Casi todoscreemos que, si esperamos un poco más y juntamos más datos, la niebla sedespejará y la respuesta correcta se volverá obvia. Pero la certeza casi nuncallega a tiempo, y esperarla es, en sí mismo, una decisión. Sebastián e Ibo lapiensan en pareja, con el ida y vuelta rápido de quienes discuten un mismoproblema desde dentro.
El caso es lamadrugada más tensa del siglo veinte: la decisión de Eisenhower sobre el Día D.Una ventana mínima de luna y marea, meteorólogos que no se ponían de acuerdo,una tormenta, una breve grieta de buen tiempo y dos sílabas, vamos, dichas conun pronóstico que él mismo llamó adecuado, no perfecto. La siguiente fecha, laque habría elegido quien esperara a estar seguro, fue golpeada por una de laspeores tormentas en años.
De ahí sale laparadoja: quien espera la certeza pierde, y la certeza, cuando llega, ya nosirve. Hablan de cómo fijar un umbral de suficiente, de la diferencia entre laespera que informa y la que solo esconde el miedo a ser dueño del resultado, yde la nota en la que un hombre se echó encima toda la culpa antes de saber elfinal. Para cualquiera que tenga que decidir sin saber.