En este último paso del Camino Cuaresmal llegamos al corazón de todo lo que hemos recorrido: la pérdida del amor primero.
Después de haber reflexionado sobre tantas enfermedades espirituales —de la apariencia, del corazón, de nuestra relación con Dios, de la vida comunitaria, de la misión, de la inteligencia espiritual y de la esperanza— descubrimos que todas tienen un mismo origen: cuando el amor se enfría.
A la luz del Domingo de Ramos, contemplamos esa paradoja tan humana: un amor que aclama a Jesús con entusiasmo, pero que no permanece. Comprendemos que el problema no es no haber amado, sino haber dejado que ese amor se debilitara poco a poco, hasta volverse rutina o perder su fuerza.
Esta meditación nos invita a volver al origen, a ese primer amor sencillo y auténtico, a esa relación viva con Cristo que da sentido a todo lo demás. Porque la vida cristiana no se trata solo de corregir cosas, sino de volver a amar.
Caminamos juntos hacia la Semana Santa preguntándonos con sinceridad cómo está hoy nuestro amor por Cristo, con la certeza de que, incluso si se ha enfriado, el amor puede renacer. Cerramos este camino agradecidos, sabiendo que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro para renovarlo todo desde el amor.