Para ilustrar el asunto del tiempo, Juan Marcos Tripolone leyó en el inicio el poema "El tiempo" de Jorge Luis Borges. Luego, nuestro invitado Jorge Baletti, licenciado en educación y profesor universitario de filosofía, leyó un texto que compendia ideas de distintos filósofos, para introducir una apasionante charla sobre la concepción del tiempo desde una perspectiva educativa, filosófica y del coaching de vida, en épocas de cuarentena.
¿Qué es el tiempo, desde la dimensión de la filosofía, y desde la dimensión del coaching personal? ¿Qué representa Genius en nuestras vidas cotidianas hoy? ¿Cómo nos “influye”? ¿Qué historias nos ha entretejido en estos días? ¿Qué es la impersonalidad y la preindividualidad? ¿Somos preexistentes? ¿Nuestro ser o mente trasciende al cuerpo? ¿El tiempo nos vive? ¿Nos trasciende realmente, o es un constructo o diseño humano, cultural? ¿trasciende al reloj?
En en el concepto más moderno de la física, el tiempo es relativo. ¿Desde el punto de vista de la filosofía también?
¿El tiempo es percepción? ¿Cuando uno se profundiza, se hace consciente, cambia el tiempo? ¿Con el multitasking ganamos o perdemos tiempo?
La definición de tiempo de San Agustín es un bucle que se autoinvoca y utiliza al tiempo mismo para mostrar su propio paso.
Luego escuchamos la canción El Tiempo, El Implacable, El Que Pasó de Pablo Milanés, interpretada por Mercedes Sosa. A continuación, compartimos su letra:
El tiempo, el implacable
El que paso
Siempre una huella triste
Nos dejo
Que violento cimiento
Se forjo
Llevaremos su marca
Imborrable
Aferrarse a las cosas detenidas
Es ausentarse un poco
De la vida
La vida que es tan corta
Al parecer
Cuando se han hecho cosas
Sin querer
En este breve ciclo en
Que pasamos
Cada paso se da por que
Se siente
Al hacer un recuento
Ya nos vamos
Y la vida paso
Sin darnos cuenta
Cada paso anterior
Deja una huella
Que lejos de borrarse
Se incorpora
A tu saco tan lleno
De recuerdos
Que cuando menos
Se imagina aflora
Por que el tiempo
El implacable
El que paso
Siempre una huella
Triste nos dejo
«Un mundo en estado de excepción no puede pedirle a la educación normalidad»
por Pablo Gutiérrez de Álamo
El escritor y pedagogo Carlos Skliar se muestra algo escéptico sobre los aprendizajes que puedan sacarse de esta crisis del Covid-19 que vivimos. El sistema de mercado, dice, es capaz de reponerse de las crisis y la sociedad, en muchos casos, se muestra acrítica con lo que ocurre. Un ejemplo puede ser el modo en el que los sistemas educativos siguen queriendo funcionar con «normalidad» en donde ya no queda nada «normal».
Carlos Skliar es muchas cosas: escritor, pensador, investigador y pedagogo. También es investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina, CONICET, e investigador del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO-Argentina. Desde hace años tiene la vista puesta en la infancia y en las diferencias. Ha desarrollado lo que ha dado en llamar pedagogía de las diferencias, de hecho, y reflexiona sobre el papel que estas tienen en el mundo. Hablamos con él para saber cómo está viviendo estas semanas y para reflexionar sobre la educación en estos momentos de pandemia.
La contraposición habitual entre contenidos y competencias la evita para hablar de la necesidad de otros contenidos y formas de hacer, no solo ahora sino en general en la educación. Dar cabida a temas que implican una conversación sobre la vida y la realidad, dejando a un lado aquellos que parecen sacados de «los informativos de la televisión o a las formas superfluas de opinión de influencers y coachings en las pantallas».
¿Cómo está pasando este tiempo en Buenos Aires? ¿Cómo está siendo allí la pandemia, el confinamiento?
En Buenos Aires en particular, y en Argentina en general, hemos tenido la suerte de un Estado presente desde el comienzo, atento a la experiencia dramática de otras partes del mundo y, aun viviendo una situación de pauperización que se venía arrastrando desde hace un tiempo, consciente de que la dicotomía entre salud y mercado es falsa. El confinamiento sigue siendo estricto desde hace más de un mes, en general se lo ha respetado, pero suenan algunas alarmas a propósito de las violencias de género, las violencias hacia niñas y niños, y las difíciles condiciones económicas de quienes no pueden buscar su sustento diariamente,
En España, después de casi dos meses de encierro, niñas y niñas han salido a la calle ¿Cómo está siendo en la Argentina?
Todavía hoy, a fines de abril, las niñas y niños no han podido salir a la calle y ya hay una serie de medidas que indican que pronto lo harán. Se percibe ese aire enrarecido en las calles cuando, al salir por un trámite o una compra o para ayudar en algún centro educativo u hospitalario, no se ven ni niñas, ni niños, ni ancianos. El extrañamiento, para mí, es mayúsculo: el paisaje ciudadano está despojado de sus edades más frágiles, más esenciales.
Durante estas semanas de confinamiento, y las que quedan, aquí se intenta que el curso siga con cierta normalidad. Parece que darlo por terminado (quedan dos meses por delante) es excesivo, injusto. ¿Cómo lo ve usted?
Tengo una opinión desde los márgenes al respecto. Un mundo en estado de excepción, una vida puertas adentro, una sociedad amenazada y el distanciamiento social no pueden pedirle a la educación ni “normalidad”ni “habitualidad”. Por un lado creo que lo que nos salva es cierta ritualidad, sí, pero no una determinada repetición. Me da la sensación que dada la contingencia inesperada es hora que la educación revierta su tendencia dócil y adaptativa a las exigencias de la época anterior (el conocimiento lucrativo, la aceleración del tiempo, la híper-tecnología, el vínculo utilitario entre competencias y mercado, etc.) y pueda concentrarse en dos dimensiones poco reconocidas o bien abandonadas: por un lado la conversación a propósito de qué hacer con el mundo y qué hacer con nuestras vidas, justamente ahora que el mundo vuelve a estar en riesgo y que las vidas se han visto confinadas; por otro lado, el hacer cosas juntos que nos devuelvan el tiempo liberado: la narración, el arte, la lectura, el juego, la filosofía.
¿Cree que en este tiempo se está mirando correctamente a la infancia? ¿Hay margen para un cambio de perspectiva, más cercana a la de sus derechos?
Desde hace un tiempo vengo pensando que la época anterior a la pandemia había ya producido una separación dolorosa entre niñez e infancia, es decir, que la mayoría de los niños habían perdido la posibilidad de una experiencia de tiempo de intensidad, no sometida a la lógica de las finalidades, las utilidades, a la exigencia de rendimiento. No solo la niñez habría perdido su infancia sino la humanidad en general. La solución por los derechos me parece una parte del problema, quizá su carácter más enunciativo, pero creo que hay algo más: insisto en que buena parte de la actividad pre-escolar y escolar debería tener como condimento esencial el “devolver” infancia la niñez, esto es para mí lo más formativo, lo que se recordará con el paso tiempo, lo que hará que una nueva generación no se “adultice” tan rápida y dolorosamente.
En su pensamiento está presente la dicotomía entre vida y mercado, entre lo que es la educación y lo que debería ser. La situación actual, el interés de los gobiernos porque los contenidos curriculares sigan, a pesar de las carencias y dificultades de muchas familias y niñas y niños, ¿qué le parece?
Si entendiéramos por contenidos aquellas preguntas, cuestiones, problemas, encrucijadas que a cada momento pone sobre la mesa educativa, si pudiésemos comprender que esos contenidos no pueden solo parecerse a los informativos de la televisión o a las formas superfluas de opinión de influencers y coachings en las pantallas, si creyéramos de verdad que los contenidos configuran en realidad una conversación serísima sobre el mundo y sobre la vida, sean o no curriculares, dar continuidad tiene un aspecto de ritual que a mi modo de ver debe sostenerse. Pero quizá este procedimiento se ha vuelto obsesivo y poco interesante, reduciéndolo todo a sus formas más banales: dar tareas, exigir su cumplimiento, evaluar, y todo a través de mecanismos virtuales. Entiendo la situación de emergencia y la desorientación que nos provoca. Pero: ¿a esto queda reducida la forma –siempre informe, siempre por hacerse- de la escuela? ¿Y la conversación que debería acontecer, por ejemplo, durante y después de una lectura, de un juego, de una información determinada? ¿Y la compañía de los educadores y de pares? El mercado siempre parece encontrar respuestas a sus crisis, pero la educación no puede someterse a esa lógica ni hacer de cuenta que todo sigue tal cual era. Por el contrario, si hubiera alguna oportunidad en este tiempo, es aquella de mostrar esa “anormalidad”y las causas que la produjeron.
Hace unos días leía una entrevista que le hacían en Página 12. Decía en ella: “Dado el agobio de lo real, ¿qué espacio de libertad se puede crear?”. Hoy, dado el agobio generalizado, ¿qué se respondería a usted mismo?
Los espacios de libertad son siempre condicionales o condicionados, y quizá la palabra libertad hoy suene absurda o esté pisoteada. Cuando pienso en la experiencia de libertad lo relaciono con cierta imagen de apartarse, de refugiarse, de cuidarse de ciertos hechos horrorosos que el mundo viene provocando en las vidas; pero no lo hago en términos individuales, auto-referenciales, solo para quienes pueden ejercer una práctica libertaria personal. En educación esta palabra, como también igualdad o solidaridad, no puede ser sino una idea colectiva, y se refiere a la posibilidad de encontrar en las instituciones esos espacios liberados del trabajo y del peso que supone ser adulto en este mundo. En términos más acotados me parece que se puede oponer esa imagen de experiencia de libertad con la exigencia de rendimiento. Una actividad, que en sus orígenes es ofrecida como experiencia de libertad común y enseguida pasa a tener un aire a exigencia de rendimiento, pierde su sentido de presente y de trascendencia.
¿Cree que en estas semanas se ha revalorizado la relación entre maestros y alumnado o que puede afianzarse la idea de que la educación es posible sin docentes?
Había leído tiempo atrás que en cierta literatura especializada ya se anunciaba la educación sin educadores, y me resultaba curiosa la idea, por no decir absurda. La vida en general, no solo la vida escolar, sería impensable sin maestros, sin aquellos con quienes hacernos preguntas, sin aquellos con quienes pensar en voz alta, sin poder escuchar la narración de lo ancestral y no solo de las novedades, sin tener otras referencias adultas fuera de los padres, sin reunirse alrededor de lo público, sin aprender los modos artesanales en que se construyen los saberes, sin ser cuidados y sin la experiencia de la igualdad. Esto define no solo la necesidad de una figura sino también la necesidad de un espacio como las escuelas. Ahora bien: en esta contingencia los educadores están agotados, están trabajando mucho más que antes, deben preparar incluso lo que no puede prepararse de antemano, sin olvidar que en este lado del mundo las condiciones de esa labor siguen siendo precarias, tanto material como simbólicamente.
Tengo la sensación que durante la pandemia de lo que se trata en educación es solo de hacer hacer, de mantener ocupados a los niños y los jóvenes
¿Cuál puede ser el papel de maestras y maestros estos días?
Los partidarios del vínculo unívoco y absoluto entre educación y nuevas tecnologías, como única forma válida de transmisión en el reinado de las sociedades del aprendizaje, están de parabién.
Las escuelas, los colegios y las universidades están vaciadas –y llenas de fantasmas– en sus espacios pero no en sus dictados: todo se hace a distancia, como era de prever, sin olvidar que antes de la cuarentena buena parte de los sistemas educativos tendían a ello o deseaban hacerlo de una buena vez. La tecno-educación ya había invadido las aulas en buena parte de las prácticas y el mercado había apostado decididamente por la creación de una posibilidad cierta de hacer de las instituciones de formación salas virtuales, salvo bellas y contadas excepciones.
Cuánto de lo humano ya era en sí tecnología es algo que puede y debe discutirse, pero la invasión en estos tiempos críticos de recursos, formas, estrategias, diseños, herramientas, buenas prácticas, todos ellos afiliados a la idea de virtualidad es una preocupación que me resulta insoslayable. ¿Qué queda del educador que toma la palabra y la democratiza a través de los sinuosos caminos de las miradas y las palabras de los estudiantes? ¿Qué queda de las formas conjuntas de hacer arte y artesanía, de tocar la tierra, de jugar, bajo la forma tiránica de la pantalla siempre-encendida?
Tengo la sensación que durante la pandemia de lo que se trata en educación es solo de hacer hacer, de mantener ocupados a los niños y los jóvenes, de replicar horarios y rutinas. Como si pudiéramos reconcentrarnos en un mundo que está en aislamiento y olvidarnos de lo que nos angustia y conmueve. Así vistas las cosas, así condensadas, es factible que la imagen del educador quede completamente desdibujada, sea una suerte de parodia de sí misma, o bien ofrezca a algunos desapasionados por la formación la salida tan buscada a su propio hartazgo. Hay una confusión, deliberada o no, de medios y metas, de lo cerrado y lo abierto, del ejercicio y su posible trascendencia, de la tarea y del arte, del aprender por medio de, a aprender con alguien qué, de la conectividad y del contacto.
Hoy, ahora mismo, si hubiera una potencia en el educador ella es la del cuidado, la compañía, la conversación a propósito del mundo y de la vida, y la hospitalidad. No se trata de contenidos sino de continentes, no es una cuestión de formato sino de urgente presencia. Y no es un problema de estar-ocupados sino de estar-juntos.
Han quedado al descubierto las enormes diferencias en las condiciones de acceso a la educación de la infancia… ¿cree que aumentará la preocupación de los gobiernos una vez que termine el confinamiento?
Casi toda la infancia ha sido ahora dividida entre quienes acceden a internet desde sus casas y quienes no lo hacen y, de aquí, ya se ha vislumbrado una relación con el aprendizaje porvenir. Los gobiernos tienen y tendrán por delante una difícil tarea que es la reconstrucción desde las cenizas. Sin olvidar que los sistemas públicos de salud, de educación, de cultura, ya estaban comprometidos o desahuciados en buena parte del mundo, en estas latitudes habrá una niñez literalmente mucho más empobrecida que antes y habrá que imaginar y reinventar políticas de urgencia.
¿Qué habremos de aprender para salir de esta crisis con sociedades más fortalecidas?
Soy algo escéptico al respecto, porque podría ser que el sistema económico actual se haya visto herido en esta pandemia, y acelere sus procesos de desigualdad para compensar las pérdidas. También es cierto que se escucha por todas partes la idea de que estamos frente a una oportunidad. Que todo esto, cuando acabe, si es que acaba, nos hará mejores. Puede ser, ojalá, incluso me gustaría contribuir y participar en ello. Pero en este momento uno debería ser mucho más cauto o evitar, al menos, ser negligente: hay gente que se ha muerto y otra que se morirá, sobre todo ancianos, y no parece que morirse sea una oportunidad. En todo caso espero que la experiencia de pérdida de confort y seguridad, que la experiencia del hilo tenue que separa la vida de la muerte, que la experiencia de tantas y tantos que han hecho de este tiempo doloroso un tiempo de solidaridad, generosidad y responsabilidad, se imponga por sobre la mezquindad deshumanizante del mercado.
César Bona: «Los chavales necesitan una llamada de sus profes, no fichas»
La situación actual está evidenciando los descosidos del sistema, dice este profesor, que pregunta: «¿Qué pasa si no ponemos un número ahora, no vale para nada lo aprendido?». Le gustaría que sirviera como punto de inflexión, pero teme que la inercia se impondrá en septiembre. «No podemos hacer que no pasó nada»
Quiere desbordar el río de la educación, que el caudal salpique herramientas trascendentales en la vida: la salud, el respeto a uno mismo, a los demás y al medio ambiente, las emociones... que como se dan por básicas, apenas hay tiempo para tratar. Sin embargo, hasta a César Bona le cuesta, aunque sea sin intención, no volver al cauce de los contenidos. Nos invita a reflexionar sobre el sistema actual, a él le gustaría que este parón fuera un punto de inflexión, pero se teme que la inercia y la presión se antepondrán al cambio que desea: la humanización de la educación.
-Dadas las circunstancias excepcionales, ¿eres partidario de que haya tercer trimestre o no?-
Ahora a los adultos se nos vienen muchas preguntas sobre niños y adolescentes. Muchas veces son las mismas esperando respuestas diferentes. Lo que tenemos que hacer es cambiar las preguntas. Sin embargo, un periodista me decía: ‘Siendo prácticos, ¿con cuántos suspensos pasarías a un niño?‘. Y yo pensaba: ‘Si eso es la practicidad en educación, me bajo’. Siendo práctico lo que hay que hacer es cambiar todo el sistema en el que estamos ahora mismo, y no es una utopía. Lo que tenemos que hacer es tomar esto con perspectiva, ver qué sistema tenemos, qué funciona bien y qué no. Esta situación tan excepcional está desvelando los descosidos: dependencia de las notas a las que estamos atados, ¿si no se pone un número ahora mismo no sirve de nada lo aprendido hasta ahora? No, bastaría con una frase: ‘Lo ha hecho bien hasta ahora y lo va a hacer bien a partir de ahora‘. También desvela la presión brutal de contenidos en la que viven los niños, las familias y los docentes.
-Cierto, pero llevamos un mes con el mismo debate.-
Por eso es muy importante abrir otras ventanas. Esta situación también pone de manifiesto lo alejado de la realidad que está el sistema. Desvela la inflexibilidad del currículo…
-Y que no contempla las realidades de cada casa.-
Efectivamente. Diez familias son diez realidades diferentes y en ninguna la situación ha mejorado. Algunas se van a mantener, pero en otras será peor, porque falta un familiar, un trabajo o no tienen los medios de otras familias. Es necesario un ejercicio de empatía como antes no habíamos tenido. Empatía con los adultos y hacia los más pequeños, porque esto también desvela la «adultización extremada de las Administraciones educativas». Parece mentira que sigan presionando a los docentes para que manden tareas o para que evalúen y examinen, mientras se está viviendo una situación impresionante en la cual lo que necesitan los chavales es una llamada: ’No te preocupes que yo sigo aquí y cuando todo esto acabe lo primero que haremos será darnos un abrazo‘. Esto es lo que necesitan, en vez de fichas que nos obligan a mandar.
-Hablas de la presión de los profes, pero también de los alumnos...-
Absolutamente, brutal. Desde el punto de vista adultocéntrico, que es desde el que se están tomando las decisiones, no podemos olvidar a los protagonistas sin voz, los niños y niñas no son máquinas de hacer tareas, no son insensibles a lo que está pasando, necesitan más que nunca el apoyo, compresión y empatía de los adultos. Es lo primero que tenemos que pensar.
-Otro vértice de triángulo: muchos padres se quejan de la carga de trabajo, ¿se está planteando bien?-
Sin darnos cuenta el río vuelve al cauce de los contenidos, y yo lo que haría sería cerrar la persiana y colgar el cartel de cerrado por obras. Ahora mismo tendríamos que darles herramientas para que supieran llevar esta situación y replantearnos todo, incluyendo mandar tareas. El otro día alguien me preguntó: ‘¿Tú verías justo que pasaran unos y otros?’ Al principio pensé: ‘No, no sería justo para unos porque irían bien y para los otros porque necesitan reforzar‘. Sin darme cuenta ya había vuelto al cauce de los contenidos. Ese día apenas pude dormir, y me vino a la cabeza la palabra justicia. Decía: ‘¿Justo o injusto?‘. Los docentes no somos jueces, no estamos aquí para juzgar con cuántos suspensos deben pasar. El fin de la educación es dar herramientas.
-Dices que las palabras que más escuchamos estos días son: examinar, evaluar y contenidos. Partiendo de que son muy importantes, ¿nos estamos llenando de contenidos y vaciando de otros aspectos?-
Si el debate se centra en las preguntas que nos hemos hecho siempre, esto no nos ha enseñado nada. Si pensamos las herramientas que se necesitan en una vida normal, sin pandemia, necesitaríamos: contenidos relacionados, somos seres sociales y hay que educar también para eso, con asambleas, con diálogos, hacia la convivencia... Respeto a los demás, a uno mismo, al medio ambiente, a otras culturas, en el uso de la tecnología responsable y ético, y en el no uso de la tecnología. Gestionar las emociones, la salud, ¿cuánto peso tiene ahora en la educación? Como se da por hecho, se meten en el saco de lo transversal para que se toquen en todas las materias, pero como hay tantísimos contenidos, muchas veces no se puede tocar lo esencial.
-Explicar por qué tenemos que estar un ratito al sol, eso ya es una lección.-
O como cuando un niño hace una tarta con su madre, necesita saber leer, explicar ciertas cosas, sumar.. O si coge un globo terráqueo, lo gira y solo poniendo un dedo puede montar dos semanas de viaje virtual, metiendo geografía, historia, educación física, idiomas...-Sin embargo, hay quien solo ve lo que están perdiendo...-Un profesor de Economía de la Universidad de Madrid decía que los alumnos en este tiempo iban a perder el 11% de los contenidos que se dan en un año. Y que el efecto será que perderán el 1 % de su salario cuando tengan 30 años, y yo ahí tenía los ojos como platos de ensalada. Sugería recuperar lo perdido en verano, y ahí ya se me salían de las órbitas.
-¿Crees que cuando regresen a las aulas van a volver diferentes?-
Está claro que les va a marcar, y no podemos pretender hacer como si no pasara nada, un par de días de ánimo y vamos a seguir con los contenidos. Si pensamos en todas estas herramientas que faltan, es ahora cuando se las tenemos que dar, que es cuando tienen que hacer uso de ellas. Hay ejemplos de chicos y chicas, que viendo lo que está pasando muestran su solidaridad. Un chico que hace máscaras en 3D para un centro sanitario. ¿Eso cómo lo evalúas? Pues: ‘Estoy orgulloso de ti‘, no hay mejor frase. ¿Qué le voy a poner, un 9?
-¿Confías que esta situación nos lleve a hacer borrón y cuenta nueva?-
Cuando digo inercia a veces esa palabra es incompatible con la reflexión y con valentía, y en temas políticos, con la palabra consenso. Si piensan que un pacto educativo arreglaría las cosas, yo no estoy tan seguro, porque no se trata solo de aprobar leyes, se trata de escuchar la realidad de las familias y de cada niño.
-¿En qué te gustaría que cambiara el regreso a las aulas?-
Uno se enfrenta a la realidad de esa inercia que te he dicho antes, hay tantas cosas sobre las que podríamos reflexionar, empezando por los contenidos que vienen desde bachillerato hasta infantil y que empiezan a marcar la presión, o por contenidos reales, que den espacio para la vida o para escuchar y dialogar, que apenas da tiempo, y sigue siendo una paradoja en educación. Que se den cosas por hechas como el respeto a uno mismo, a los demás o al medio ambiente, o a otras culturas, y que apenas tenemos tiempos de verlo según los contenidos, pero sobre todo que fuera un recibimiento más humanizado, y que perdurara a lo largo del tiempo. Y que las Administraciones entendieran cuáles son las herramientas necesarias en la vida y que se pusieran manos a la obra.
-Tiene pinta de que todo volverá a ser como antes...-
Eso me provoca tristeza e indignación pero aflora la esperanza, porque para mí la educación es sinónimo de esperanza. Aunque no cambie el sistema, que veo difícil que cambie, espero que cambien muchas de nuestras escuelas.
Nuestra virtualidad latina - En Distopía - por Hector Ghiretti
Súbitamente, lo que era ocasional se volvió habitual. Lo que antes servía para hablarse y verse con relaciones distantes -familiares, amicales o profesionales- pasó a ser el vehículo imprescindible de comunicación con los más cercanos. A partir del distanciamiento social obligado por la pandemia, el espacio cotidiano se hizo grueso, aumentó su espesor hasta hacerse difícil de atravesar.
Meet, Zoom, Hangout, Jitsi: aplicaciones para realizar videoconferencias. He aquí los medios de la comunicación interpersonal que nos permiten seguir en contacto con los nuevos distantes. Pronto se pusieron en evidencia sus defectos y limitaciones: problemas de seguridad y encriptación, prestaciones limitadas, requerimientos demasiado exigentes en materia de audio y video, conectividad.
Pero el reclamo más llamativo fue que el tiempo de sesión que ofrecían las aplicaciones en su versión gratuita era a todas luces insuficiente. Cabe proponer una conjetura sobre horizonte cultural en el que tuvo origen la queja. Se trata de un malestar previsiblemente latino, en el sentido más amplio de la palabra: pueblos que hablan idiomas derivados de la inmortal lengua del Lacio.
Y no es para menos.
Influidos directamente por el culto a la palabra y el gusto por la representación dramática de los helenos, los romanos desarrollaron como nadie el arte de la retórica. El teatro no les gustaba tanto como a los griegos, quizá porque eran en si mismos un pueblo de histriones, acostumbrados a representar un papel dramático en la vida cotidiana.
El verbo florido de los romanos se canalizó en tierras ibéricas a través del demorado arte de la conversación, y más recientemente, de la hispánica tertulia. Dio el salto atlántico cuando despuntaba el barroco: a la conversación se agregó la afectividad propia de los hispanoamericanos, su expresionismo característico, sus reglas de cortesía, la manifestación física del afecto.
No he averiguado cuál es el origen de este invento pandémico de saludarse con el codo, pero no me extrañaría que sea una ocurrencia latina, por la necesidad imperiosa de tocarse de algún modo al encontrarse. Como si nos hiciera falta una prueba palpable de la presencia del otro para saber que está allí.
Nos gusta estar juntos. Un amigo mexicano se refiere a cierta patología muy común del ambiente profesional de su país: la juntitis, o propensión a armar reuniones por cualquier motivo.
Ya en el contexto rioplatense la extroversión hispanoamericana, reforzada por la influencia itálica, se trocó en introspección exhaustiva, en exploración y exteriorización de ideas, sentimientos, juicios, opiniones, fruto quizá de la notable penetración del psicoanálisis en estas tierras.
Los ingleses llaman conversation pieces a los cuadros que representan personas conversando o haciendo otras actividades, usualmente en el exterior. También denominan así a objetos de ornato que pueden ser motivo de charla. En el Río de la Plata la conversation piece por excelencia es la mesa de café.
Charlémoslo bien, después
Hablamos mucho. Lo ha dicho con todas las letras Miguel Ángel Martín, quien desde su cuenta @Tunomandas, está haciendo el mejor costumbrismo del confinamiento del mundo hispanoparlante. Hablamos mucho, quizá demasiado. Tenemos muchas palabras para designar la conversación indiscreta, que hurga en la vida de los otros y transmite los trascendidos: cotilla, chusmerío, copucha, chisme, chimento. Hablar lleva tiempo, por eso ningún plazo nos alcanza: siempre nos estamos prometiendo mutuamente otra ocasión en la que hablaremos con más tiempo, más tranquilos.
Pero ¿qué sucede cuando disponemos de un tiempo tecnológicamente limitado, y peor aún, cuando no podemos practicar nuestros ritos sociales de proximidad física: abrazos, apretón de manos, besos, palmoteos, caricias, pellizcos?
Se ha observado que las videoconferencias son más cansadoras que las reuniones físicas, porque nuestras mentes tienen que lidiar con la disonancia cognitiva que supone la contradicción de “estar juntos” pero sin la presencia corporal. La negación en los hechos de la ausencia del otro exige un esfuerzo psicológico mayor.
Pues bien: esto resulta aún peor para nuestra sociabilidad latina, que entra inevitablemente en estado de stress.
En el plano laboral, si no se puede extender el límite de tiempo, las reuniones virtuales se quedan en los prolegómenos, con escaso provecho. Si pueden extenderse se convierten en agotadoras maratones comunicativas que sirven para hacer catarsis y hablar con quienes no podemos hacerlo en directo, de todo lo que no hemos podido hablar a lo largo del día con quienes convivimos.
El tiempo de los latinos
Y es que la sociabilidad latina, barroca y expresionista se deriva de nuestra concepción del tiempo y nuestra forma de vivirlo. Es conocida la expresión anglosajona time is money: el tiempo es dinero, un recurso escaso que debe ser empleado con el propósito de obtener un beneficio económico.
Frente a esta concepción economicista del tiempo se erige la concepción vegetal, naturalista del tiempo americano (más bien, hispanoamericano) que analizara muy acertadamente el filósofo Alberto Buela: un tiempo de la espera, de la contemplación, del crecimiento y desde el punto de vista social, de la acogida. Un tiempo, me permito agregar yo, apto para la plática extensa, pero también vulnerable, incapaz de defenderse ante la lógica de imposición del tiempo como recurso escaso.
Toda la maravillosa tecnología puesta al servicio de la conexión remota que es la virtualidad ha sido concebida y desarrollada según la idea del tiempo como recurso escaso. Es evidente que nuestra sociabilidad latina se lleva mal con estos sistemas creados en otros entornos culturales.
La pregunta es qué hacer frente a esto: ¿adaptación o resistencia?
Por un lado, quizá tengamos que limitar en lo sucesivo la efusividad física del saludo. Con ello perderemos algo de singularidad cultural, pero parece una adaptación necesaria.
Por el otro es probable que las tecnologías nos obliguen a revisar nuestra concepción y nuestra manera de vivir y aprovechar el tiempo. También constituye un fenómeno de aculturación, pero puede permitirnos defender lo que nos queda de identidad, que hoy se encuentra en un estado de indefensión. La cultura es un organismo vivo que también se conserva y se fortalece a través de transacciones oportunas.