Muchos de los que servimos dentro la iglesia creemos que servimos a Dios, pero en realidad servimos a la comunidad eclesiástica.
Hay una gran diferencia entre el servicio a Dios y el servicio a la comunidad eclesiástica.
El servicio a Dios solamente es uno: ir y predicar el evangelio. Sin embargo, el servicio a la comunidad eclesiástica es tan importante como el servicio a Dios, es parte de lo que hacemos dentro de la iglesia para servir a los demás.
El problema es que esperamos una recompensa por el servicio en la iglesia que nunca llegará. El servicio que nosotros brindamos a la comunidad eclesiástica dará recompensa cuando veamos vidas transformadas; y en ese momento dejaremos de pedirle cosas a Dios que no nos corresponden. Hacemos las cosas para Dios esperando que nos premie, pero cuando comprendamos que no se trata de recibir premios, sino de gozar y alegrarnos por hacer lo que el Padre nos ha pedido hacer, nuestra intención se volverá la correcta, y nuestro corazón pasará de ser interesado a ser sincero.
Nuestra recompensa real del reino no está en esta tierra, sino está preparada en la eternidad. Cuando comprendemos esto dejaremos de darle importancia a las cosas terrenales.
La intención en la que hacemos las cosas habla de lo que realmente hay en nuestro corazón. No podemos servir lo que no vemos si no servimos a los que vemos. Por tanto, el servicio dentro de la iglesia no es opcional, es obligación.
El mayor acto de lealtad de una persona transformada por Dios es servir a otros. El manto representa una posición, una autoridad, pero la toalla representa un proposito y la capacidad de amar.