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"...por quien el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo", Gálatas 6:14
Si medito en la cruz de Cristo, no me volveré un devoto subjetivo, interesado únicamente en mi propia santidad, sino que me concentraré primordialmente en los intereses de Jesucristo. Nuestro Señor no fue un santo fanático que se internó para practicar la perfección espiritual. No se apartó de la sociedad, pero interiormente estuvo desconectado todo el tiempo. No se mantuvo alejado, pero vivió en otro mundo. De hecho, convivió de tal manera con el mundo ordinario que la gente religiosa de su época lo llamó comilón y bebedor. Sin embargo, nunca permitió que algo interfiriera en su poderosa consagración espiritual.
Mi consagración no es genuina cuando pienso que puede negarme a ser utilizado por Dios para almacenar el poder espiritual y usarlo más adelante. Este es un error lamentable. El Espíritu de Dios ha liberado a una gran cantidad de personas de su pecado y, sin embargo, no están experimentando ninguna plenitud en su vida, ningún sentido de verdadera libertad. La clase de vida religiosa que hoy vemos a nuestro alrededor es completamente diferente de la vigorosa santidad en la vida de Jesucristo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal", Juan 17:15. Debemos estar en el mundo, pero no ser de él, estar separados interiormente, no por fuera ver Juan 17:16.
Nunca debemos permitir que algo impida la consagración de nuestro poder espiritual. La consagración es nuestra parte, la santificación es la parte de Dios. Debemos tomar la determinación consciente de interesarnos solo en aquello que a Dios le interesa. Cuando enfrentamos un problema confuso, debemos tomar esa decisión preguntándonos: ¿Esto es lo que le interesa a Jesucristo, o es un interés de mi espíritu que se opone diametralmente a Él?
"...Sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo..", Gálatas 6:14
Si quieres conocer el poder de Dios, es decir, la vida del Jesús resucitado en tu carne mortal, debes meditar en la tragedia de Dios. Deja el interés personal que tienes en tu propia condición espiritual y considera su tragedia, con una actitud completamente sincera e inmediatamente su poder estará en ti. "Mirad a mí", Isaías 45:22; presta atención a la fuente externa y el poder interior estará allí. Perdemos poder porque no nos concentramos en lo correcto. El efecto de la cruz es salvación, santificación, sanidad, etc., pero no debemos predicar ninguna de estas bendiciones, sino "...a Jesucristo y a este crucificado", 1 Corintios 2:2. La proclamación de Jesús hará su trabajo. Enfoca tu predicación en lo que es el centro para Dios y aunque aparentemente tus oyentes no presten ninguna atención, nunca podrán ser los mismos después. Si comunico mis propias palabras, éstas no pueden ser de mayor importancia para ti que las tuyas para mí; pero si compartimos la verdad de Dios unos con otros, encontraremos vez tras vez esa verdad. Debemos concentrarnos en ese gran punto de poder espiritual: la cruz. Si mantenemos el contacto con ese centro, el poder se liberará en nuestra vida. En los movimientos de santidad y en las reuniones de bendición espiritual, somos dados a no concentrarnos en la cruz de Cristo, sino en sus efectos.
En la actualidad se critica la debilidad de las iglesias y con justa razón. Uno de los motivos de esta debilidad es la falta de concentración en el verdadero centro de poder espiritual. No hemos meditado lo suficiente en la tragedia del Calvario o en el significado de la redención.
"Pero lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo...", Gálatas 6:14
Cuando una persona acaba de nacer de nuevo, parece incoherente debido a que sus emociones no se relacionan con el estado de las circunstancias externas de su vida. La vida del apóstol Pablo se apoyaba en una fuerte y firme coherencia espiritual. En consecuencia, el podía dejar que su vida exterior cambiara sin afligirse, porque estaba arraigado y fundamentado en Dios. La mayoría de nosotros no somos espiritualmente coherentes, porque estamos más preocupados por la coherencia de lo exterior. En cuanto a la expresión externa de las cosas Pablo vivió en el sótano, mientras que sus críticos vivían en el piso de arriba. Estos dos niveles son completamente diferentes y no se pueden tocar entre sí. Pero la coherencia de Pablo era profunda porque se encontraba en los fundamentos. La gran base de su coherencia era la agonía de Dios por la redención del mundo, es decir, la cruz de Jesucristo.
Afírmate de nuevo en lo que crees, regresa al fundamento de la cruz de Cristo y desecha cualquier convicción que no se base en ella. En la historia secular, la cruz es algo sumamente pequeña, pero desde la perspectiva bíblica es más importante que todos los imperios del mundo. Nuestra predicación será totalmente improductiva, si dejamos de hacer énfasis en la tragedia de Dios en la cruz, porque no comunicará su poder para el hombre. Podrá ser interesante, pero no tendrá poder. Sin embargo, cuando predicamos la cruz, el poder de Dios se libera. "...Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación... nosotros predicamos a Cristo crucificado...", 1 Corintios 1:21,23.
"Como los ojos de los siervos miran la mano de sus señores... así nuestros ojos miran a Jehová, nuestro Dios...", Salmos 123:2
Este versículo describe una plena confianza en Dios. Así como los ojos del siervo están fijos en su amo, nuestra vista se dirige hacia Dios y se enfoca en Él. De esta manera adquirimos el conocimiento de su semblante y Él se nos revela (comparar con Isaías 53:1). Nuestra fortaleza espiritual empieza a extinguirse cuando desviamos nuestros ojos de Él. Nuestra resistencia se va debilitando no tanto por las dificultades externas que nos rodean, sino por nuestra imaginación. Pensamos equivocadamente así: “Me imagino que me he estado esforzando un poco más de lo debido al empinarme para tratar de parecerme a Dios, en lugar de ser una persona humilde y común”. Debemos comprender que ningún esfuerzo puede ser demasiado grande.
Un ejemplo: ¿Alguna vez llegaste a una crisis en la que decidiste adoptar una posición firme en favor de Dios y el Espíritu te dio testimonio de que todo estaba bien? Pero ahora que han pasado las semanas, o quizá años, has llegado lentamente a la siguiente conclusión: "Bueno, tal fui demasiado pretencioso. ¿No estaba adoptando una actitud un poco extrema?" Tus amigos racionales vienen y te dicen: "No seas tonto. Nosotros sabíamos que cuando hablabas de ese avivamiento espiritual era solo un impulso pasajero y que no podías resistir la presión. Y, en todo caso, Dios no espera que aguantes". Y tú reaccionas diciendo: "Bueno, supongo que esperaba demasiado". Hablar así parece humildad, pero significa que la confianza en Dios ha desaparecido y, en cambio, ahora estás confiando en la opinión del mundo. El peligro es que, al dejar de confiar en Dios, pasas por alto el fijar tus ojos en Él. Sólo cuando Dios te lleve a un alto repentino en el camino, comprenderás que eres el perdedor. Siempre que haya una fuga espiritual en tu vida, corrígela de inmediato. Reconoce que algo se ha interpuesto entre Él y tú, y rectifícalo sin demora.
"Ten misericordia de nosotros, Jehová, ten misericordia de nosotros, porque estamos muy hastiados del menosprecio", Salmo 123:3
No debemos cuidarnos tanto del daño a nuestra fe en Dios, sino del daño a nuestro estado de ánimo "...Guardaos, pues, de vuestro espíritu y no seáis desleales", Malaquías 2:16. Nuestro genio es poderoso por sus efectos y puede ser un enemigo que penetra directamente en el alma y distrae nuestra mente de Dios. Hay ciertas disposiciones de ánimo que nunca debemos permitir. Si lo hacemos descubriremos que nos hemos desviado de la fe en Dios. Nuestra fe no tiene valor antes de que regresemos a la calma delante de él y son la confianza en la carne y en el ingenio humano los que gobiernan nuestra vida.
Guárdate de las preocupaciones del mundo, de los “afanes de este siglo", pues ellos son los que producen las actitudes erradas en nuestra alma. Es extraordinario el enorme poder que tienen las cosas sencillas para distraer nuestra atención de Dios. No aceptes dejarte agobiar por las preocupaciones de la vida.
Otro factor de distracción es el afán de reivindicarnos. San Agustín oró: “¡0h, Señor, líbrame del afán de justificarme siempre!”
Esa necesidad de justificación constante destruye la fe de nuestra alma en Dios. No digas: “Debo explicarme”, o “debo lograr que la gente comprenda”.
Nuestro Señor nunca explicó nada. Él dejó que las equivocaciones e ideas falsas de los demás se corrigieran por sí mismas.
Cuando discernimos que hay personas que no están progresando espiritualmente y dejamos que el discernimiento se convierta en crítica obstruimos nuestra comunión con Dios.
Él nunca nos da el discernimiento para que critiquemos, sino para que intercedamos.
"Si, pues, coméis o bebéis o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios", (1 Corintios 10:31)
Ten cuidado de pensar que las circunstancias sencillas de la vida no son ordenadas por Dios, lo son tanto como las trascendentales. Nuestra devoción a Él no es lo que nos impide ser superficiales, sino nuestro deseo de impresionar a otras personas con el hecho de que somos muy escrupulosos en lo espiritual y moralmente superiores. Debemos tener cuidado porque de esta manera despreciamos a los demás.
Esto nos convierte en una amonestación ambulante para otras personas, porque son más superficiales que nosotros. Ten cuidado de alardear por creerte alguien profundo. Dios se hizo niño.
La superficialidad no indica pecaminosidad, ni es una señal de que no hay nada profundo en tu vida. El océano tiene sus playas. Incluso las actividades superficiales de la vida como comer y beber, caminar y conversar son todas ordenadas por Dios. Nuestro Señor las vivió. Las practicó como el Hijo de Dios y declaró que "el discípulo no es más que su maestro", Mateo 10:24.
Nuestra salvaguarda está en las cosas superficiales de la vida. Debemos vivir la vida superficial del sentido común de una manera normal. Luego, cuando Dios nos dé las bendiciones más profundas, obviamente las apartaremos de las superficiales. Nunca muestres la profundidad de tu vida a nadie más, que a Dios. Somos tan repulsivamente serios y tan desesperadamente interesados en nuestro propio carácter y reputación, que rehusamos portarnos como cristianos en las situaciones superficiales de la vida.
Decide considerar sólo a Dios y a nadie mas, como importante y digno de atención. Quizá encuentres que la primera persona con la cual debes ser muy crítico, por ser el fraude más grande que jamás hayas conocido, eres tú mismo.
"...He acabado la obra que me diste que hiciera", Juan 17:4
La muerte de Jesucristo es el cumplimiento histórico de lo que había en la mente misma de Dios. No cabe la posibilidad de considerar a Jesucristo como un mártir. Su muerte no fue algo que le sucedió y que se hubiera podido evitar. Su muerte fue la razón fundamental por la que Él vino.
Nunca fundamentes tu predicación del perdón en el hecho de que Dios es nuestro Padre y nos ama. Eso contradice la verdad revelada de Dios en Jesucristo, vuelve la cruz innecesaria y la redención demasiada ostentosa porque pierde su importancia. Dios perdona el pecado solamente por causa de la muerte de Cristo. Él no podía perdonarnos de ninguna otra manera, sino mediante la muerte de su Hijo. Jesús es exaltado como Salvador por causa de su muerte.... "Pero vemos... a, Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte", Hebreos 2:9. La mayor nota de victoria que jamás haya sonado en los oídos de un universo sobresaltado fue la que emitió la cruz de Cristo: "¡Consumado es!..."
Esa es la última palabra en la redención de un hombre.
Cualquier cosa que rebaje o distorsione la santidad de Dios debido a una falsa visión de su amor, contradice la verdad divina que fue revelada por medio de Jesús. Nunca aceptes el pensamiento de que Jesucristo está a nuestro favor y en contra de Dios, debido a su piedad y compasión; o que se hizo maldición por lástima hacia nosotros. Jesucristo asumió nuestra maldición por decreto divino. Nuestra parte para poder descubrir el extraordinario significado de su maldición es la convicción de pecado que recibimos como un don que nos avergüenza y guía al arrepentimiento. Esta es la gran misericordia de Dios. Jesucristo odia el pecado en el ser humano y el Calvario indica el nivel de su odio.
"En Él tenemos... el perdón de pecados..." (Efesios 1:7)
Cuídate de caer en una visión placentera de la paternidad de Dios, diciendo: "Él es tan bueno y amoroso que por supuesto nos perdonara". Ese pensamiento, basado solamente en la emoción, no tiene ninguna cabida en el Nuevo Testamento. La única base sobre la cual Dios nos puede perdonar es la terrible tragedia de Cristo en la cruz. Situar nuestro perdón en cualquier otro terreno es una blasfemia inconsciente. La única base sobre la cual Dios puede perdonar nuestro pecado y restablecernos en su gracia es mediante la cruz de Cristo. ¡De ninguna otra manera! El perdón, que aceptamos tan fácilmente, tuvo un costo: la agonía del Calvario. Nunca debemos recibir con la sencillez de la fe el perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo y nuestra santificación, para luego olvidar el inmenso costo que tuvo para Dios darnos todo eso.
El perdón es el milagro divino de la gracia, lo cual le costó a Dios la cruz de Jesucristo. Perdonar al pecador y permanecer como el Dios santo, exigía el pago del precio. Nunca aceptes un concepto de la paternidad de Dios que anule la expiación. La verdad revelada por Dios es que Él no puede perdonar sin la expiación. Si lo hiciera contradiría su naturaleza. La única manera como obtenemos el perdón es siendo llevados de vuelta a Dios por la expiación de la cruz. El perdón divino sólo es posible en el reino sobrenatural.
La experiencia de la santificación es pequeña cuando la comparamos con el milagro del perdón de los pecados. La santificación es sencillamente la maravillosa evidencia del perdón en una persona. Sin embargo, lo que activa la más profunda fuente de gratitud en un ser humano es que Dios haya perdonado su pecado. Pablo nunca se apartó de esta verdad. Una vez que tú descubres todo lo que le costó a Dios perdonarte, te sentirás sujeto, como en un torno, constreñido por el amor de Dios.
"Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado...", Juan 16:8
Somos muy pocos los que sabemos algo acerca de la convicción de pecado. Conocemos la experiencia de estar perturbados debido a que hicimos lo malo, pero la convicción de pecado por el Espíritu Santo borra todo vínculo terrenal y nos hace conscientes de una sola relación: "Contra ti, contra ti solo he pecado...", Salmo 51:4. Cuando alguien se convence de su pecado de esta manera, sabe con toda la capacidad de su conciencia que Dios no se atrevería a perdonarlo. Si Él lo hiciera, esa persona tendría un sentido más fuerte de la justicia de Dios. Él sí perdona, pero para que esto fuera posible le costó el desgarramiento de su corazón por la muerte de Cristo. El gran milagro de la gracia de Dios es que Él perdona el pecado y que sólo la muerte de Cristo le permite a su naturaleza perdonar sin contradecirse a sí misma al hacerlo. Es un desacierto superficial decir que Dios nos perdona porque Él es amor. Cuando realmente seamos convencidos de pecado, jamás volveremos a decir esto. ¡Su amor significó nada menos que el Calvario! La cruz es el único lugar donde su amor se explica, la única base sobre la cual Él me puede perdonar. Es allí donde su conciencia queda satisfecha.
El perdón no significa simplemente que Dios me salva del infierno y me prepara para ir al cielo (nadie aceptaría el perdón en ese nivel). El perdón significa que soy perdonado para entrar en una relación creada de nuevo, la cual me identifica con Dios por medio de Cristo. El milagro de la redención es que Dios me lleva a mí, un impío, hasta su nivel de vida, el de un santo, porque me imparte una nueva naturaleza, la de Jesucristo.
"Así que si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres", Juan 8:36
Cualquier residuo de presunción en nosotros siempre declara: "No puedo ceder", o "no puedo ser libre". Pero la parte espiritual de nuestro ser nunca dice: “No puedo”, sino que sencillamente absorbe todo a su alrededor. Nuestro espíritu quiere más y más. Así fuimos formados. Fuimos diseñados con una gran capacidad para Dios, pero el pecado, nuestro yo y una errónea manera de pensar, nos impiden de acercarnos a Él. Dios nos libra del pecado, pero a nosotros nos corresponde librarnos de nuestra individualidad, es decir, debemos presentarle nuestra vida cristiana espiritual, por medio de la obediencia.
Durante el desarrollo de nuestra vida espiritual, Dios no le presta ninguna atención a nuestro yo natural. Como su plan atraviesa directamente nuestra vida natural, debemos encargarnos de ayudarlo, sin oponernos y diciéndole: "No puedo hacer eso". Dios no nos disciplinará - es nuestro deber disciplinarnos. Él no pondrá en cautiverio a todo nuestro pensamiento y especulación, nosotros mismos debemos hacerlo (ver 2 Corintios). No digas: "Ay, Señor, me distraigo y tengo pensamientos errantes". No dejes volar tu imaginación. Deja de prestarle atención a la tiranía de tu vida natural individualista. Emancípate de ella y conquista en la vida espiritual.
"Si el Hijo os liberta..." En este pasaje no sustituyas Hijo por Salvador. El Salvador nos ha liberado del pecado, pero esta libertad es el resultado de ser liberado de mí mismo por el Hijo. Eso es lo que quiere Pablo en Gálatas 2:20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado..."
Su individualidad había sido quebrantada y su espíritu se había unido al Señor, no combinado, sino hecho uno con Él. Seréis verdaderamente libres, libres hasta la esencia misma de nuestro ser, libres de adentro hacia afuera. Somos dados a confiar en nuestra propia energía, en lugar de ser fortalecidos por el poder que surge de la identificación con Jesús.
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