En este día del Camino Cuaresmal profundizamos en la segunda enfermedad en nuestra relación con Dios: rezar sin escuchar. Reflexionamos sobre esta paradoja tan común: podemos rezar mucho y, sin embargo, estar espiritualmente enfermos, porque la oración no es solo hablar, sino también aprender a escuchar.
A la luz del Evangelio, recordamos la voz del Padre en la Transfiguración —“Este es mi Hijo amado, escúchenlo”— y descubrimos que antes de amar, seguir u obedecer, estamos llamados a escuchar. La fe cristiana no comienza con nuestras palabras dirigidas a Dios, sino con una Palabra que Dios nos dirige a nosotros.
Esta meditación nos invita a revisar nuestra manera de orar: si nuestra oración es solo petición y palabras, o si también deja espacio al silencio, a la escucha y a dejarnos tocar por Dios. Descubrimos que escuchar implica detenernos, hacer silencio y aceptar que Dios tiene algo que decirnos personalmente.
Como propósito concreto, nos proponemos leer con calma el relato de la vocación de Samuel (1 Samuel 3) y quedarnos en silencio repitiendo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Caminamos juntos pidiendo la gracia de ser cristianos que no solo rezan, sino que saben escuchar la voz de Dios en lo profundo del corazón.