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Nelva Evangelista Loa de Perú era una mujer dedicada, caritativa y luchadora. Su hermana menor, Sandy, cuenta que a Nelva le encantaban los niñes y sería educadora. Desde hace 14 años, Sandy se ha vuelto su voz. Los ángeles existen y ellas son las que se van primero.
La valentía para enfrentar un sistema monstruoso por levantar la voz en contra de asesinos es lo que le dejó a Sandra la vida de su hermana chiquita Serymar. Alegre, cariñosa, bromista y noble, Serymar Soto Azúa fue una mujer que siguió sus sueños e intereses como el canto, la gimnasia y la natación. Tenía 21 años y estudiaba en una escuela de belleza de mucho prestigio en Torreón. Sandra recuerda a su hermana Serymar con amor y el origen de su proyecto Los Machos nos Matan en México para ser voz de miles de mujeres y familias que buscan justicia para sus víctimas de feminicidio.
Rosario era cocinera, madre soltera y trabajadora; le heredó su alegría y entusiasmo a Yessica, su hija, que a sus 19 años estudiaba y trabajaba. Después de meses de trabajo, Rosario llevaba a sus hijos, Yessica y Jorge a la playa en las vacaciones de Semana Santa. Se iban manejando y llenos de emoción por el descanso y la convivencia familiar.
A María Elizabeth le gustaban los deportes, la cocina, el bordado y la convivencia familiar. Una vez, le regaló a su mamá una nochebuena bordada que hizo para ella. La recuerdan como madre, hermana y fotógrafa familiar, así como por su acento poblano y esencia generosa. Elizabeth amaba la vida, se entregó en cuerpo y alma a su familia, hijos y trabajo. Sus tías la recuerdan y comparten su historia.
Alexis era bondadosa, inteligente y segura de sí misma. Su padre, Salvador, su madre, y su sobrina, Andrea, la recuerdan como una mujer generosa y divertida.
Meche era alegre, optimista y observadora. Le gustaba dibujar cosas tiernas, comer de todo y pasar tiempo con su familia. Rosa, su prima, y Lupita, su hermana, recuerdan su sonrisa y su actitud despreocupada que contagiaba alegría a los que la rodeaban. Era feliz.
Rodeada de animales que rescató y con una sonrisota, Luz Adriana soñaba con ser veterinaria. Luz emanaba amor y humanidad, tenía muchas amigos que la querían. Su madre recuerda la forma en la que Luz la hacía reír con sus caras de animales y las idas al cine entre semana. La describe como "cinéfila de hueso colorado" y amante de las películas románticas. Tenía hoyuelos y las manos largas, bonitas. Le gustaba arreglarse y combinar su ropa, era muy femenina. Los 19 años que Luz estuvo con nosotras, brilló con fuerza y su luz es nuestra fuerza para luchar.
María Carolina de 28 años era amable y cariñosa, amante de los perros y la lasaña, de caracter fuerte como el resto de las mujeres en su familia. Habilidosa para los deportes, especialmente para el tenis, alta y fuerte, Caro jugaba de todo y ganaba trofeos que ponían por toda la casa. Le gustaba hacer feliz a la gente y confiar en la bondad de las personas. Era ingeniera comercial y tenía proyectos en las zonas rurales de Chile para el desarrollo de las comunidades. Vivía para ayudar y ser feliz: más de mil personas acompañaron a su familia como prueba de la huella que Caro dejó en ellxs. Conoce a Caro en voz de su sobrina/prima Camila: estudiante de leyes que no descansará hasta reformar el sistema chileno y seguir el legado de Caro.
Era bien bajita con el pelo lacio y negro, ojos marrones llenos de vida, Doña Mary te recibía en su negocio con una pícara sonrisa y un chiste, por eso tenía tanta clientela: era carismática, alegre y bromista. María Alvarado Cruz de Perú, nació en Santo Tomás en Amazonas. Era generosa y muchachera: le recordaban a sus pasadas carencias y decía que aunque fuera poquito iba a compartir lo que tenía. Doña Mary trabajaba para traer a su hija como muñequita y, después, para consentir a su nieta. Idaly, su hija, recuerda que le gustaba tanto jugar volley que, ¡hasta embarazada iba! Piconaza para jugar y loca para criar gallinas, Doña Mary vivió en Rioja donde todos la recuerdan por su perseverancia, ánimo y carrito de plátanos que convirtió bodega y negocio. Conoce a Mary, a su hija Idaly y a su nieta Lía.
De voz ronca, inquieta y malhablada, Damaris era el alma de la fiesta. Le encantaba bailar desde cumbias colombianas hasta danza folklórica y cantar Los Huracanes del Norte y Selena con su familia y amigxs. A sus 25 años ya había comprado una casa y soñaba convertirla en un restaurante con su madre, Juany. Aunque Brenda Damaris también tenía buena mano, nada se comparaba con el menudo de su mamá: se servía al menos dos veces cuando Doña Juany lo hacía.
Antes de llegar al edificio Latino en el centro de Monterrey, su cara está en el centro de un mural conmemorando a la víctimas de feminicidio del año. Brenda Damaris González Solís tiene una familia, un acta de nacimiento, un hijo y una vida que merece ser recordada en voz de su madre, Juany, que nos cuenta quién fue y qué nos deja.
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