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En parte, fueron palabras que me dije a mí mismo.
Un ejercicio de honestidad que me debía hace tiempo. Pero también y en igual medida, eran palabras que quería decirle a cada una de esas personas con las que había tenido conflicto.
Y qué mejor momento que un 31 de diciembre para soltar todo eso de una vez. Sin dramas, sin explicaciones. Simplemente, déjalo ir.
Considero esta época la más artística de mi vida, porque tenía mucho o demasiado que decir.
Y esto llegó como anillo al dedo el 22 de Octubre de 2020.
También se nota, al mirar atrás, que yo todavía no estaba listo para perdonar, y menos a esa persona con quien había compartido algo sentimental.
Siempre recuerdo sus últimas palabras: una especie de 'perdón' que esta persona consideraba justo y suficiente para cerrar todo. Un intercambio rápido —me perdono, te perdono, nos perdonamos— y punto. Como si eso bastara para zanjar lo que había pasado.
Pero para mí fue profundamente incoherente. Esas palabras no me eran necesarias, al menos no así, no de esa manera. Y nunca más volvimos a hablar del tema.
Después de todo lo que viví con las personas que más me hirieron, tuve que presenciar, con mis propios ojos, cómo les iba brillante la vida. Y de esa rabia nació este episodio. Escribí esto el 31 de Octubre de 2020.
Era yo en uno de mis peores momentos: atormentado, enojado, amargado hasta los huesos.
Hoy quisiera decirle a esa persona que lo mejor que podía hacer y quizás lo mejor que cualquiera de nosotros puede hacer, es salir de las redes sociales y vivir de verdad la realidad.
Escribí esto el 20 de Octubre, porque ese día simplemente ya no pude más. Estaba agotado de llorar, cansado de cargar con esa depresión en silencio. Fui a lavarme la cara y, al verme en el espejo (algo que no había hecho en mucho tiempo, por cierto) no me reconocí. Tenía ojeras profundas, los ojos rojos de tanto llorar, y el cuerpo consumido por el desgaste. De ahí viene esa línea: 'él se miraba al espejo para encontrar belleza, pero lo único que encontró fue fealdad y soledad.'
Y encima de todo, no podía dejar de pensar en mis 15 años, en todo lo que viví entonces y darme cuenta de que a los 24, a los 25, ya había pasado por demasiado.
Recuerdo que justo cuando terminó esa 'relación' a distancia, me quedaron resonando durante mucho tiempo las palabras que esa persona usaba para herirme e imponer su visión.
En Octubre 10, cuando escribí esto pensé mucho que de noche nos reuníamos a hablar por notas de voz y yo tenía que escuchar a esta persona decir cosas como 'yo no vivo del amor, tengo que trabajar', cada vez que yo le reclamaba por qué en todo el día no había escrito ni un solo mensaje.
No sé si fue un momento de reconocimiento o simplemente de claridad, pero entendí algo: muchas veces engrandecemos a quienes más lo necesitan y al hacerlo, sin darnos cuenta, nos vamos achicando nosotros mismos. Y esas personas en el fondo, solo llegan para hacernos sentir menos.
Creo que en aquel tiempo hablaba mucho desde las metáforas, porque no quería decir las cosas de frente. Este episodio lo escribí el 30 de junio de 2020.
No quería herir a nadie porque eso no va conmigo. Porque aunque me hubieran herido, siento que devolver parte de lo que te hicieron es caer en un juego sin fin. Yo simplemente quería soltar todo eso, pero a mi manera: con arte.
Recuerdo que esto, en realidad, sí ocurrió. Una persona me estuvo buscando cerca de dos años y me encontró por casualidad en un grupo de WhatsApp. Era alguien con quien las cosas habían terminado mal —y mal de verdad— porque en su momento me dijo cosas muy duras.
Esta es una metáfora de lo que vivía en aquel entonces. Escribí el 25 de Octubre de 2020.
Me sentía profundamente decepcionado de mí mismo por haber permitido que tantas personas traspasaran mis límites. Enfrentaba, una vez más, ese peso familiar del arrepentimiento y la incomodidad —sensaciones que juré no volver a experimentar.
Creo que vivencias tan brutales como sentirme 'degollado' frente a los demás me enseñaron a ser más cauteloso y, sobre todo, mucho más celoso de mi mundo interior.
Lo que comenzó como un registro de mi propia vulnerabilidad entre 2020 y 2021, terminó convirtiéndose en este espacio. Este podcast es mi diario: un lugar donde escribo, grabo y sano.
Cada episodio es una conversación honesta, en voz alta, de esas que no se tienen con nadie más, pero que todos necesitamos escuchar.
"El propósito de las palabras" fue escrito el 20 de febrero de 2020 como epílogo y puente hacia todo lo que vendría ese año en el podcast.
Este episodio es en cierta forma, el cierre de un ciclo que comenzó en 2014, cuando escribir fue la única manera de procesar lo que estaba ocurriendo.
Todo lo que compartí a lo largo de esos catorce episodios es apenas una delgada cortina de lo que realmente fue. Hay detalles que permanecen en silencio, no porque no existan, sino porque algunos dolores no necesitan ser públicos para ser reales.
Lo que sí quedó grabado cumple un propósito: demostrar que es posible mirar atrás sin que el pasado te destruya.
Este episodio también es un mensaje.
No para decirte que no sufras, sino para recordarte que el dolor no tiene que ser el destino.
Que sentirlo todo es válido, que el duelo es necesario y que sanar, aunque tome tiempo, también es posible.
Porque así como se sufre, también se puede ser feliz.
"Nunca es suficiente" fue escrito el 31 de agosto de 2014.
Hay enfermedades que te convencen de que el problema eres tú, no ellas.
Este episodio habla de lo que es vivir atrapado en una obsesión que nunca cede y de mirar atrás con la compasión que en ese momento era imposible sentir.
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Es aprender a soltar, equivocarse, amar, perder, empezar de nuevo y descubrir quién eres. Este es un espacio de monólogos, poemas y reflexiones inspirados en…