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  • EL MIEDO COMO INSTRUMENTO DE REPRESIÓN - J.M. OLARIETA
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Rot Contrainfo
    Publicado el 4 ago. 2017
    Extracto de la charla realizada en Zaragoza durante los actos de "Noviembre Antifascista 2016".
    Sigue toda la información de las jornadas de este mes de noviembre próximamente a través de: https://www.facebook.com/NoviembreAnt...
    8 min
  • CONSTITUCIÓN DEL 78: Cuarenta años maquillando el fascismo
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Rot Contrainfo
    Publicado el 11 abr. 2018
    0:13 Elena Martínez (Izquierda Castellana)
    7:16 Juan Manuel Olarieta (Abogado y represaliado)
    47:27 Carmen López (Ex-presa política)
    Este año el Régimen celebra el 40 aniversario de SU Constitución. Es decir, hace cuarenta años que ésta fue pactada y redactada por los mismos fascistas que años atrás ahogaron en sangre a la República democrática, para posteriormente ser acatada por toda una caterva de oportunistas que a lo único que aspiraban es a acceder a una buena poltrona, mientras se olvidaban de las verdaderas necesidades y de las legítimas aspiraciones de todos los trabajadores y trabajadoras.
    A estas alturas ya nadie puede negar que esta “maravillosa” Constitución lo único que asegura y defiende con toda la fuerza de las leyes, SUS leyes, son los privilegios de los vencedores; aquellos que la redactaron y la apadrinaron. Dichos privilegios sí son inviolables, como lo son la figura del monarca o la sacrosanta “unidad de la patria”. Lo que no garantiza ni va a respetar jamás son los más elementales derechos ni de la clase obrera y de amplios sectores populares, ni de las nacionalidades que integran el Estado español. Para lo que se impuso la Constitución no es para proteger los derechos de los trabajadores y los pueblos, se impuso precisamente para lo contrario, para anularlos.
    La Constitución para lo único que sirvió -y sirve- es para enmascarar al Régimen fascista bajo falsos ropajes democráticos.
    ¿Supuso realmente un tránsito a la democracia como nos han hecho creer? ¿Se nos dio a la clase obrera la oportunidad de elegir entre República o Monarquía? ¿Se nos devolvió la legalidad republicana que esos mismos fascistas liquidaron tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936? ¿Garantiza realmente los derechos y las libertades de todos los trabajadores y trabajadoras? ¿Cómo debe ser una Constitución para que sea denominada democrática? ¿Qué es y cómo debe llevarse a cabo un proceso constituyente?...
    De todo esto y mucho más se habló el pasado sábado 17 de febrero en el CPK La Bankarrota. Comenzó con una introducción de la mano de Elena Martinez (Izquierda Castellana), continuó con la intervención de Juan Manuel Olarieta (abogado y represaliado político) y Carmen López (ex-presa política) y finalizó con un interesante debate.
    1 hr 17 min
  • Entrevista Juan Manuel Olarieta - Semando Escontra la Represión
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Juan Manuel Olarieta Alberdi, abogado (Bizkaia, 1955). Estudió Derecho y Ciencias Económicas. Sufrió su primera detención y encarcelamiento en 1977, y desde entonces ha sido detenido en más de 10 ocasiones. Desde 1979 ha ejercido como defensor de represaliados políticos y presos sociales, tanto del Estado como a nivel internacional. A su vez ha sido también represaliado por esta actividad. En 1992 obtuvo el Premio de la revista del Colegio de Abogados de Madrid por un artículo científico sobre conflictos jurisdiccionales. En 1991 publicó el libro 'Los jueces en el banquillo. Antejuicio e impunidad judicial: El caso de las sentencias bondadosas'. Es autor de numerosos artículos jurídicos, políticos y científicos. https://semandoescontralarepresion.wo... [email protected]
    47 min
  • Charla sobre la represión por J. M. Olarieta
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Charla de Juan Manuel Olarieta sobre la represión desde 1975 hasta nuestros días.
    Juan Manuel Olarieta Alberdi es un abogado natural de Bilbao. Desde 1979 ha ejercido como defensor de represaliados políticos y presos sociales. A su vez ha sido también represaliado por esta actividad.
    1 hr 30 min
  • PARA JANE. (Con todo el amor que le tuve, que no fue suficiente) Bukowski
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Para Jane, con todo el amor que le tuve, que no fue suficiente.
    Recojo la falda,
    recojo el rosario negro
    que brilla,
    eso que una vez
    tocó su carne,
    y llamo mentiroso a Dios
    y afirmo que algo que se moviera
    así
    o que supiera
    mi nombre
    no podía morir nunca
    con esa certeza inamovible de la muerte.
    Y recojo
    su precioso
    vestido,
    perdida toda su belleza,
    y les hablo
    a todos los dioses,
    dioses judíos, dioses cristianos,
    pedacitos de cosas brillantes,
    ídolos, píldoras, pan
    compresiones, riesgos,
    renuncias conscientes,
    ratas en la salsa de dos
    que se han vuelto casi locos,
    sin ninguna oportunidad,
    conocimiento de colibrí,
    oportunidad de colibrí,
    me inclino sobre eso
    me apoyo en todo eso
    y lo sé:
    tengo un vestido en mi brazo
    pero
    nada
    me la devolverá.
    Charles Bukowski.
    2 min
  • La chica más guapa de la ciudad. Charles Bukowski
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.
    Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no se sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.
    Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.
    Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.
    – ¿Tomas algo?
    – Claro, ¿Por qué no?
    No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.
    – ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
    – Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…
    – La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
    – Bonita no es la palabra, no te hace justicia.
    Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.
    Ella me miró y se echó a reír.
    – ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?
    Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.
    -Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
    – ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
    – Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
    – No te preocupes -dije yo.
    – Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella
    – No -dije-, a mí me duele.
    – ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
    – Sí, me duele, de veras.
    – De acuerdo, no lo volveré a hacer. Ánimo.
    Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
    Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
    – ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
    – Por la mañana -dije, y me di la vuelta.
    Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama.
    Se echó a reír.
    – Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.
    – No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
    – No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.
    Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.
    – Ven, amor.
    Fui.
    Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.
    – ¿Cómo te llamas? -pregunté.
    – ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.
    Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.
    – Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.
    Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.
    – ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
    – Lo sabía.
    Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
    Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.
    – Esos hijos de puta – decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
    – La culpa la tienes tú por aceptar la copa
    – Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
    – A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.
    Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.
    – Vaya, cabrón, has vuelto.
    Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.
    – Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….
    – No, no seas tonto, es la moda.
    – Estas chiflada.
    – Te he echado de menos -dijo
    – ¿Hay otro?
    – No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
    – Sácate esos alfileres.
    – No, es la moda.
    – Me hace muy desgraciado.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí, mierda, estoy seguro.
    Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.
    – Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
    – Vale -dije-, tengo mucha suerte.
    – No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
    – Gracias.
    Tomamos otra copa.
    – ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
    – Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
    – A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
    – No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
    – Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso
    Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.
    Fuimos a casa y abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa…, de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.
    – Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
    – Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?
    La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:
    – Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
    – Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.
    Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.
    Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.
    – ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!
    Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente “NO”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.
    Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me vio el encargado.
    – Siento lo de tu amiga.
    – ¿El qué? -pregunté.
    – Lo siento. ¿No lo sabías?
    – No
    – Suicidio, la enterraron ayer.
    – ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
    – La enterraron las hermanas
    – ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
    – Se cortó el cuello.
    – Ya. Dame otro trago.
    Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “NO”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.
    Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé “¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!”.
    Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.
    16 min
  • ESTÁN POR TODOS LADOS. Bukowski.
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Los oledores de tragedias están
    por todos lados
    se levantan a la mañana
    y empiezan a encontrar las cosas
    mal.
    Y se sumergen
    en la rabia,
    una rabia que dura hasta
    que se van a la cama,
    e incluso ahí
    se retuercen en su
    insomnio,
    incapaces de quitar
    de sus mentes
    los pequeños obstáculos
    que han hallado.
    Se sienten en contra,
    es un complot.
    Y por estar constantemente
    furiosos sienten que
    siempre tienen
    razón.
    Los ves en el tráfico
    tocando la bocina como salvajes
    ante la más leve infracción,
    puteando
    desparramando sus
    insultos.
    Los sentís
    en las colas
    de los bancos,
    de los supermercados,
    de los cines
    presionan
    en tu espalda
    te pisan los talones
    están impacientes por
    una furia.
    Están por todos lados
    y en
    todas las cosas,
    esas almas
    violentamente
    infelices.
    En realidad están asustados,
    como siempre quieren
    tener razón
    fustigan
    sin cesar...
    es un mal
    una enfermedad de
    esa raza.
    El primero de ellos
    que vi fue
    mi padre
    y desde entonces
    he visto mil padres
    malgastando sus vidas
    en el odio,
    arrojando sus vidas
    al pozo ciego
    y gritando
    enloquecidos.-
    Sígueme en:
    Twitter: https://twitter.com/DonGarfialo
    https://www.facebook.com/Don-Garfialo...
    2 min
  • Negro sobre Blanco: El mito de la cultura
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Fernando Sánchez Dragó entrevista a Gustavo Bueno a propósito de su libro "El mito de la cultura".
    "El arrepentimiento no es virtud porque no sale de la razón, y el que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable. La única forma de arrepentirse es suicidarse."?
    1 hr
  • 1985 Gustavo Bueno Debate La Clave España Católica
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Presentado por: José Luis Balbín Dirigido por: José Luis Balbín
    'La clave' fue el programa más intelectual de TVE, copia del francés 'Les dossiers de l'écran'. Un programa de debate, dirigido y moderado por José Luis Balbín, en el que se abordaban temas de actualidad. Constaba de dos partes: en la primera se emitía una película que estuviera relacionada con el tema a tratar; y en la segunda, se entraba a debatir el asunto escogido. Nace durante la Transición española, el 18 de enero de 1976, y se mantuvo en la pantalla hasta 1985. Afrontó debates sobre temas incómodos en la época como la legalización del PCE, el aborto o la crisis de empleo.
    2 hr 53 min
  • La Clave de TVE: Anarquistas. 8 de junio de 1984 (2/2)
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    La Clave, que nació tomando como modelo al programa de debates francés Les dossiers de l’ecran, se emitió desde 1976 hasta 1985. Cada programa giraba sobre un tema, que podía ser muy diverso, y se dividía en dos partes. La primera, consistía en la proyección de una película (en este caso, se proyectó Joe Hill, que narra la vida del legendario militante y cantante del sindicato anarquista IWW. El País anunció el pase con el titular «Un cantante sindicalista para debatir en La clave el anarquismo»). La segunda parte consistía en un extenso debate. Cada participante hablaba sin cortar al otro, en desarrollos largos y reflexivos. La manera de expresarse constituye algo insólito para los tiempos actuales, lo mismo que la duración, estilo y formato de La Clave. Junto a Federica intervinieron Carlos Ramos (CNT), Joaquín Satrústegui (liberal), Heleno Saña (escritor), Fernando Montero (CNT), Giovanni Biagioni (catedrático de historia en Florencia) y Gervasio Cordero (marxista). Federica aún viviría una década más, falleciendo en 1994.
    1 hr

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