“No preguntes, solo hazlo”, así solía decirme mi esposo cada vez que yo le preguntaba a alguien “¿Necesitas ayuda?” o cuando llegaban a casa y preguntaba “¿Te provoca comer algo o tomar algo?” a lo que Pedro siempre me decía “no preguntes solo sirve” y tenía razón. Durante el mes que estuvo en el hospital y luego de su fallecimiento el pasado 26 de diciembre, he aprendido numerosas lecciones, pero quizás la más importante es la que él trató de enseñarme y que ahora la vida me lo confirma: No preguntes, sólo hazlo.
La solidaridad que mis familiares y amigos (muchos de ellos no tan cercanos) nos han brindado ante esta difícil y dolorosa situación que hemos enfrentado en casa me ha demostrado cuantas personas buenas existen a mi alrededor que sin preguntar han hecho que nuestros días sean más llevaderos.
He recibido miles de mensajes y llamadas de apoyo en estos momentos, lo cual agradezco profundamente, preguntándome “¿Cómo te puedo ayudar?”, “Me dejas saber qué puedo hacer por ti”, “Si necesitas algo avísame” y saben qué, hay una gran diferencia entre los que preguntan y los que lo hacen. La verdad es que cuando uno atraviesa por una situación tan difícil lo último que se te viene a la cabeza es decirle a la gente: “sí apóyame con comida” o “necesito dinero” o “por qué no vienes a darme un abrazo”, porque son tantas cosas las que necesitas que ni siquiera sabes cuál es la más importante para decirle a la gente, especialmente sino estás acostumbrado a pedir.
Estoy tan inmensamente agradecida con la vida por darme la oportunidad de entender la lección que Pedro siempre quiso que aprendiera, aunque para ello tuve que pasar por este momento tan inmensamente doloroso en el que he visto la mano de Dios extenderse para nosotros a través de la solidaridad de decenas de personas que sin preguntar nada simplemente se han hecho presentes: comida, dinero, apoyo emocional y espiritual, compañía.
Hoy entiendo que de nada vale preguntar, si realmente tu corazón no está dispuesto hacer. No se trata de un formalismo social, en situaciones como éstas los formalismos no funcionan, porque no ayudan a nadie, excepto a ti mismo, para calmar tu conciencia y quedarte satisfecho con haberte ofrecido, pero no aportan nada al otro. Es mejor decir simplemente lo siento o enviar un mensaje de condolencia, pero si no tienes ninguna otra intención más allá de eso, no es necesario decir nada más.
Volver a sentarme en la computadora a escribir mis Garabatos ha sido una de las situaciones más complejas que he enfrentado, pues Pedro amaba que yo escribiera semanalmente y él mismo bautizó este espacio hace 12 años cuando teníamos el periódico Sucesos y me animó a que escribiera mi columna quincenal. Les confieso que no ha sido fácil regresar a escribir, pero lo cierto es que esto lo hacía feliz a él y a mí también, así que éste será mi homenaje para él.
Después de pensar y pensar en lo que debería escribir que me ayudara a canalizar mis emociones y aportara algo positivo a quienes me leen, se me vino a la mente esta experiencia de gratitud que se ha convertido en una de mis grandes lecciones de vida. A menudo solemos quedarnos solo con la intención, pero en realidad la gente que amamos o la que apreciamos, necesitan nuestra acción. La vida sería más sencilla y el mundo sería mejor, si lográramos poner en acción la solidaridad, la fraternidad y el acompañamiento, de una manera real.
Por favor no se sienta mal si usted ha sido una de las personas que, como yo, solía enviar este tipo de mensajes, la intención no es hacer un reproche público o que se sienta mal, es simplemente un llamado a la reflexión, para que nos pongamos a pensar en cuanto realmente decimos y cuánto hacemos, el mundo necesita que hagamos más.