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Con la Navidad, las invitaciones constantes y la comida como eje de reuniones y celebraciones, muchas personas llegan a estas fechas anticipando tentaciones, horarios desordenados y un aumento de la presión social. En ese contexto, la psicóloga experta en psiconutrición Sofía Gutiérrez Lozano, responsable de Espacio Zen y profesora de Tai Chi y meditación, explica en EgunOn Magazine que para quienes viven con sobrepeso u obesidad estas jornadas pueden percibirse como una auténtica “pesadilla” más que como un simple paréntesis festivo.
Gutiérrez señala que uno de los patrones más frecuentes es el pensamiento de “ya que me he pasado una vez, me paso diez”, una dinámica que empuja al descontrol por la idea de que “ya está todo perdido”. En su planteamiento, es clave asumir que estos días no van a ser como la rutina habitual —porque cambian horarios, se alargan comidas y se multiplican planes—, pero sin convertir esa excepción en una excusa para enlazar excesos durante jornadas enteras.
La especialista defiende que, en reuniones familiares, lo más saludable es que cada persona pueda gestionarse sin ser convertida en “la diferente”. Advierte de que los comentarios del tipo “no comas eso” o “ten cuidado” pueden intensificar la culpa que ya arrastra quien tiene problemas con el peso y, paradójicamente, empujar a comer más a escondidas o a vivir la comida desde la ansiedad. Por eso insiste en reducir el foco sobre el cuerpo y evitar valoraciones no solicitadas, especialmente cuando se trata de familiares a los que se ve poco y que tienden a opinar sin filtros.
Gutiérrez remarca que el aumento de peso no puede reducirse a “come mucho”, porque intervienen factores genéticos, hormonales, emocionales y de estilo de vida, además del ejercicio. En su experiencia, existe una parte importante vinculada al hambre emocional, entendido como esa búsqueda de recompensa o alivio en la comida cuando hay estrés, frustración o malestar. Desde ahí, pide desterrar lecturas simplistas y abordar el tema como salud física y mental conectadas, no como una cuestión de voluntad.
En estas fechas, añade, el estrés no siempre baja: puede aumentar por la acumulación de planes, compromisos y actividades. Y cuando la persona se relaja, a veces recurre automáticamente a lo más accesible: la comida. Por eso propone abrir otras salidas —paseos, excursiones, descanso real, actividades que cuiden— y rebajar la agenda social si hace falta, sin sentir obligación de acudir a todas las reuniones posibles.
La psicóloga cuestiona el enfoque “pesocentrista” que coloca el objetivo en una cifra de báscula. Considera que las dietas, al basarse en la prohibición, suelen activar el deseo por lo restringido y favorecen el rebote, porque no sostienen cambios profundos: hábitos mentales, gestión emocional, contexto familiar, descanso o ejercicio. En su trabajo —también con equipos multidisciplinares— insiste en que alcanzar un peso concreto no garantiza sentirse bien, si no se atienden aspectos como autoestima y autoconcepto.
De cara a estas fiestas, Gutiérrez plantea una idea práctica: identificar que, en esencia, hay cuatro encuentros principales (Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Reyes) y que el resto de días se puede volver a una pauta habitual de cuidado. Sugiere introducir opciones más ligeras (como ensaladas o fruta) sin caer en menús “de castigo”, aumentar el movimiento con planes sencillos y, si ayuda, organizarse: decidir con antelación cómo cuidarse, qué compromisos aceptar y qué límites poner para no convertir la Navidad en una carrera de fondo agotadora.
En plena recta final del año, cuando vuelven las estampas ideales y las reuniones se encadenan. En EgunOn Magazine hemos hablado con el psicólogo humanista Felipe Pesquera González ha puesto el foco en un mensaje sencillo: la llamada “familia perfecta” no existe y sostener ese ideal suele pasar factura. En su análisis, ha situado la Navidad como un momento especialmente sensible por el peso de las expectativas, los rituales y la convivencia intensiva.
Pesquera ha explicado que desmontar la idea de una familia sin conflictos ayuda a reducir emociones como la ansiedad, la rabia, la pena o la culpabilidad cuando la realidad no encaja con lo que se espera. A su juicio, asumir que el conflicto forma parte de la convivencia hace a las personas más libres y más equilibradas en lo emocional, porque rebaja la autoexigencia y el sentimiento de “no estar a la altura”.
El psicólogo ha advertido de que los medios y, sobre todo, las redes sociales tienden a mostrar a las familias en sus mejores momentos, dejando fuera los roces cotidianos, las tensiones o los desacuerdos. Ese escaparate, ha señalado, empuja a muchas personas a compararse sin tener en cuenta lo que no se ve, lo que acaba aumentando la distancia entre el ideal y la vida real.
Según ha detallado, esa brecha suele traducirse en sensaciones de fracaso, frustración y culpa, especialmente en quienes no disponen de herramientas de afrontamiento o han crecido en entornos familiares con poca comunicación, escaso respeto o dinámicas disfuncionales. En esos casos, ha indicado, el malestar se vuelve más pesado y persistente.
Pesquera ha descrito que en las reuniones familiares suelen reaparecer rencillas antiguas, envidias o asuntos no resueltos, y que las fechas señaladas se convierten a menudo en el escenario perfecto para reproches. También ha apuntado que la presencia de familia política y la conversación sobre asuntos como política, religión o economía puede actuar como chispa, porque dentro de una misma familia rara vez se piensa o se vive lo mismo.
Sobre la estrategia de callar para mantener las apariencias, ha sostenido que suele generar impotencia y rabia, y que lo no dicho se acumula hasta salir después de forma más intensa y descontrolada. En su enfoque, la contención constante termina empeorando el problema, porque desplaza el conflicto en lugar de resolverlo.
El psicólogo ha defendido que tomar distancia emocional —y, si hace falta, física— puede ser necesario para empezar a cuidarse, enfriar la situación y replantear límites. Ha planteado esa distancia como una medida que permite repensar lo ocurrido y, en algunos casos, facilitar el reconocimiento del daño.
Pesquera ha afirmado que el malestar también se reduce cuando se acepta a la familia con virtudes y defectos, entendiendo que todas arrastran heridas, cargas y pasados. En esa línea, ha subrayado que el afecto no debe vivirse como una deuda y que no siempre se recibe lo mismo que se da, por lo que ha aconsejado no obligarse a sentir algo que no nace de manera natural.
Entre los indicadores de una dinámica más saludable, ha mencionado la escucha activa, hablar sin culpabilizar, evitar juicios constantes y mantener el respeto aunque existan diferencias. También ha insistido en que la comunicación fluida es una base clave: cuando se pierde el diálogo, los problemas tienden a enquistarse.
El psicólogo ha situado el punto de inflexión en el impacto del conflicto en la vida diaria: cuando el malestar afecta al trabajo, al descanso o a la capacidad de funcionar con normalidad, o cuando la culpa por poner límites se vuelve inasumible, ha recomendado buscar apoyo profesional para acompañar el proceso y ordenar lo vivido.
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