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En las últimas semanas he tenido muchas llamadas con empresarios, presentándoles ROIthink. Ven el valor de inmediato. No dudan de la plataforma ni de mis intenciones. Pero cuando empiezo a preguntar por su negocio, aparece la misma frase: "No sé si yo voy a poder."
Muchos de nosotros crecimos escuchando en casa que uno no puede confiar en nadie, y esa desconfianza tiene historia. Pero en este episodio te propongo otra lectura: a veces decir "no confío en nadie" es más cómodo que admitir "no confío en mí".
Hablamos de cómo le cambiamos el nombre a esa duda para no verla, de la pregunta que te deja ver si dudas de la otra persona o dudas de ti, y de la única forma real de saber si puedes con algo.
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No creo en el equilibrio. Y sé perfectamente a quién le va a molestar que diga eso: a quien lleva años sintiéndose culpable por no lograrlo.
Nos vendieron una idea bastante agradable. Que un día bien vivido reparte parejo. Un poco de negocio, un poco de familia, un poco de cuerpo, un poco de espíritu. Todo en su porción. Llevo seis años trabajando con empresarios y no he conocido a uno solo que viva así.
Lo que sí he visto son temporadas.
Hay meses en que el negocio se lo come todo. Hay meses en que tu cuerpo pasa al frente, porque el cuerpo te lo exigió. Hay semanas en que lo único que importa es tu casa. Eso no es desequilibrio. Eso es saber cuál temporada estás viviendo.
Ahora, cuidado, porque esto se puede malinterpretar. Que una área tenga prioridad no significa que las otras se apaguen. Significa que reciben menos, no que reciben nada.
En este episodio hablo de:
Por qué lo que se apaga por completo cuesta muchísimo volver a encender.
Los mínimos que sostienen un área aunque no sea tu prioridad este mes.
La diferencia entre una temporada y un abandono con buen nombre.
Si llevas años sintiéndote culpable porque tu vida no reparte parejo, este episodio es para ti.
Hace unos días me encontré con un poema, y todavía le estoy dando vueltas. Se llama "Instrucciones antes de visitar la Tierra", de un poeta llamado James McCrae.
La idea es sencilla y bastante agradable. Es como si, antes de llegar a este mundo, te entregaran un manual para una visita que no va a durar para siempre.
Y lo leí desde mi fe. Porque la Biblia ya lo decía hace miles de años: somos peregrinos y extranjeros en esta tierra. Estamos de visita.
Entonces me pregunté cuáles serían mis instrucciones. Las que me hubiera gustado recibir antes de llegar.
No te aferres a lo que no te vas a llevar.
Trata todo como si no fuera tuyo. Porque no lo es.
Aprovecha el tiempo. La visita tiene fecha de salida, y nadie te dice cuál es.
Deja el lugar mejor de como lo encontraste.
En este episodio hablo de la diferencia que hay entre vivir como dueño y vivir como visitante. El dueño acumula y se preocupa por lo que puede perder. El visitante disfruta, cuida lo que le prestaron, y sabe que lo que va a importar no es lo que se llevó, sino lo que dejó.
Si llevas tiempo viviendo con miedo de perder lo que tienes, este episodio es para ti.
Si pudiera viajar a mi infancia, creo que entendería de dónde salió casi todo.
En mi casa había dos modelos distintos, y los dos me formaron. Mi padre encontró su propósito muy joven y pasó la mayor parte de su vida en las aulas de una institución pública, formando estudiantes. Mi madre era otra cosa: con el tiempo que le quedaba después de nosotros, siempre estaba buscando cómo producir. Siempre.
Y un día tomó la decisión más difícil. Emigró a Estados Unidos y se separó de nosotros un año entero. Ese año cambiaron las cosas en casa.
A los dieciséis empecé mi primer negocio. Chiquito, pero ya me daba algo de dinero. Y a los dieciocho apareció la oportunidad de crecerlo. Necesitaba hacer una inversión que hoy serían miles de dólares. Yo no la tenía. Y tenía miedo.
Mi madre me dijo una frase que todavía escucho. Y no fue dinero lo que me dio.
En este episodio hablo de:
Qué fue exactamente lo que ella me dio, y por qué a los dieciocho años eso vale más que el dinero.
Por qué casi ninguna de tus creencias sobre el dinero es tuya.
Las tres lecciones que pudiste haber aprendido en tu casa sin darte cuenta.
Y la pregunta que casi nadie se hace cuando revisa su relación con el dinero.
Si sientes que hay algo que te frena cada vez que tienes que arriesgar, este episodio es para ti.
Hay una pregunta que me he hecho más veces de las que puedo contar. Y sé que no soy el único.
¿Estoy siendo un padre presente?
Me la hago cada vez que me doy cuenta de que mis hijos no están recibiendo el tiempo que merecen. Y la batalla siempre es la misma. Porque trabajo por mis sueños, sí, pero también por los de ellos. Por los de mi familia. Y cuando estoy con ellos, trato de darles lo mejor del poco tiempo que me queda.
Hace poco intenté volver a mi propia infancia, para ver qué recordaba de mis padres. Recuerdo muy poco. Lo que sí recuerdo es que salían a trabajar temprano, igual que yo, y muchas veces volvían de noche. Algunas noches ni siquiera los veía.
Y si hoy me preguntas si ellos fueron presentes o ausentes, te digo sin dudar que fueron presentes. Hicieron lo que pudieron con el tiempo que tuvieron.
A ellos los juzgo con esa generosidad. A mí, no.
En este episodio te comparto esa pregunta que no me deja tranquilo, lo que descubrí al mirar hacia mi propia infancia, y por qué no sé si mi respuesta es aceptar la realidad o una forma de justificarme.
Si eres padre, trabajas mucho, y te has preguntado cómo te van a recordar tus hijos, este episodio es para ti.
Hay algo que tengo clarísimo después de seis años trabajando con empresarios latinos: a nosotros no nos falta ganas de trabajar.
La energía está ahí. El deseo de salir adelante está ahí. Nadie tiene que motivarnos. Lo que falta casi siempre son otras tres cosas. Sistemas. La gente correcta trabajando en tu negocio. Y alguien que te guíe.
Pero hoy quiero hablar del que ya resolvió eso. El que ya tiene sus procesos, ya tiene buena gente trabajando con él, y ya tiene a alguien afuera que le muestra lo que desde adentro no puede ver. Y aun así el negocio no despega.
Porque hay un problema que ningún sistema arregla. Y es que sigues creyendo que vales menos.
No lo dices así. Nadie lo dice así. Pero aparece en un solo lugar, y ahí no se puede esconder.
Aparece en tu precio.
En este episodio hablo de:
Las cuatro señales que aparecen en tus propuestas cuando el número no salió de lo que vale tu trabajo.
Por qué el cliente que te contrató por barato te va a exigir como si fueras caro.
La diferencia entre que te busquen por ser el más barato y que te busquen por ser el más efectivo, y por qué son dos negocios distintos.
Si llevas tiempo bajando tus precios y llamándolo estrategia, este episodio es para ti.
No cometas mis errores. Porque toma mucho recuperar lo que tenías.
Hace unos ocho años le dedicaba mucho tiempo a meditar, y llegué a concentrarme a un nivel que nunca había vivido. Sentía que caminaba con Dios. Teníamos conversaciones uno a uno, por horas, y sentía su presencia de una forma que todavía no sé explicar.
Y un día empecé a tenerle miedo a lo que sentía.
No era miedo a Dios. Era miedo a lo que venía después. Sentía que en algún momento me iba a decir: esta es tu siguiente misión. Y no sabía si estaba listo para lo que me iba a pedir.
Así que me alejé. No de golpe. Poco a poco. Y desde entonces no he dejado de buscar esa sensación.
En este episodio te cuento esa historia, y te hago una pregunta que casi nadie se hace: ¿de qué te alejaste por miedo a lo que te iba a pedir? Una vocación, una relación, un llamado que sabes que es tuyo.
Porque alejarse toma un día. Volver, a veces toma años.
Si hay algo que sabes que es tuyo y te da miedo lo que te va a exigir, este episodio es para ti
Si me preguntas qué buscar en una pareja, te voy a decir algo que a los veinte no habría entendido.
Lo primero no es que sea atractiva. Eso puede importar, y está bien que importe. Lo primero es que cuide tu salud mental. Alguien que proteja tu energía en vez de gastarla. Que te escuche de verdad. Que respete tu tiempo. Que entienda que tienes una misión, y no compita con ella. Alguien que te haga sentir entendido, y que no intente cambiarte.
Ahora, aquí viene lo incómodo, y es lo que de verdad quiero decirte hoy.
Esa persona no aparece. Se reconoce. Y para reconocerla tienes que haber hecho un trabajo antes.
Porque si todavía no sabes cuál es tu misión, no vas a notar que alguien la está respetando. Si nunca te han escuchado, no vas a distinguir a quien te escucha de quien solo espera su turno para hablar. Y si te acostumbraste al caos, la paz te va a parecer aburrida.
En este episodio hablo de:
Por qué la pregunta no es solo a quién estás buscando, sino en quién te estás convirtiendo mientras la buscas.
Las cuatro preguntas que te tocan si ya estás con alguien.
Por qué nadie está pidiendo una relación perfecta, y qué es lo que sí cuenta.
Y al final del episodio hay algo distinto: vas a escuchar la voz de Ivanna, mi esposa.
Si estás buscando a la persona correcta, o si ya la tienes al lado, este episodio es para ti.
Si te digo que tu mente es todo lo que tienes para ofrecerle a los demás, seguro lo primero que piensas es: no, yo también tengo amor.
Y tienes razón. Pero déjame defender la frase, porque creo que es más cierta de lo que parece.
El amor que sientes no es el amor que das.
Puedes amar a tus hijos con todo lo que tienes, y llegar a casa con la cabeza metida en el problema del negocio. Ellos no reciben tu amor. Reciben a un hombre que contesta "sí", "no", "ajá", y que no escuchó lo que le contaron.
Puedes amar a tu esposa, y sentarte a cenar con ella mientras repasas una conversación de hace tres días. Ella no recibe tu amor. Recibe tu distracción.
En este episodio hablo de:
Por qué el amor, para llegar al otro, tiene que pasar primero por tu cabeza.
Los dos visitantes que casi siempre están ocupando ese camino.
Por qué la persona que tienes enfrente solo puede recibir lo que está aquí, y no lo que está allá.
Si alguna vez has estado con los que amas sin estar de verdad, este episodio es para ti.
¿Eres la misma persona que eras hace diez años?
Hay una historia muy antigua que hace esa pregunta mejor que yo: la del barco de Teseo. Los atenienses conservaron su barco durante siglos, y cada vez que una tabla se pudría, la cambiaban por una nueva. Una tabla. Después otra. Después otra. Hasta que no quedó ni una sola tabla original. Y los filósofos se preguntaron: ¿sigue siendo el barco de Teseo?
Pienso en eso cuando me miro. Si me comparo con el que era hace doce años, casi no queda ninguna tabla. Y nunca hubo un día en que me convirtiera en otro. Fue tabla por tabla.
Así cambias tú también. Y eso funciona para bien, y funciona para mal. Porque también te puedes perder tabla por tabla: contestar el teléfono en la cena con tus hijos, solo por esta vez. Una mentira pequeña para cerrar una venta, solo por esta vez.
En este episodio hablo de:
Por qué nadie cambia de golpe, ni para mejor ni para peor.
Cómo te puedes perder sin que ninguna decisión se sienta grave.
Qué hace que el barco siga siendo el barco, aunque todas sus tablas hayan cambiado.
Si últimamente te miras y no te reconoces del todo, este episodio es para ti.
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Construiste el negocio. Cumpliste las metas. Y aun así, algo no cuadra.
El Método ABAD: Para el Empresario Latino es el podcast diario de Christian Abad. Tres minutos al día para el líder que quiere ganar en los negocios sin perder lo que más importa.
Sin rodeos. Sin relleno. Una idea que golpea.
Todos los días. Para siempre.