Una mujer extranjera, cananea, pagana, se acerca a Jesús gritando: «¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí!» . Jesús parece ignorarla. Los discípulos quieren despedirla. Y cuando finalmente Jesús responde, sus palabras parecen una negativa: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero esta mujer no se rinde. Su respuesta es la clave del Evangelio: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Y Jesús exclama: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».