A veces olvidamos que Dios no solo nos habla en los momentos de oración profunda o en los silencios de la madrugada, sino también en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo que parece pequeño. Y uno de los lugares donde más claramente se revela es a través de nuestros hijos. Ellos, con su manera tan pura de mirar la vida, nos recuerdan cosas que los adultos solemos olvidar: la capacidad de asombrarnos, de confiar sin reservas, de perdonar rápido, de reír sin motivo y de amar sin condiciones. En cada gesto, en cada pregunta inocente, en cada abrazo espontáneo, Dios nos muestra un reflejo de su corazón. Es como si, a través de ellos, Él nos invitara a volver a lo esencial, a lo verdadero, a lo que realmente importa.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.