Santa María Virgen, Madre de la Iglesia
Hechos de los Apóstoles 1, 12-14: “Perseveraban unánimes en la oración, junto con
María, la madre de Jesús”.
Salmo 86: “¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!”
San Juan 19, 25-34: “Ahí está tu hijo. -Ahí está tu madre”
Hace muy pocos años, en el 2018, el Papa Francisco estableció que cada año el lunes
siguiente a la fiesta de Pentecostés se celebre la memoria de la Virgen María, Madre de
la Iglesia, con el propósito de incrementar el sentido materno de la Iglesia en todos los
fieles, y una genuina piedad mariana, pues nos ayudará a recordar que el crecimiento de
la vida cristiana debe fundamentarse en el misterio de la cruz, en la ofrenda de Cristo en
el banquete eucarístico y en la Virgen Oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.
Las imágenes de María que hoy nos presenta la liturgia son muy sugerentes para
percibir ese aspecto maternal de María, ya que, como decía San Agustín, María es
madre de los miembros de Cristo porque ha cooperado con su amor a la regeneración de
los fieles de la Iglesia. O como afirmaba San León Magno que el nacimiento de la
Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo e indica que María es, al mismo tiempo,
madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Así contemplamos a la Madre, que estaba junto a la cruz y que acepta el
testamento de amor de su Hijo y acoge a todos los hombres, en la persona del Discípulo
Amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza
de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. Al mismo
tiempo, Cristo elige, en el discípulo Amado, a todos los discípulos como herederos de
su amor hacia la Madre, confiándosela para la recibieran con afecto filial. Por eso Papa
Paulo VI el 21 de noviembre de 1964 la declaraba “Madre de la Iglesia, es decir, Madre
de todo el pueblo de Dios” y establecía que “desde ese momento la Madre Dios sea
honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”. Hoy pues, como hacían
los apóstoles, acerquémonos a María, percibamos su ternura e imitemos su fidelidad y