EduBerlin

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By EduberlinNewsPolitics
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EduBerlin episodes

  • La clave de TVE: Anarquistas. 8 de junio de 1984 (1/2)
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Pablo Alberto Montero
    Hace 3 años
    Personalmente compartí este documento porque Fernando Montero era mi padre (murió en 2004), y muchos de sus amigos y familiares estaban interesados en poder ver este documento. Pronto subiré otro en el que también aparece hablando de castas profesionales.
    En relación con lo que generalmente se está comentando, es evidente que hace años los medios de comunicación se guiaban más por el rigor que por el amarillismo. Cuesta creer que cualquier tertuliano político actual pudiera rebatir o entender siquiera a los que salen en estos programas u otros de "La Clave". Se pueden ver en otros vídeos a pensadores como Gustavo Bueno participando en un debate televisivo, algo impensable a día de hoy. Eso sí, no olvidemos que el nivel del emisor tiene que concordar con el del receptor, sino no se realiza una buena comunicación. Esto nos debería hacer pensar...?
    1 hr 32 min
  • NADIE SINO TÚ. Charles Bukowski.
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    "NADIE SINO TÚ" de Charles Bukowski Nadie puede salvarte sino tú mismo. te verás una y otra vez en situaciones casi imposibles. intentarán una y otra vez por medio de subterfugios, engaños o por la fuerza que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente por dentro. nadie puede salvarte sino tú mismo y será muy fácil desfallecer, pero muy fácil, pero no desfallezcas, no, no. limítate a mirarlos. escucharlos. ¿quieres ser así? ¿un ser sin cara, sin mente, sin corazón? ¿quieres experimentar la muerte antes de la muerte? nadie puede salvarte sino tú mismo y mereces salvarte. no es una guerra fácil de ganar pero si algo merece la pena ganar, es esto. piénsalo. piensa en salvarte a ti mismo. tu parte espiritual. la parte de tus entrañas. tu parte mágica y ebria. sálvala. no te unas a los muertos de espíritu. mantente con buen talante y garbo y al cabo, si fuera necesario, apuesta tu vida en plena refriega, al carajo las probabilidades, al carajo el precio. nadie puede salvarte sino tú mismo. ¡Hazlo! ¡sálvate! entonces sabrás exactamente de qué hablo.
    3 min
  • Desmontando a Eduardo Zaplana, uno de los nuestros.
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Lo + visto En La Frontera
    Publicado el 22 may. 2018
    Detenido Eduardo Zaplana por blanqueo de capitales y cohecho
    La Guardia Civil registra la vivienda del exministro de Aznar en Valencia
    El exministro del PP Eduardo Zaplana, de 62 años, ha sido detenido a primera hora de esta mañana junto a su domicilio en Valencia. La Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, que lo ha arrestado por orden del Juzgado de Instrucción número 8 de Valencia, lo investiga por un delito de cohecho (cobro de sobornos) y por otro de blanqueo de capitales por un importe considerable, según han informado a este diario fuentes de la investigación. Entre las adjudicaciones presuntamente amañadas figuran el Plan Eólico Valenciano y las concesiones de ITV de la Comunidad Valenciana, que se remontan a su época de presidente de la Generalitat valenciana. Los agentes han acudido también a la Consejería de Economía valenciana a recabar los expedientes de adjudicación. Tras conocerse su arresto, Telefónica ha anunciado que suspende "con carácter inmediato" su relación laboral con Zaplana, que ocupaba un cargo en el área de asuntos públicos de la compañía.
    8 min
  • Monólogo de Andreu Buenafuente. “Veo españoles”
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Late Motiv
    Publicado el 21 may. 2018
    ¿Buscas casa? Usa Fotocasta, ¿Buscas candidatos? Usa gafas ciudadanas.
    BUENAFUENTE.
    El ataque de patriotismo de Ciudadanos: "algunos se han acordado de un primo famoso de Albert Rivera, el 'Primo de Rivera'. Veo españoles"
    17 min
  • SOBRE LA SOLEDAD. Charles Bukowski.
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Esta es la respuesta de Bukowski al ser preguntado por Sean Penn acerca de la Soledad Acepto sugerencias.
    “Nunca me he sentido solo. He estado en una habitación -me he sentido suicida, he estado deprimido, me he sentido horrible, horrible más allá de lo imaginable- pero nunca he sentido que otra persona pudiera entrar en esa habitación y curar lo que me afectaba, o que lo pudieran hacer varias. En otras palabras, la soledad es algo que nunca me ha molestado porque siempre he tenido ese terrible deseo de soledad. Es cuando estoy en una fiesta o en un estadio lleno de gente que vitorea algo, que puedo sentirme solo. Citaré a Ibsen: ‘los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca he pensado: ‘bueno, alguna rubia guapa va a venir y me va a , me va a acariciar las pelotas y me sentiré bien’. No, eso no ayudará. Mira cómo piensa la gente común: ‘Hey, es viernes por la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí sentados?’ Bueno pues sí, porque no hay nada allá afuera. Es estupidez, gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen ellos. Nunca sentí el ansia de lanzarme a la noche. Me escondía en los bares porque no me podía esconder en las fábricas, eso es todo. Pido perdón a todos esos millones, pero nunca me he sentido solo. Me gusto, soy la mejor forma de entretenimiento que tengo. ¡Bebamos más vino!”
    3 min
  • QUINCE CENTÍMETROS (SIX INCHES). Charles Bukowski.
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    Los primeros tres meses de mi matrimonio con Sara fueron aceptables, pero luego empezaron los problemas. Era una buena cocinera, y yo empecé a comer bien por primera vez en muchos años. Empecé a engordar. Y Sara empezó a hacer comentarios.
    —Ay, Henry, pareces un pavo engordando para el Día de Acción de Gracias.
    —Tienes razón, mujer, tienes razón —le decía yo.
    Yo trabajaba de mozo en un almacén de piezas de automóvil y la paga apenas me rendía. Mis únicas alegrías eran comer, beber cerveza e irme a la cama con Sara. No era precisamente una vida majestuosa, pero uno ha de conformarse con lo que tiene. Sara era suficiente. Respiraba SEXO por todas partes. La había conocido en una fiesta de Navidad de los empleados del almacén. Trabajaba allí de secretaria. Me di cuenta de que ninguno se acercaba a ella en la fiesta y yo no podía entenderlo. Jamás había visto mujer tan guapa y además no parecía tonta. Sin embargo, tenía algo raro en la mirada. Te miraba fijamente como si entrara en ti y daba la impresión de no parpadear. Cuando se fue al lavabo me acerqué a Harry, el camionero.
    —Oye Harry —le dije—. ¿Cómo es que nadie se acerca a Sara?
    —Es que es bruja, hombre, una bruja de verdad. Ándate con cuidado.
    —Vamos, Harry, las brujas no existen. Está demostrado. Las mujeres aquellas que quemaban en la
    hoguera antiguamente, era todo un error horrible, una crueldad. Las brujas no existen.
    —Bueno, puede que quemaran a muchas mujeres por error, no voy a discutírtelo. Pero esta zorra es bruja, créeme.
    —Lo único que necesita, Harry, es comprensión.
    —Lo único que necesita —me dijo Harry— es una víctima.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Hechos —dijo Harry—. Dos empleados de aquí. Manny, un vendedor, y Lincoln, un dependiente.
    —¿Qué les pasó?
    —Pues sencillamente que desaparecieron ante nuestros propios ojos, solo que muy lentamente… podías verles irse, desvanecerse…
    —¿Qué quieres decir?
    —No quiero hablar de eso. Me tomarías por loco.
    Harry se fue. Luego salió Sara del baño de señoras. Estaba maravillosa.
    —¿Qué te dijo Harry de mí? —me preguntó.
    —¿Cómo sabes que estaba hablando con Harry?
    —Lo sé —dijo ella.
    —No me dijo mucho.
    —Pues sea lo que sea, olvídalo. Son mentiras. Lo que pasa es que lo he rechazado y está celoso. Le
    gusta hablar mal de la gente.
    —A mí no me importa la opinión de Harry —dije yo.
    —Lo nuestro puede ir bien, Henry —dijo ella.
    Vino conmigo a mi apartamento después de la fiesta y te aseguro que nunca había disfrutado tanto. No había mujer como aquella. Al cabo de un mes o así nos casamos. Ella dejó el trabajo inmediatamente, pero yo no dije nada porque estaba muy contento de tenerla. Sara se hacía su ropa, se peinaba y se cortaba el pelo ella misma. Era una mujer notable, muy notable.
    Pero como ya dije, hacia los tres meses empezó a hacer comentarios sobre mi peso. Al principio
    eran solo pequeñas observaciones amables, luego empezó a burlarse de mí. Una noche llegó a casa y me dijo:
    —¡Quítate esa maldita ropa!
    —¿Cómo dices, querida?
    —Ya me oíste, so cabrón. ¡Desvístete!
    No era la Sara que yo conocía. Había algo distinto. Me quité la ropa y las prendas interiores y las eché en el sofá. Me miró fijamente.
    —¡Qué horror! —dijo—. ¡Qué montón de mierda!
    —¿Cómo dices, querida?
    —¡Digo que pareces una gran bañera llena de mierda!
    —Pero querida, qué te pasa… ¿Estás en plan de bronca esta noche?
    —¡Calla! ¡Toda esa mierda colgando por todas partes!
    Tenía razón. Me había salido un michelín a cada lado, justo encima de las caderas. Luego cerró los puños y me atizó fuerte varias veces en cada michelín.
    —¡Tenemos que machacar esa mierda! Romper los tejidos grasos, las células…
    Me atizó otra vez, varias veces.
    —¡Ay! ¡Que duele, querida!
    —¡Bien! ¡Ahora, pégate tú mismo!
    —¿Yo mismo?
    —¡Sí, venga, condenado!
    Me pegué varias veces, bastante fuerte. Cuando terminé los michelines aún seguían allí, aunque estaban de un rojo subido.
    —Tenemos que conseguir eliminar esa mierda —me dijo.
    Yo supuse que era amor y decidí cooperar…
    Sara empezó a contarme las calorías. Me quitó los fritos, el pan y las papas, los aderezos de la ensalada, pero me dejó la cerveza. Tenía que demostrarle quién llevaba los pantalones en casa.
    —No, de eso nada —dije—, la cerveza no la dejaré. ¡Te amo muchísimo, pero la cerveza no!
    —Bueno, de acuerdo —dijo Sara—. Lo conseguiremos de todos modos.
    —¿Qué conseguiremos?
    —Quiero decir, que conseguiremos eliminar toda esa grasa, que tengas otra vez unas proporciones razonables.
    -¿Y cuáles son las proporciones razonables? —pregunté.
    —Ya lo verás.
    Todas las noches, cuando volvía a casa, me hacía la misma pregunta.
    —¿Te pegaste hoy en los lomos?
    —¡Si, mierda, sí!
    —¿Cuántas veces?
    —Cuatrocientos puñetazos de cada lado, fuerte.
    Iba por la calle atizándome puñetazos. La gente me miraba, pero al poco tiempo dejóde importarme porque sabía que estaba consiguiendo algo y ellos no…
    La cosa funcionaba. Maravillosamente. Bajé de noventa kilos a setenta y ocho. Luego de setenta y ocho a setenta y cuatro. Me sentía diez años más joven. La gente me comentaba el buen aspecto que tenía. Todos menos Harry, el camionero. Solo porque estaba celoso, claro, porque no había conseguido nunca bajarle los pantis a Sara.
    Una noche di en la báscula los setenta kilos.
    —¿No crees que hemos bajado suficiente? —le dije a Sara—. ¡Mírame!
    Los michelines habían desaparecido hacía mucho. Me colgaba el vientre. Tenía la cara chupada.
    —Según los gráficos —dijo Sara—, aún no has alcanzado el tamaño ideal.
    —Pero oye —le dije—, mido uno ochenta, ¿cuál es el peso ideal?
    Y entonces Sara me contestó en un tono muy extraño:
    —Yo no dije «peso ideal», dije «tamaño ideal». Estamos en la Nueva Era, la Era Atómica, la Era Espacial, y, sobre todo, la Era de la Superpoblación. Yo soy la Salvadora del Mundo. Tengo la solución a la Explosión Demográfica. Que otros se ocupen de la Contaminación. Lo básico es resolver el problema de la superpoblación; eso resolverá la Contaminación y muchas cosas más.
    —¿Pero de qué demonios hablas? —pregunté, abriendo una botella de cerveza.
    —No te preocupes —contestó—. Ya lo sabrás.
    Empecé a notar entonces, en la báscula, que aunque aún seguía perdiendo peso parecía que no adelgazaba. Era raro. Y luego me di cuenta de que las perneras de los pantalones me arrastraban… y también empezaban a sobrarme las mangas de la camisa. Al coger el coche para ir al trabajo me di cuenta de que el volante parecía quedar más lejos. Tuve que adelantar un poco el asiento del coche.
    Una noche me subí a la báscula. Sesenta kilos.
    —Oye Sara, ven.
    —Sí, querido…
    —Hay algo que no entiendo.
    —¿Qué?
    —Parece que estoy encogiendo.
    —¿Encogiendo?
    —Sí, encogiendo.
    —¡No seas tonto! ¡Eso es increíble! ¿Cómo puede encoger un hombre? ¿Acaso crees que tu dieta te encoge los huesos? Los huesos no se disuelven! La reducción de calorías solo reduce la grasa. ¡No seas imbécil! ¿Encogiendo? ¡Imposible!
    Luego se echó a reír.
    —De acuerdo —dije—. Ven aquí. Coge el lápiz. Voy a ponerme contra esta pared. Mi madre solía hacer esto cuando era pequeño y estaba creciendo. Ahora marca una raya ahí en la pared donde marca el lápiz colocado recto sobre mi cabeza.
    —De acuerdo, tontín, de acuerdo —dijo ella
    Trazó la raya. Al cabo de una semana pesaba cincuenta kilos. El proceso se aceleraba cada vez más.
    —Ven aquí, Sara.
    —Sí, niño bobo.
    —Vamos, traza la raya.
    Trazó la raya.
    Me volví.
    —Ahora mira, he perdido diez kilos y veinte centímetros en la última semana. ¡Estoy derritiéndome! Mido ya uno cincuenta y cinco. ¡Esto es la locura! ¡La locura! No aguanto más. Te he visto metiéndome las perneras de los pantalones y las mangas de las camisas a escondidas. No te saldrás con la tuya. Voy a empezar a comer otra vez. ¡Creo que eres una especie de bruja!
    —Niño bobo…
    Fue poco después cuando el jefe me llamó a la oficina. Me subí en la silla que había frente a su mesa.
    —¿Henry Markson Jones II?
    —Sí señor, dígame.
    —¿Es usted Henry Markson Jones II?
    —Claro señor.
    —Bien, Jones, hemos estado observándolo cuidadosamente. Me temo que ya no sirve usted para este trabajo. Nos fastidia muchísimo tener que hacer esto… quiero decir, nos fastidia que esto acabe así, pero…
    —Oiga, señor, yo siempre cumplo lo mejor que puedo.
    —Lo conocemos, Jones, lo conocemos muy bien, pero ya no está usted en condiciones de hacer un
    trabajo de hombre.
    Me echó. Por supuesto, yo sabía que me quedaba la paga del desempleo. Pero me pareció una
    mezquindad por su parte echarme así…
    Me quedé en casa con Sara. Con lo cual, las cosas empeoraron: ella me alimentaba. Llegó un
    momento en que ya no podía abrir la puerta del refrigerador. Y luego me puso una cadenita de plata.
    Pronto llegué a medir sesenta centímetros. Tenía que cagar en una bacinilla. Pero aún me daba mi
    cerveza, según lo prometido.
    —Ay, mi muñequito —decía—. ¡Eres tan chiquitín y tan mono!
    Hasta nuestra vida amorosa cesó. Todo se había achicado proporcionalmente. La montaba, pero al cabo de un rato me sacaba de allí y se echaba a reír.
    —¡Bueno, ya lo intentaste, gatito mío!
    —¡No soy una mascota, soy un hombre!
    —¡Oh mi hombrecín, mi pequeño hombrecito!
    Y me cogía y me besaba con sus labios rojos…
    Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:
    —¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!
    En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio
    mientras ella batía palmas y reía.
    Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron hemorroides. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance.
    Le hacía canciones a Sara y las llamaba así: Canciones para Sara:
    sí, no soy más que un mosquito,
    no hay problema mientras no me ponga caliente,
    entonces no tengo dónde meterla,
    salvo en una maldita cabeza de alfiler.
    Sara aplaudía y se reía.
    si quieres ser almirante de la marina de la reina
    no tienes más que hacerte del servicio secreto,
    conseguir quince centímetros de altura
    y cuando la reina vaya a mear
    atisbar en su chorreante chochito…
    Y Sara batía palmas y se reía. En fin, así eran las cosas. No podían ser de otro modo…
    Pero una noche pasó algo muy desagradable. Estaba yo cantando y bailando y Sara en la cama, desnuda, batiendo palmas, bebiendo vino y riéndose. Era una excelente representación. Una de mis mejores representaciones. Pero, como siempre, la radio se calentó y empezó a quemarme los pies. Y llegó un momento en que no pude soportarlo.
    —Por favor, querida —dije—, no puedo más. Bájame de aquí. Dame un poco de cerveza. Vino no.
    No sé como puedes beber ese vino tan malo. Dame un dedal de esa estupenda cerveza.
    —Claro, queridito —dijo ella—. Lo has hecho muy bien esta noche. Si Manny y Lincoln lo hubiesen hecho tan bien como tú, estarían aquí ahora. Pero ellos no cantaban ni bailaban, no hacían más que llorar y cavilar. Y, peor aún, no querían aceptar el Acto Final.
    —¿Y cuál es el Acto Final? —pregunté.
    —Vamos, queridín, bébete la cerveza y descansa. Quiero que disfrutes mucho en el Acto Final. Eres mucho más listo que Manny y Lincoln, no hay duda. Creo que podremos conseguir la Culminación de los Opuestos.
    —Sí, claro, cómo no —dije, bebiendo mi cerveza—. Llénalo otra vez. ¿Y qué es exactamente la
    Culminación de los Opuestos?
    —Saborea la cerveza, monín, pronto lo sabrás.
    Terminé mi cerveza y luego pasó aquella cosa repugnante, algo verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí, entre sus piernas; las tenía abiertas, pero solo un poquito. Y me vi ante un bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro… había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba un gemido superiluminado.
    Y empezó a moverme más deprisa, más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo, zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.
    De pronto, me vi fuera de aquel terrible túnel. Sara me alzó hasta su cara.
    —¡Vamos, condenado! ¡Vamos! —exigió.
    Estaba totalmente borracha de vino y pasión. Me sentí embutido otra vez en el túnel. Me zarandeaba muy deprisa arriba y abajo. Y luego, de pronto, sorbí aire para aumentar de tamaño y luego concentré saliva en la boca y la escupí… una, dos veces, tres, cuatro, cinco, seis veces, luego paré… El hedor resultaba ya increíble, pero al fin me vi otra vez levantado en el aire. Sara me acercó a la lámpara de la mesita y empezó a besarme por la cabeza y por los hombros.
    —¡Oh, querido mío! ¡Oh, mi linda pinguita! ¡Te amo! —me dijo.
    Y me besó con aquellos horribles labios rojos y pintados. Vomité. Luego, agotada de aquel arrebato de vino y pasión, me colocó entre sus pechos. Descansé allí, oyendo los latidos de su corazón. Me había quitado la maldita correa, la cadena de plata, pero daba igual. No era más libre. Uno de sus gigantescos pechos había caído hacia un lado y parecía como si yo estuviese tumbado justo encima de su corazón: el corazón de la bruja. Si yo era la solución a la Explosión Demográfica, ¿por qué no me había utilizado ella como algo más que un objeto de diversión, un juguetito sexual? Me estiré allí, escuchando aquel corazón. Decidí que no había duda, que ella era una bruja. Y entonces alcé los ojos. ¿Saben lo que vi? Algo sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos, escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de su nariz. Muy lentamente llegué hasta su ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y alcancé el pelo… me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición segura y estiré el brazo… estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler. La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta para los chicos del almacén, Feliz Navidad.
    Por fin llegué de nuevo a aquel pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar
    el punto exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, un lunar. Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura, tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía estar a menos de veintidós centímetros.
    Alcé el alfiler y lo clavé. Justo debajo de la mancha marrón. Sara se agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a punto de tirarme al suelo… lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido. Luego toda ella pareció estremecerse como si sintiese escalofríos. Me incorporé y le hundí los siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa cabeza de cristal púrpura chocó con la piel. Entonces quedó inmóvil. Escuché. Oí el corazón, uno, dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno… Se paró.
    Y entonces, con mis manitas asesinas, me agarré a la sábana y me descolgué hasta el suelo. Medía quince centímetros y era un ser real y aterrado y hambriento. Encontré un agujero en una de las ventanas del dormitorio que daba al Este, me agarré a la rama de un matorral y descendí por ella al interior de este. Solo yo sabía que Sara estaba muerta, pero desde un punto de vista realista no significaba ninguna ventaja. Si quería sobrevivir, tenía que encontrar algo que comer. De todos modos, no podía evitar preguntarme qué decidirían los tribunales sobre mi caso. ¿Era culpable? Arranqué una hoja e intenté comerla. Inútil. Era intragable. Entonces vi que la señora del patio del sur sacaba un plato de comida de gato para su gato. Salí del matorral y me dirigí al plato, vigilando posibles movimientos, animales. Jamás había comido algo tan asqueroso, pero no tenía elección. Devoré cuanto pude… peor sabía la muerte. Luego volví al matorral y me encaramé en él.
    Allí estaba yo, quince centímetros de altura, la solución a la Explosión Demográfica, colgando de
    un matorral con la barriga llena de comida de gato.
    No quiero aburrirlos con demasiados detalles de mis angustias cuando me vi perseguido por gatos y perros y ratas. Percibí que poco a poco mi tamaño aumentaba. Los vi llevarse de allí el cadáver de Sara. Entré y descubrí que era aún demasiado pequeño para abrir la puerta de la nevera.
    Un día el gato estuvo a punto de cazarme cuando le comía su almuerzo. Tuve que escapar.
    Ya medía entonces entre veinte y veinticinco centímetros. Iba creciendo. Ya asustaba a las palomas. Cuando asustas a las palomas puedes estar seguro de que vas consiguiéndolo. Un día sencillamente corrí calle abajo, escondiéndome en las sombras de los edificios y debajo de los setos y así. Y corriendo y escondiéndome llegué al fin a la entrada de un supermercado y me metí debajo de un puesto de periódicos que hay junto a la entrada. Entonces vi que entraba una mujer muy grande y que se abría la puerta eléctrica y me colé detrás. Una de las dependientas que estaba en una caja registradora alzó los ojos cuando yo me colaba detrás de la mujer.
    —¿Oiga, qué demonios es eso?
    —¿Qué —preguntó una cliente.
    —Me pareció ver algo —dijo la dependienta—, pero quizá no. Supongo que no.
    Conseguí llegar al almacén sin que me vieran. Me escondí detrás de unas cajas de legumbres cocidas. Esa noche salí y me di un buen banquete. Ensalada de papas, pepinos, jamón con arroz y cerveza, mucha cerveza. Y seguí así, con la misma rutina. Me escondía en el almacén y de noche salía y hacía una fiesta. Pero estaba creciendo y cada vez me era más difícil esconderme. Me dediqué a observar al encargado que metía el dinero todas las noches en la caja fuerte. Era el último en irse. Conté las pausas mientras sacaba el dinero cada noche. Parecía ser: siete a la derecha, seis a la izquierda, cuatro a la derecha, seis a la izquierda, tres a la derecha: abierta. Todas las noches me acercaba a la caja fuerte y probaba. Tuve que hacer una especie de escalera con cajas vacías para llegar al disco. No había modo de abrir, pero seguí intentándolo. Todas las noches. Entretanto, mi crecimiento se aceleraba. Quizá midiese ya noventa centímetros. Había una pequeña sección de ropa y tenía que utilizar tallas cada vez mayores. El problema demográfico volvía. Al fin una noche se abrió la caja. Había veintitrés mil dólares en metálico. Tenía que llevármelos de noche, antes de que abrieran los bancos. Cogí la llave que utilizaba el encargado para salir sin que se disparase la señal de alarma. Luego enfilé calle abajo y alquilé una habitación por una semana en el Motel Sunset. Le dije a la encargada que trabajaba de enano en las películas. Solo pareció aburrirla.
    —Nada de televisión ni de ruidos a partir de las diez. Es nuestra norma.
    Cogió el dinero, me dio un recibo y cerró la puerta.
    La llave decía habitación 103. Yo ni siquiera había visto la habitación. Las puertas decían noventa y ocho, noventa y nueve, cien, 101, y yo caminaba rumbo al Norte, hacia las colinas de Hollywood, hacia las montañas que había tras ellas. La gran luz dorada del Señor brillaba sobre mí, y yo crecía.
    FIN
    31 min
  • SOBRE EL TRABAJO. Bukowski
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    El viejo, envió esta carta a John Martin, publicista de Black Sparrow Press que en 1969 le hizo una proposición extraordinaria: le pagaría 100 dólares mensuales para que Bukowski renunciara a su trabajo y se dedicara únicamente a escribir. Dos años después entregó a Black Sparrow Press su primera novela: Cartero. GRACIAS JOHN, DE PARTE DE TODOS. La música es Beneath the Moonligth y pertenece a la base de Youtube. 12 de agosto de 1986 Hola, John: Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar. Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”. Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo. Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas? Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”. Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente. Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa: “Estuve aquí 35 años…”. “No es justo…”. “No sé qué hacer…”. A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar? Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema. Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”. Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida. Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente vieja y con un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacia, al menos, una muerte generosa. No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí. Tu muchacho, Hank
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  • Raúl Zibechi Seminario Un mirada al "Capital. Crítica de la economía política" Marx a 150 años de la publicación
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    Conferencia central realizada por Raúl Zibechi en la Universidad del Cauca el 03 de mayo de 2017 en el marco del Seminario Un mirada al "Capital. Crítica de la economía política" Marx a 150 años de la publicación
    Raúl Zibechi (nacido el 25 de enero de 1952 en Montevideo) es un escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina.
    Entre 1969 y 1973 fue militante del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), agrupación estudiantil vinculada al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Bajo la dictadura militar, iniciada en 1973, fue activista en la resistencia al régimen hasta que en 1975 se trasladó a Buenos Aires (Argentina) para exiliarse en 1976, después del golpe militar en ese país, en Madrid, España, donde estuvo vinculado durante más de diez años al Movimiento Comunista en tareas de alfabetización de campesinos y en el movimiento antimilitarista contra la OTAN.
    Hacia mediados de la década de 1980 comenzó a publicar artículos en revistas y periódicos de izquierda (Página Abierta, Egin, Liberación) y en medios latinoamericanos (Página /12, Argentina) y Mate amargo (Uruguay). Al regresar a Uruguay, publicó en el semanario Brecha, del cual se convirtió en editor de Internacionales. También trabajó en la revista ecologista Tierra Amiga, entre 1994 y 1995.
    Desde 1986, como periodista e investigador-militante ha recorrdio casi todos los países de América Latina, con especial énfasis en la región andina. Conoce buena parte de los movimientos de la región, y colabora en tareas de formación y difusión con movimientos urbanos argentinos, campesinos paraguayos, comunidades indígenas bolivianas, peruanas, mapuche y colombianas. Todo su trabajo teórico está destinado a comprender y defender los procesos organizativos de estos movimientos.
    51 min
  • En la Frontera - Entrevista al Teniente Segura- 14 feb. 2018
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    Programa de 'En la Frontera' del miércoles 14 de febrero de 2018.
    El autor de ‘Un paso al frente’, la novela en la que se denuncian presuntas prácticas corruptas dentro de las Fuerzas Armadas, relata las “durísimas” semanas que ha pasado internado en este centro militar, donde “pasaba 22 horas al día incomunicado” denuncia.
    Desde el primer día se le prohibió mantener contacto con otros internos, por lo que su única comunicación se reducía a las dos horas en las que podía recibir llamadas de familiares o de sus abogados.
    “Bájate los pantalones”
    Uno de sus peores recuerdos que guarda es del día en que se presentaron una serie de militares en su celda para una “inspección y registro personal”. “Me dijeron quítate la guerrera, las botas, bájate los pantalones hasta las rodillas y súbete la camiseta”. Todo ello “delante de personal femenino, que participó en el registro” indica, algo que “es humillante y va contra las normas”.
    Otro día le comunicaron que debía meterse una furgoneta porque iba a ser trasladado. Una vez dentro se enteró que le llevaban hacia el hospital Gómez Ulla para realizarle pruebas “sin mi consentimiento”. Un hecho por el que ha denunciado al jefe del establecimiento disciplinario.
    Tampoco se le otorgó un permiso especial para acudir al funeral de su tío, fallecido durante su estancia en Colmenar. “Pedí sólo cuatro horas fuera, pero me lo negaron” asegura.
    Asegura que durante sus 50 días de esta tercera ronda de sanción le fueron negados numerosos derechos “que sí tenían otros internos”. Por ejemplo, disponer de una radio para mantenerse informado.
    “Me dijeron que podría haber algo extraño dentro de la radio. En las cárceles, los terroristas tienen derecho a tener un ebook o a hacerse fotografías con sus familias, pero yo no tuve derecho a una radio”.
    Según valora, “lo que buscan con esto es ejemplarizar, hacer visible para otros que quieran seguir mi ejemplo que al que denuncie corrupción lo machacan”. Asume que uno de los dos expedientes de expulsión que tiene abiertos acabará con su carrera en las Fuerzas Armadas, en vista de que “las sanciones han perdido efecto, cuando salgo vuelvo a hablar claro”, asegura con firmeza el teniente Segura.
    15 min
  • Entrevista a Carlos Enrique Bayo-Cloacas del Estado-EnLaFrontera73- Billy el Niño Torturador
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    Antonio González Pacheco1? (Aldea del Cano, Cáceres, 10 de octubre de 1946), más conocido por su sobrenombre Billy el Niño,2?3? es un antiguo miembro de la policía franquista e inspector del Cuerpo Superior de Policía durante la Transición.
    Nació en el seno de una familia humilde en Aldea del Cano, un pueblo de Extremadura.
    Durante la dictadura franquista ingresó en el Cuerpo General de Policía, y llegó a ser número dos del comisario Roberto Conesa en la Brigada Político-Social.4? Pronto se hizo conocido por las palizas y los malos tratos que infligía a los detenidos durante los interrogatorios en la sede de la Dirección General de Seguridad.5?6? Ya en 1974 un juzgado le condenó a una multa por las coacciones y malos tratos infligidos al periodista Paco Lobatón.7? El exparlamentario regional José Luiz Uriz le relacionó con la muerte del estudiante Enrique Ruano, ocurrida en 1969 en circunstancias no esclarecidas del todo.5? A partir de 1977, en pleno proceso de la Transición, pasó a ser inspector del Cuerpo Superior de Policía e integrado en la nueva Brigada Central de Información, tras la desaparición de la Brigada Político-Social. En esta época se destacó en la lucha antiterrorista contra el GRAPO, en especial por la liberación del presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol, que había estado secuestrado por aquel grupo. En julio de ese año el ministro de la Gobernación Rodolfo Martín Villa le concedió la medalla de plata al Mérito Policial.5?
    En 1981 fue traslado a la Comisaría General de Policía Judicial, lo que se interpretó como una medida para «intentar mejorar la imagen de la Brigada Central de Información».8? Poco después, en 1982 abandonó la policía y desde entonces pasó a trabajar como jefe de seguridad para varias empresas privadas, como Renault España.
    El 18 de septiembre de 2013 la jueza argentina María Servini dictó orden internacional de búsqueda y captura contra él y otros cuatro antiguos miembros de las fuerzas de seguridad franquistas.7? La justicia argentina le reclama por un delito de torturas cometido contra trece personas entre 1971 y 1975,9? sobre la base de una querella realizada por antiguos opositores a la dictadura franquista. En vistas de una posible extradición, el 5 de diciembre la Audiencia Nacional le retiró el pasaporte y le ordenó presentarse cada semana en sede judicial.9?10? En abril de 2014 la Audiencia Nacional rechazó la extradición de González Pacheco, argumentando que dichos delitos de torturas están «ampliamente prescritos», en oposición al razonamiento jurídico de la magistrada Servini.
    8 min

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Paso a Mp3 lo que me interesa escuchar para estar in-formado porque no me gusta…