y ello es posible porque ni la gente se muere de hambre, como en el pasado, ni fallece a causa de enfermedades que hoy se curan con un simple antibiótico. Hace doscientos años, también, el 95% de la población mundial vivía en situación de extrema pobreza, una situación que hoy se define como vivir con menos de dos dólares al día. Pero llegó la revolución industrial, apareció la división del trabajo, vino el comercio libre y las cosas cambiaron de forma radical, hasta el punto de que la pobreza extrema ha caído hasta el 9%, cuando hace 25 años afectaba al 37% de la humanidad, y lo ha hecho gracias a la globalización. De hecho, cada día 1.400 personas en todo el mundo salen de la pobreza y tenemos dos mil millones de personas que duplican su renta cada diez años. Cuando se esgrimen estas cifras, los enemigos de la globalización enseguida tratan de defender su posición exhibiendo aquellas otras que hablan del aumento de la desigualdad de rentas en el mundo. Y Norberg vuelve a matizar el sentido de la crítica, primero porque las desigualdades entre países se han reducido y, segundo, porque aquellos países más igualitarios en el pasado, lo eran porque tenían rentas muy bajas, esto es, eran igualitarios, pero en la pobreza. Además, cuando se sale de situaciones de pobreza, no todo el mundo lo hace al mismo ritmo, con lo que las desigualdades aumentan. Pero Norberg dice que lo relevante no es eso, sino la reducción de la pobreza. Gracias a la reducción de la pobreza, la gente tiene más a cceso a la comida y mejora su nutrición. También tiene acceso a los cuidados médicos, los medicamentos, la cirugía, etc., gracias a que los desarrollos tecnológicos y la acción de los empresarios han reducido los precios de las cosas que hoy por hoy forman parte de nuestra vida diaria, de nuestro bienestar. Debido a ello se ha producido el aumento de la esperanza de vida desde los 35 años, hasta el punto de que un niño que nazca hoy tiene una altísima probabilidad de llegar a la edad de jubilación. Y la globalización hace más fácil transmitir el conocimiento, la forma de usar las cosas, que hay detrás de todo ello. Las libertades juegan un papel fundamental en estos logros, en concreto tres de ellas: la libertad de explorar nuevos conocimientos (sobre el cuerpo, sobre algoritmos, etc.), la libertad de experimentar con ellos a través de nuevas tecnologías y modelos de negocios y la libertad de intercambios a través de las fronteras de conocimientos, de tecnologías. Con ello, las probabilidades de resolver los problemas del mundo son mayores porque hay más gente pensando y trabajando en ello gracias a estas tres libertades. Ahora bien, estas libertades se ven amenazadas por los populismos, tanto los de derechas como los de izquierdas, porque la gente no entiende los progresos que estamos consiguiendo. Por el contrario, solo ve amenazas y como se siente amenazada, pide protección. Las personas creen, por las noticias, que todo está fatal y las redes sociales hacen esto más peligroso. Piden protección porque, por instinto de supervivencia, el ser humano recuerda mejor los malos momentos. Pero no hay que olvidar que el progreso está basado en la libertad, y no podemos darlo por garantizado si la libertad desaparece o se ve restringida.
    48 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global. Ngaire Woods, english version
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense. Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford. Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos. La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década. Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora. También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan. Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos. Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará. Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello. En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente. Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley. Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar. El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente. La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo. El mundo, además, necesita que haya un país central, como lo ha sido Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, está abandonando ese papel, sin tener en cuenta, incluso, las consecuencias que le puede acarrear al país. Lo vemos porque antes Latinoamérica siempre miraba a EEUU, pero ahora lo hace hacia China. También, porque Estados Unidos ha demostrado que ya no se puede confiar en la lógica que respalda sus intereses. No obstante, EEUU pronto se dará cuenta de que necesita cooperar porque ningún país sale adelante por sí solo. La globalización ha mundializado las oportunidades, pero también las responsabilidades y eso hace que sea precisa la cooperación internacional y el apoyo a las democracias.
    37 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global. Ngaire Woods, versión en castellano
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense. Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford. Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos. La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década. Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora. También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan. Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos. Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará. Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello. En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente. Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley. Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar. El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente. La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo. El mundo, además, necesita que haya un país central, como lo ha sido Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, está abandonando ese papel, sin tener en cuenta, incluso, las consecuencias que le puede acarrear al país. Lo vemos porque antes Latinoamérica siempre miraba a EEUU, pero ahora lo hace hacia China. También, porque Estados Unidos ha demostrado que ya no se puede confiar en la lógica que respalda sus intereses. No obstante, EEUU pronto se dará cuenta de que necesita cooperar porque ningún país sale adelante por sí solo. La globalización ha mundializado las oportunidades, pero también las responsabilidades y eso hace que sea precisa la cooperación internacional y el apoyo a las democracias.
    37 min
  • Nosotros y la prosperidad, Ricardo Hausmann (Audio en español)
    El 7 de junio de 2017 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Ricardo Haussamnn, director del Center for International Development de la Universidad de Harvard, titulada “Nosotros y la prosperidad”, en la que analizó la relación entre desarrollo económico y sentimiento de identidad, de pertenencia a un grupo o comunidad, de las sociedades. Hausmann empezó preguntándose qué hace que los países sean ricos o pobres, una cuestión que se viene planteando desde que Adam Smith publicó “La riqueza de las naciones” en 1776. Por entonces, el país más rico del mundo era Holanda y su renta per cápita era cuatro veces superior a la de los países más pobres. Pero lo que era un problema de 4 a 1 se convirtió en un problema de 256 a 1. La razón de ello es que la renta per cápita tiene un comportamiento particular a lo largo del tiempo. Durante toda la historia ha permanecido estancada, hasta los 200 últimos años en que empezó a crecer. Su representación gráfica es cómo un palo de hockey, con los dos últimos siglos formando la base de la “J”. Acemoglu y Robinson, en su conocida obra “Por qué fracasan los países”, explican que la diferencia entre los países ricos y los países pobres se debe a la mayor o menor calidad de sus instituciones. Sin embargo, cuando se observan países como México, en el que las diferencias de renta entre sus distintos estados son muy altas, a pesar de tener el mismo sistema económico, político, judicial, etc., cabe concluir que la explicación es otra. La respuesta puede encontrarse en la tecnología o, mejor dicho, en la combinación de las herramientas y protocolos que proporciona con el know how, o saber hacer, de las personas que trabajan con la tecnología. Es preciso complementar la tecnología con ese know how porque sin él no es casi nada. Ese know how, sin embargo, se mueve con dificultad. Las herramientas se pueden transportar de un país a otro, de un país rico a uno pobre. Los protocolos se pueden subir a internet para que estén disponibles para todo el mundo, pero con el know how no sucede lo mismo, fundamentalmente porque la tecnología moderna necesita equipos de personas que poseen distintos know how que colaboran en la producción. Eso es lo que hace que sea difícil moverlo, que hay que desplazar no personas, sino equipos de gente. Una sociedad tiene más know how porque sabe hacer más cosas y la gente está especializada. Como los individuos saben distintas cosas y estas difieren de una persona a otra, las sociedades en conjunto saben mucho. Las organizaciones modernas movilizan una gran cantidad de conocimiento para funcionar porque los productos son como las palabras: se producen juntando know how de la misma forma que las palabras se construyen uniendo letras. A medida que aumenta la diversidad de know how en un sistema, aumenta no solo la cantidad de productos distintos que pueden hacerse, sino también la de productos difíciles de hacer. Eso se puede medir con el índice de complejidad económica. Los países con un índice bajo tienden a ser pobres, mientras que los que tienen un índice alto tienden a ser ricos. El problema de la difusión del conocimiento es que hay que resolver los problemas de coordinación. El know how se mueve de empresa a empresa, pero para moverlo hay que mover a las personas. El problema es que los países en desarrollo han sido muy cerrados a la inmigración e imponen grandes restricciones a la contratación de extranjeros, lo que dificulta el movimiento del know how. La razón de ello es que la presencia extranjera violaría el sentimiento de identidad colectiva, de pertenencia al grupo o a la comunidad, con lo que ese sentimiento frena las posibilidades de desarrollo económico.
    1 hr 14 min
  • ¿Cuáles son las consecuencias económicas del Brexit para España?. Luis Garicano (Audio en español)
    El 29 de mayo de 2017, la Fundación Rafael del Pino organizó la conferencia sobre las consecuencias económicas del Brexit para España que impartió Luis Garicano, catedrático de Economía y Estrategia de la London School of Economics. Garicano explicó que el contexto económico tuvo mucho que ver con el Brexit, un contexto de incertidumbre y ansiedad de las clases medias derivada de la globalización y de un cambio tecnológico que está reemplazando los empleos rutinarios por máquinas. Todo ello ha creado en las clases medias una sensación de que su futuro está en peligro y ha permitido que políticos sin escrúpulos puedan convertir esa ansiedad en votos, ofreciendo soluciones sencillas pero que no resuelven nada. El auge del populismo ha sido una sorpresa enorme porque ha surgido en sitios que nadie esperaba. Ese populismo pretende dinamitar algunos de los consensos básicos de nuestras sociedades y está buscando la vuelta al estado-nación, al localismo. Pero eliminar todo ese mundo de tratados económicos internacionales tiene mucho riesgo. Una de las manifestaciones del populismo ha sido el Brexit, que ha tenido mucho que ver con esa ansiedad de las clases medias. Y es que, al final, lo que el Brexit vendía es esa recuperación por parte de las clases medias del control de su vida. Básicamente, el problema clave del Brexit es el Mercado Único. En este sentido, muchos pensaban que los británicos iban a buscar una salida suave sin tocar el Mercado Único, permaneciendo en él. Europa lleva mucho tiempo buscando un Mercado Único. El obstáculo fundamental al mismo son las barreras no arancelarias. Para superarlas, en la década de los 80 se puso en marcha un proceso de integración a través del reconocimiento mutuo de legislaciones y de la armonización legislativa. Este proceso implica que hay un tribunal, el Tribunal Europeo de Justicia, que decide cuáles son las leyes en Inglaterra, lo cual ha resultado muy polémico allí. En esta búsqueda de la recuperación del control, el Brexit tiene tres elementos de desacuerdo con el Mercado Único que son muy importantes. En primer lugar, la libre circulación de personas. Los británicos quieren eliminar esto para controlar sus fronteras. También quieren dejar de contribuir al presupuesto comunitario y quieren que se acabe la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia. El problema es que Europa no está dispuesta a ceder, sobre todo en lo referente al Tribunal, porque no se puede tener un Mercado Único con reglas diferentes en cada país. El riesgo respecto a todo ello está relacionado con el hecho de que nos esperan dos años de negociación para el divorcio y, una vez concluidas, otras para decidir cómo comerciamos. Pero si no se consigue el acuerdo de divorcio, no se puede negociar el acuerdo comercial. Y si no hay acuerdo de divorcio, a los dos años se produce una ruptura radical y los británicos dejan de tener acceso al mercado europeo. El riesgo, por tanto, no es un Brexit duro, sino una ruptura. Y en torno a todo ello se está creando en el Reino Unido un clima de opinión que no facilita un paso atrás. Las consecuencias para España serán peores cuanto más duro sea el Brexit. Desde la perspectiva de la libertad de circulación de personas, en España hay viviendo 306.000 británicos de forma permanente, pero si se añade a los que pasan aquí nada más que una parte del año, la cifra asciende a un millón de personas. Los españoles viviendo en el Reino Unido son cien mil. Tenemos muchos problemas potenciales en relación con estas personas, como son los visados, la vivienda, la sanidad, las pensiones, … En el terreno del comercio España tiene mucho que perder. Tenemos un superávit comercial con el Reino Unido superior al 1% del PIB. El mercado británico es el cuarto más importante para nuestras exportaciones. Y todos los años nos visitan 16 millones de turistas procedentes de allí. Para hacernos una idea, el Brexit supondría un coste adicional del 11% para el vino español que se vende en el Reino Unido. Por lo que se refiere a la libertad de movimientos de capitales, el Reino Unido ha sido el primer destino de la inversión extranjera directa española, con presencia importante en sectores como la energía, los aeropuertos o la banca.
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  • Las esencias del comportamiento económico en el largo plazo, John Joseph Wallis (Audio en español)
    El 16 de mayo de 2017 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de John Wallis sobre “Las esencias del comportamiento económico en el largo plazo”. Wallis, catedrático de Economía de la Universidad de Maryland, explicó que lo que produce el crecimiento económico a largo plazo es, sobre todo, la reducción de la frecuencia y la intensidad de las recesiones. Esto se debe a los cambios institucionales que tienen lugar a lo largo del tiempo. Según los análisis históricos llevados a cabo al respecto, las tasas de crecimiento a corto plazo y la frecuencia y la intensidad de las recesiones han sido elevadas durante la mayor parte de la historia. En los países en desarrollo siguen siendo altas y muy variables. Entonces, ¿por qué se producen las mejoras en el crecimiento a largo plazo? Pues porque la frecuencia y la intensidad de las recesiones han disminuido. De hecho, la tasa de crecimiento a corto plazo ha tendido a reducirse a lo largo del tiempo, más que a aumentar, cuando ha mejorado el crecimiento a largo plazo. En consecuencia, la forma en la que los países se enriquecen es con crecimientos bajos pero sostenidos. Esto explica porque los países ricos son cada vez más ricos, ya que en los países pobres las crisis se producen con mayor frecuencia y son más intensas. Adam Smith nos enseñó que el crecimiento económico a largo plazo depende de la amplitud de los mercados, de la especialización productiva y de la división del trabajo, como explicó con su conocido ejemplo de la fábrica de alfileres. En este mundo, también pueden contribuir al crecimiento económico el desarrollo tecnológico, la transición demográfica, los cambios estructurales en las economías y las guerras. Aun así, ello no basta por sí mismo para superar la trampa maltusiana sin que se produzca una intervención que lo haga posible. Esto se debe a que la sociedad smithsoniana es una sociedad que se basa en las relaciones interpersonales, en el conocimiento del otro y, por tanto, en la confianza. En esta sociedad, las élites disfrutan de privilegios y detentan un poder que usan, por lo general, para defender dichos privilegios. En este sentido, las élites se encuentran menos dispuestas a respetar los contratos porque solo pueden obligarlas a hacerlo efectivamente capas superiores a ellas en la sociedad. Son relaciones de arriba hacia abajo en las que cuanto más alto se encuentra uno, más difícil es que tenga a alguien por encima que le obligue a satisfacer la palabra dada. Este tipo de sociedades son más propensas a que se produzcan crisis más amplias y más frecuentes, ya que el incumplimiento de los contratos puede desencadenar situaciones de ruptura dentro de las élites mismas que impidan las relaciones comerciales entre los miembros de la élite. Con los estratos inferiores de la sociedad esas relaciones no existirán puesto que carecen de capacidad de imponer la satisfacción de los contratos y, por tanto, se abstendrán de relacionarse económicamente con niveles sociales más elevados a los suyos. Las sociedades modernas, en cambio, se adaptan mejor a las situaciones de crisis porque las relaciones son impersonales y, por ello, tienen lugar entre todos los niveles de la sociedad, Con ello, se elimina la posibilidad de una ruptura de las élites que lleve a una crisis a todos como consecuencia de los cambios y las incertidumbres que afectan a esas élites. Aquí las élites ya no pueden usar las leyes en su favor, con lo que se ven obligadas a satisfacer los contratos suscritos. Las rupturas no se producen y, de esta forma, disminuyen la cuantía y la intensidad de las crisis.
    52 min
  • Las esencias del comportamiento económico en el largo plazo, John Joseph Wallis (English audio)
    El 16 de mayo de 2017 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de John Wallis sobre “Las esencias del comportamiento económico en el largo plazo”. Wallis, catedrático de Economía de la Universidad de Maryland, explicó que lo que produce el crecimiento económico a largo plazo es, sobre todo, la reducción de la frecuencia y la intensidad de las recesiones. Esto se debe a los cambios institucionales que tienen lugar a lo largo del tiempo. Según los análisis históricos llevados a cabo al respecto, las tasas de crecimiento a corto plazo y la frecuencia y la intensidad de las recesiones han sido elevadas durante la mayor parte de la historia. En los países en desarrollo siguen siendo altas y muy variables. Entonces, ¿por qué se producen las mejoras en el crecimiento a largo plazo? Pues porque la frecuencia y la intensidad de las recesiones han disminuido. De hecho, la tasa de crecimiento a corto plazo ha tendido a reducirse a lo largo del tiempo, más que a aumentar, cuando ha mejorado el crecimiento a largo plazo. En consecuencia, la forma en la que los países se enriquecen es con crecimientos bajos pero sostenidos. Esto explica porque los países ricos son cada vez más ricos, ya que en los países pobres las crisis se producen con mayor frecuencia y son más intensas. Adam Smith nos enseñó que el crecimiento económico a largo plazo depende de la amplitud de los mercados, de la especialización productiva y de la división del trabajo, como explicó con su conocido ejemplo de la fábrica de alfileres. En este mundo, también pueden contribuir al crecimiento económico el desarrollo tecnológico, la transición demográfica, los cambios estructurales en las economías y las guerras. Aun así, ello no basta por sí mismo para superar la trampa maltusiana sin que se produzca una intervención que lo haga posible. Esto se debe a que la sociedad smithsoniana es una sociedad que se basa en las relaciones interpersonales, en el conocimiento del otro y, por tanto, en la confianza. En esta sociedad, las élites disfrutan de privilegios y detentan un poder que usan, por lo general, para defender dichos privilegios. En este sentido, las élites se encuentran menos dispuestas a respetar los contratos porque solo pueden obligarlas a hacerlo efectivamente capas superiores a ellas en la sociedad. Son relaciones de arriba hacia abajo en las que cuanto más alto se encuentra uno, más difícil es que tenga a alguien por encima que le obligue a satisfacer la palabra dada. Este tipo de sociedades son más propensas a que se produzcan crisis más amplias y más frecuentes, ya que el incumplimiento de los contratos puede desencadenar situaciones de ruptura dentro de las élites mismas que impidan las relaciones comerciales entre los miembros de la élite. Con los estratos inferiores de la sociedad esas relaciones no existirán puesto que carecen de capacidad de imponer la satisfacción de los contratos y, por tanto, se abstendrán de relacionarse económicamente con niveles sociales más elevados a los suyos. Las sociedades modernas, en cambio, se adaptan mejor a las situaciones de crisis porque las relaciones son impersonales y, por ello, tienen lugar entre todos los niveles de la sociedad, Con ello, se elimina la posibilidad de una ruptura de las élites que lleve a una crisis a todos como consecuencia de los cambios y las incertidumbres que afectan a esas élites. Aquí las élites ya no pueden usar las leyes en su favor, con lo que se ven obligadas a satisfacer los contratos suscritos. Las rupturas no se producen y, de esta forma, disminuyen la cuantía y la intensidad de las crisis.
    52 min
  • Organizaciones Exponenciales. Salim Ismail (English version)
    El 10 de mayo de 2017 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Salim Ismail, director general y fundador de Singularity University, con motivo de la presentación de su libro “Organizaciones Exponenciales”. Ismail comenzó su intervención preguntando cómo hacer que el mundo pase de un entorno físico a un entorno digital. Esa es la cuestión fundamental para los directivos de hoy y para la supervivencia de las empresas. En el pasado, las compañías gestionaban la escasez, pero ahora las nuevas empresas gestionan la abundancia y hay que adaptarse a ello. Estamos en un mundo de cambio tecnológico acelerado, en el que cada poco tiempo se duplica el rendimiento de la capacidad de procesar información. Esto no solo está permitiendo un desarrollo muy rápido de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, la nanotecnología, las tecnologías relacionadas con la medicina, la neurotecnología, la energía o la capacidad de procesamiento de datos. El desarrollo tecnológico también está permitiendo la interacción de estas tecnologías. A partir de ahí, en la Singularity University se preguntan cómo aplicar los nuevos desarrollos tecnológicos a la resolución de los problemas del mundo. A partir de ahí organizan cursos de los que luego acaban saliendo unas doce start-ups al año. Son empresas con la capacidad de anticiparse a las cosas antes de que se conviertan en corrientes principales. En la Singularity Universty también enseñan a identificar esos patrones de duplicación. En este nuevo mundo, el problema al que se enfrentan los altos directivos de las empresas es saber qué desarrollos tecnológicos les pueden impactar, porque pueden desaparecer, como le sucedió a Kodak. La cuestión es cómo detectar esos patrones de cambio, porque el cerebro percibe las cosas de forma lineal. Por tanto, si se quiere anticipar un cambio exponencial, hay que pensar de forma diferente. La disrupción implica pasar de productos físicos a productos digitales. Esto tiene un impacto revolucionario sobre los distintos sectores, porque cuando se digitaliza algo se convierte en algo rompedor. A partir de ahí el coste marginal se reduce drásticamente y tiende a cero y el modelo de negocio se desplaza hacia un modelo de abundancia. Es el caso, por ejemplo, del coste de secuenciación del genoma o de las células fotovoltaicas que incorporan las placas solares. También se aprecia en la capacidad de procesamiento de datos lo que beneficia, por ejemplo, a la sanidad porque se pueden gestionar muchos más datos sobre nuestro cuerpo y efectuar diagnósticos más rápidos y precisos. El impacto más grande, no obstante, se produce en el terreno de la energía solar. En quince años se podrá generar por esta vía toda la energía que necesita el planeta, con lo que el modelo de negocios de las empresas energéticas va a desaparecer y el precio del petróleo se va a desplomar. Otra cosa es cómo almacenar esa energía. El desarrollo de las baterías va con siete años de retraso respecto al de las placas solares, pero estará resuelto hacia 2020. La sociedad no está preparada para estos cambios, ni los líderes políticos tampoco. Necesitamos líderes que lo entiendan y que den respuesta a las dos preocupaciones principales: la transformación de los puestos de trabajo y el cambio climático. La volatilidad de los ingresos de las empresas se ha incrementado porque cuando un sector se digitaliza sus ingresos se desploman. Y es que las empresas no están diseñadas para ser flexibles, por lo que tienen que asociarse con start-ups. De hecho, la flexibilidad de las empresas se correlaciona con su precio en bolsa. Una vez que un dominio crece de forma exponencial es muy difícil saber a dónde se va a llegar. Pero este cambio no va a poder pararse porque estas tecnologías están atravesando una democratización de las cosas.
    33 min

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