En este nuevo paso del Camino Cuaresmal dejamos atrás las enfermedades de la apariencia para dar un paso más profundo: pasar de la fachada al corazón. Hoy comenzamos a preguntarnos no tanto cómo se ve nuestra fe por fuera, sino cómo está realmente nuestro interior.
Iniciamos así un nuevo bloque de reflexiones dedicado a las enfermedades del corazón, aquellas que no siempre se notan, que se viven en silencio y que, precisamente por eso, pueden volverse más peligrosas cuando se normalizan.
Hoy meditamos la primera de ellas: la corrupción espiritual. A la luz de las enseñanzas del Papa Francisco, distinguimos entre el pecador que cae y lucha por levantarse, y el corrupto que ha terminado por pactar con su pecado, justificándolo y acomodándose a él. Descubrimos cómo la corrupción no comienza con grandes caídas visibles, sino con pequeñas justificaciones que anestesian la conciencia.
Esta meditación es una llamada fuerte y misericordiosa a la honestidad interior, a volver a llamar al pecado por su nombre y a no perder la capacidad de reaccionar, de levantarnos y de dejarnos sanar por Dios.
La Cuaresma se nos presenta aquí como un tiempo privilegiado para romper pactos con el pecado y renovar el corazón. Caminamos juntos pidiendo la gracia de no acomodarnos, de seguir luchando y de confiar en que Dios nunca se cansa de levantar al que cae. Como propósito concreto, nos disponemos a hacer un examen de conciencia profundo y a buscar una buena confesión.