El Corazón Inmaculado de María
1 Reyes 19, 19-21: “Eliseo siguió a Elías y se puso a su servicio”
Salmo 15: “Señor, mi vida está en tus manos”
San Lucas 2, 41-51: “María conservaba todas estas cosas en su corazón”
Si ayer al celebrar la fiesta del Sagrado Corazón nos gozábamos y
disfrutábamos del amor de Jesús, hoy se nos invita a adentrarnos en el
corazón de María. Nos encontramos en la intimidad de la donación, del
silencio, de la escucha, del amor. Así con la confianza que ofrece una madre,
con el respeto y el cariño que nos da, nos acercamos hasta a ella. ¿Qué hay en
el corazón de María? La respuesta que hoy obtiene de su hijo perdido nos
ayudará a comprender qué significó para María ser la madre de Jesús y qué
significa ser nuestra madre. Jesús en sus palabras manifiesta por primera vez
la relación especial que tiene con su Padre Dios y cómo su vida entera está
centrada en cumplir su voluntad. A María le causarían extrañeza estas
palabras, pero no están lejos de la respuesta valiente y confiada que ella
misma dio al ángel Gabriel asumiendo su misión como madre del Salvador: “He
aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Disponibilidad total
de María, del mismo modo que Jesús. Esto es lo que guarda María en su
corazón, y esto es lo que le da vida y sentido a su caminar. Son muchos los
momentos en que tendrá que recurrir al silencio, a la reflexión y a aceptar en su
corazón la voluntad de Dios, con alegría, con disponibilidad y con servicio.
“Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”, dirá en
otra ocasión Jesús queriendo alabar a María más que por su maternidad, por
su fidelidad a la palabra. Y, cuando ha asumido junto con Jesús el camino de la
cruz, también recibe el encargo último como herencia e intercambio: “Mujer, ahí
tienes a tu hijo”. Es la petición del hijo que muere para que el amor de madre
se extienda a todos los hermanos. ¿Qué hay en el corazón de María? Fidelidad
a la palabra, servicio sin condiciones al necesitado, atención a las carencias de
los hermanos, obediencia al impulso del Espíritu y un amor incondicional a
cada uno de sus hijos. Hoy a cada uno de nosotros nos dice Jesús: “Hijo, ahí
tienes a tu madre”. Acerquémonos con confianza, pongamos nuestros dolores,
nuestras dudas y nuestras miserias, en este corazón amoroso. Imitemos la
actitud de María, valiente, decidida, con un corazón lleno de amor.