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Monoblock inaugura la temporada entremedia del Ladrón de Postales: Misceláneas, textos libres entre el ayer y hoy por viajes reflexivos de la memoria o del presente en ciudades que también son de tierra adentro. En esta oportunidad abre el juego Monoblock que es un viaje a la infancia y la primera frontera de cemento que distinguí entre la ciudad y el pueblo. La odisea detectivesca de encontrar a una amigo de los primero años del Colegio que se fue a vivir a la gran urbe en las épocas en que no existía Internet. El hallazgo y mi primera visita a la ciudad de La Plata, precisamente al barrio de Tolosa, cuando corre el año 1997/98 y me encuentro con el primer monoblock en mi vida.
Arte de tapa: Santiago Chalita
El bonus track de la primera temporada es una secuencia de regreso. Volver del Aeropuerto del DF en México, tras un trago de mezcal en el Free Shop para después desembocar en las tuberías del Aeropuerto de Brasilia, en Brasil, en la que me topo con un personaje de viaje que conocí un par de meses antes mientras iba subiendo el continente desde el amazonas brasileño al colombiano. En ese pequeño cruce fortuito se dan coincidencias que funcionan de espejo. Después ya toca llegar a Ezeiza mientras se pone fin a una aventura para que arranquen otras tantas.
El final desde el punto de partida. El punto de fuga que propone un regreso casi que eterno a la capital bonaerense, ciudad de las diagonales, pequeño edén universitario y de laboratorios creativos. La ciudad de La Plata es el sitio en el que escribo y compongo, unido a un pequeño universo cancionero de artistas y compositores de todos los tiempos que de algún modo forman parte de la estética ineludible del lugar. Llámese lugar a los que guardan una relación de identidad e historia y por estas callecitas de plazas cada 6 cuadras siempre respira, espera, una melodía ser descubierta. De Virus a El Mató o de Los Redondos a Pérez, de Mister América a Los Valses, de Estelares a La Teoría del Caos. En este aprendizaje de "viajar estando quieto", la participación del investigador, docente y crítico de cine, Carlos Vallina, como un personaje que funciona como eslabón de viaje con sus siempre acertadas interpretaciones entre la poética y la filosofía. En fin: un homenaje a esta ciudad en la que vivo y en la que los peces están siempre a la espera de buenos anzuelos cancioneros como este tándem que cierra el episodio de la primera temporada: Fuego amigo, con la participación especial de un cantautor con madera folk, Pablo Matías Vidal.
Me pierdo y me encuentro peregrinando una ciudad surreal que tiene la arquitectura inmortal de Gaudí. Voy del Eixample al Born o del misterio casi sudaca del Raval a Gracia donde una buena noche, de las inolvidables, canto mis canciones juglares en un bar que comandan dos argentinos. La noche es perfecta y al regreso, mientras una lluvia riega, tengo un espejismo con la ciudad de La Plata. Una convergencia que tiene música de por medio y un océano de distancia.
Llego a Barcelona para peregrinarla por sus callecitas de ensueño: del Raval al Gótico, del Eixample a la Barceloneta por donde piso el mar mediterráneo. Mixtura de culturas y la lectura de la ciudad que ofrece el escritor Laureano Debat a través de fragmentos de su libro de crónicas "Barcelona Inconclusa", y con él también doy un paseo un sábado por la tarde en esta ciudad portuaria y camaleónica.
En el segundo tramo de esta visita a Madrid el músico y artista español, Isma Romero, cuenta acerca de la bohemia ineludible de esta capital en la que Los Rodríguez dejaron una influencia que sigue vigente y prendida en algunos barrios. Yo sigo a pie descubriéndola, parque a parque descubro sus cantores y músicos callejeros. Una tarde inolvidable logro cantar en la calle casi en la bajada a Lavapiés y nos vamos con un grupo de músicos a celebrar a una manzana a cielo abierto, un territorio libre en La Latina en la que convergen tribus urbanas. Además está la perlita que le da al título a este podcast: la anécdota cuando me descubren con una postal ajena.
Voyeur de balcones en Madrid mientras recién asomo por la Puerta del Sol y comienzo a caminar esta ciudad que posa con sus tentáculos de capital para caminar por sus calles. Camino y siento sus mestizajes de canción, crisoles sonoros y la influencia de Andrés Calamaro en ese rock español mientras me cruzo a un chaval cantautor valenciano, Isma Romero, que me confiesa la admiración y este puente entre Buenos Aires y Madrid. Tapear en cualquier esquina, perderme y reencontrarme en parques como El Retiro mientras sigo mi vaivén de forastero encantado de una urbe que me hizo sentir local.
Es un viaje a Italia en la canción que también tiene su maridaje con el Fútbol, San Diego y San Genaro de Nápoles, con las genealogías tanas que surcan la sangre desde el sur: Gangi, Palermo, Sicilia y otro poco la oreja puesta en esa correntada que traigo por mi familia materna Restivo. Canzoneta italiana es unir ese hermoso rompecabezas cultural, lengua madre, que nos une con Italia a través de lo más sensible de una canción azucarada y nostalgiosa como la del Mundial 90 para lxs argentinxs o sentir el nervio cultural que tiene sur de suburra o de potrero o de cine perfecto en el que aún Don Alfredo y Totó pasan una película para el pueblo con una banda sonora a cargo del gran Ennio Morricone.
Después de recorrer pueblos internos de Michoacán regreso a la ciudad cabecera: Morelia, la capital del Estado, que deslumbra con su arquitectura de piedra rosa, sus callejones adoquinados, mariachis en las esquinas dispuestos a hacer sus serenatas para muertos o vivos. Me anfitriona Daniela, una amiga argentina que me mostró los pliegues de este distrito. Una noche de caminata por la Avenida del Acueducto entramos de casualidad en Arrabal Gourmet: el bodegón de argentinos que se convirtió en una tertulia espontánea y una especie de peña para toda la vida.
Un bus de Morelia para entrar Michoacán adentro: de su ciudad más emblemática a los pueblos mágicos y misteriosos en el centro del país de las revoluciones. Erongarícuaro, Uricho y Pátzcuaro. Pasajes de música criolla de señores con sombrero, plazas atestadas de gente y el baile de los viejitos con sus bastones mientras se hace de noche, llueve torrencialmente, y yo cruzo una frontera onírica entre el sueño y la realidad en una madrugada que parece eterna.
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