El desierto es un lugar inhóspito, árido, cambiante, peligroso, infértil y desolado… paradójicamente, Dios lo ha querido como lugar de acogida de su pueblo, donde se da el maná implorado, donde el alma vuelve su mirada y la fija en su Creador, donde el Señor la carga y la protege en sus brazos amorosos, donde se encuentran a solas los dos, Dios y el alma, en diálogo íntimo de amor.