Algo maravilloso que experimentamos usted y yo, como hijos de Dios, es Su protección permanente. No nos deja solos. Nos acompaña, nos guía, nos cuida. Obra a favor de cada uno de nosotros. Dirige las huestes celestiales para defendernos. A partir de una historia real, la de Eliseo, ilustraremos ese maravilloso principio.