Esto nació principalmente del sufrimiento.
Del dolor, de la tristeza, del desespero. De una época en la que ir al colegio significaba enfrentar casi todos los días, situaciones de acoso que en ese momento no siempre sabía cómo entender.
Muchas veces, las ofensas eran presentadas como un juego. Como una broma. Como algo que simplemente debía aprender a soportar.
Pero cuando yo respondía, cuando intentaba defenderme, la historia cambiaba.
Entonces era yo quien estaba exagerando.
Yo era el que reaccionaba demasiado. El que no sabía tomarse las cosas con humor. Y poco a poco, empecé a creerlo también.
Creo que una de las cosas más difíciles de vivir algo así cuando eres adolescente es no saber todavía dónde termina lo que los demás dicen de ti y dónde comienza lo que realmente piensas de ti mismo.
Y de ahí nació esto.
De esa sensación de estar siempre dudando de mis propias emociones. De preguntarme si tenía derecho a sentirme herido o si por el contrario, estaba haciendo demasiado ruido por algo que los demás consideraban insignificante.
Ahora, muchos años después, puedo mirar hacia atrás y entenderlo de otra manera.
Porque crecer también me ha enseñado que este sentimiento no pertenece únicamente a la adolescencia. Incluso de adultos podemos encontrarnos en situaciones en las que sentimos que estamos reaccionando demasiado, que estamos siendo demasiado sensibles o que terminamos convirtiéndonos en los malos de una historia que otros comenzaron.
Y quizá una reacción que parece demasiado grande desde afuera no siempre nace únicamente de lo que acaba de ocurrir.
A veces viene de mucho antes.
De la frustración acumulada. De las cosas que dejamos pasar. De las veces que nos dijeron que no era para tanto. De todo aquello que guardamos porque no sabíamos cómo ponerlo en palabras.
Creo que en el fondo, eso es lo que quería dejar plasmado aquí.
Que a veces no estamos reaccionando solamente al presente.
Estamos reaccionando también a todo lo que alguna vez tuvimos que callar.