Mientras en el mundo de hoy mantenemos una discusión, válida, sobre la equidad y la justicia social, secretamente Dios sigue actuando en consonancia con la revelación de Jesús, buscando espacios en los cuales pueda hacerse presente y real el obrar a favor del hermano desde el Amor. Una sociedad desigual se ha mantenido a lo largo de los siglos al compás del desarrollo y crecimiento de las estructuras humanas; nunca hemos hallado la medida, el equilibrio necesario en nuestras relaciones para poder decir en verdad que reina la justicia. Muchas iniciativas, casi todas ellas con buenas intenciones, se quedan cortas o fracasan porque lo único que se toma en consideración es el dar a cada uno según lo que merece: al que hace el bien, bondad; al que hace el mal, castigo y muerte; al obrero, salario… todo sometido al lente inapelable de la justicia humana, cimentada en el “bien común” que, comúnmente, favorece los intereses de pocos.