Por: Jorge Arturo Estrada | El presidente sabe que puede perder en el 2024.
Él, ya conoce el tamaño del rechazo que genera, luego de
casi cinco años de gestión. El país está polarizado. Por eso acelera la marcha.
Ya destruyó al PRI y le arrebató su último bastión importante. La primera parte
de su plan fue un éxito, el tricolor es solamente una fuerza política marginal.
Ahora seguirá desafiando al estado de derecho y lanza a sus corcholatas a la
campaña. Mientras, la oposición desconcertada y descabezada se va rezagando.
El Partido Revolucionario
Institucional, ya no existe. Ya no es el partidazo aplanadora que conocimos,
por décadas y décadas. Andrés Manuel López Obrador, puede jactarse de haber
destruido al PRI. Lo que queda, es solamente un membrete, una franquicia para
participar en las elecciones y una agencia de colocaciones para el grupúsculo de
políticos, que está apoderado de sus despojos. Es un grupo, que medra entre sus
ruinas hipotecando sus activos. Aunque, su historia todavía resuena en la vida
política mexicana, ya que tres de las cuatro corcholatas del presidente son
Sin embargo, AMLO es un político
desconfiado. No le gustaron los procesos electorales, del 2021 ni el del 2023, los
cuales revelaron las debilidades de su partido y también que su sombra personal
no es tan poderosa. Solamente, la mediocridad opositora mantiene a los morenistas
adelante, rumbo al 2024. No es un asunto de ideologías, ni de justicia social.
Es una batalla por el poder. Es la guerra entre los oficialistas contra los opositores.
A la oposición de urge encontrar a un fenómeno político si quiere ganarle a
AMLO. El PRI está destruido, Andrés Manuel López Obrador lo hizo añicos.
Tras la derrota en el Edomex, el tricolor despertó sin gobernaturas ni
candidatos. Solamente con organización, talento y carisma se podría vencer a
AMLO; y esas son, las condiciones difíciles de generar en estos momentos.
Aun así, la desconfianza agobia a
Andrés Manuel. Su mala salud le preocupa; entonces, la posibilidad de ser
derrotado en la presidencial del 2024, y en la legislativa por el control de
las cámaras le quitan el sueño, y lo mantienen elaborando planes y anatemas, para
recitar en las mañaneras. Además, los fracasos de su gobierno han sido enormes,
diariamente requiere cortinas de humo y demagogia.
El presidente quiere cambiar al
país, pero sabe que se va quedando corto y que el tiempo se le agota. De esta
forma, cada día, agrede con fuerza a sus adversarios, persistiendo en su
interés en debilitarlos y desprestigiarlos. Cada día, profundiza en la
polarización. Vive consultando sus encuestas y haciendo sus cuentas. Ya sea
para sopesar su popularidad, o para convertirlos en votos para su delfín o
delfina. Él vive, y sobrevive, para conservar el poder. Tal vez, ya no
resistiría vivir sin él. En consecuencia, la ansiedad lo consume y se lanza a
la batalla. Está dispuesto a romper las leyes electorales e invita a los
consejeros del INE al Palacio Nacional para que sientan de cerca el peso de su
En el Estado de México, el PRI y
la alianza, perdieron mucho más que solamente una gobernatura. Era una mina de
votos casi cautivos y acarreables, mediante la mayor estructura electoral del
país. También, era una fuente de dinero que emanaba de un gobierno estatal que
gasta 300 mil millones de pesos anuales, mediante miles de contratos por obras
Sin embargo, esos millones de
votos cautivos, que volvieron poderoso al PRI durante décadas, casi seguramente
han desaparecido para ellos, para siempre. Los modelos tricolores usados en
Coahuila y en el Edomex, en el 2023, que casi igualaron los sufragios
morenistas, difícilmente podrán ser aplicados a gran escala en la elección
presidencial del año próximo. Las condiciones cambiaron. El estado norteño será
el único con estructura intacta y eficiente en las 32 entidades del país.