Supongo que ya me habrán escuchado alguna vez que le pido a Dios que mis hijos me quieran, al menos, la mitad de lo que yo quise a mi madre.
Era un personaje de novela, único e irrepetible. Hace mucho tiempo, cuando en los pueblos de España ni siquiera se cerraban las puertas y los chavales jugabamos en las calles, las eras, junto a la vía del tren y en los montes, le escuché algo que nos viene hoy al pelo.