A veces, la vida familiar puede sentirse como un torbellino: responsabilidades, diferencias, silencios que pesan, palabras que duelen, momentos que no sabemos cómo manejar. Y es ahí donde más he sentido la necesidad de volver a Dios, no como una idea lejana, sino como alguien que realmente camina con nosotros. Cuando lo invito a estar presente, no cambia mágicamente las circunstancias, pero sí cambia mi corazón. Me da paciencia cuando ya no tengo más, me da ternura cuando me siento seco, me da sabiduría cuando no sé qué decir. Y poco a poco descubro que su presencia se convierte en ese hilo invisible que sostiene lo que mis fuerzas no pueden sostener.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.