Dirigida por Manolo Caro que creó La casa de las flores, esa serie de una buena temporada que se desinfló a pasos agigantados en las siguientes temporadas aquí da un giro dramático a la España franquista de los 50, cuando un joven de clase alta vuelve a casa del país azteca a conocer a su prometida pero no vuelve solo, vuelve con un misterioso bailarín.
Esta serie propone un ambiente opresivo, cerrado, hermético, cargado de secretos y no termina nunca de conseguirlo. Es un cúmulo de estereotipos uno tras otro con buenos muy buenos y malos muy malos, aliados franquistas con bigotito incluído y no termina de poner el punto necesario en el estilo y tono.
Muchas veces hay una intención descaradísima de recrear el estilo de Almodóvar (esos planos panorámicos de cuerpos durmiendo, hay mucho plano de la mala educación…) pero sin el poderío visual del mismo y sobre todo, y aquí está el gran problema de la serie, sin ningún tipo de alivio cómico o aire al argumento.
Nadie, absolutamente nadie aporta ninguna trama que dé ligereza al relato. Para conseguir la tensión necesaria durante todo el metraje necesitas o un talento inconmensurable o crear una curva como una montaña rusa en la que llevar al espectador para divertirle y entretenerle sino se convierte todo en plano y es lo que pasa aquí, que no consigue llegar a calar lo suficiente porque no tiene esa intensidad desgarradora que pretende y que una insípida banda sonora pretende subrayar sin realmente decir absolutamente nada.
Luego están los actores. Cecilia Suárez de “La casa de las Flores” en el primer capítulo es imposible entender nada en una dicción extrañísima para ocultar su acento. No vocaliza y aunque luego mejora sus apariciones son murmullos en los que habla al soltar el aire.
Hay varios actores que se nota que están recitando lineas de guión y otros a los que se les da muy poco a lo que hincar el diente. Ernesto Alterio, Pilar Castro, Mariola Fuentes y sobre todo Carmen Maura (que hace de Concha Velasco en Herederos, el círculo rojo o Gran Hotel) hacen lo que pueden con personajes que solo tienen una nota. No explotan ni crean diferentes matices, arrancan en el estereotipo y de ahí no se mueven y en una serie tan coral basada en personajes es incomprensible la actitud de los mismos o por qué todos se enamoran del mexicano sin que el personaje tenga ninguna garra.
Pero sobre todo, el escasísimo argumento que tiene la historia. Se supone que hay un asesinato por el título, pero nada lleva a pensar en ello y el argumento parece inflado reincidiendo en los mismos temas una y otra vez. Podría haber sido una película simple pero es que lo han alargado a 3 capítulos de casi una hora en los que no pasa nada y que no tiene nada de intensidad.
En resumen, “Alguien tiene que morir” es una miniserie de tres capítulos que se hace larga, pesada, simple y que ha tratado de ser algo para lo que su creador no tiene el suficiente talento. Un tiro errado en toda regla.