Hay etapas en la vida en las que, sin darnos cuenta, empezamos a alejarnos de Dios casi de manera automática. No porque no lo amemos, ni porque hayamos decidido conscientemente apartarnos, sino porque la vida se llena de ruido, de pendientes, de preocupaciones y de distracciones que van ocupando el espacio que antes era de Él. Y cuando eso pasa, nuestro corazón empieza a moverse en piloto automático, buscando resolver todo por su cuenta, como si la fuerza propia fuera suficiente. A veces, el alejamiento no se siente como una rebelión, sino como un cansancio profundo, como una desconexión silenciosa que se va instalando poco a poco. Y aunque no lo digamos en voz alta, sabemos que algo dentro de nosotros extraña esa cercanía, esa paz, esa claridad que solo Dios puede dar.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.