en ocasiones, cuando hablamos de sanar la relación con uno mismo, descubrimos que este es uno de los procesos más íntimos y silenciosos que podemos vivir. No se trata de grandes decisiones ni de cambios drásticos, sino de aprender a mirarnos con honestidad, con ternura y sin tanta dureza. Sanar la relación con uno mismo implica reconocer que hemos cargado expectativas, culpas, exigencias y narrativas que no siempre nos pertenecen. Es como sentarnos a solas, en un espacio tranquilo, y permitirnos decir: “Estoy cansado, estoy herido, estoy intentando.” Y en esta charla cálida, como entre amigos, podemos admitir que a veces el mayor conflicto no está afuera, sino dentro de nosotros, en esa voz interna que nos juzga, nos presiona o nos recuerda errores que ya no definen quiénes somos.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.