A mediados de septiembre de 1870, el aire de París olía a humo, pólvora y
desesperanza. La capital francesa, que había sido durante décadas el epicentro del lujo,
la cultura y el progreso bajo el Segundo Imperio de Napoleón III, se encontraba ahora
aislada del mundo, cercada por un ejército prusiano victorioso y gobernada por un
régimen que apenas unas semanas antes había dejado de existir. En las calles, los
carteles del Gobierno de Defensa Nacional —un organismo improvisado tras la derrota
imperial— exhortaban a la resistencia con consignas patrióticas, pero los ciudadanos
miraban con escepticismo. No era solo el enemigo exterior el que amenazaba; era
también la incertidumbre sobre quién tenía derecho a gobernar Francia, y sobre qué tipo
de sociedad merecía sobrevivir a la catástrofe